No tiene nada de sorprendente que a las personas reflexivas les resulte difícil decir "creo en el cielo ... ". El cielo ha pasado a ser un concepto decididamente pueril. Convertimos el cielo en un lugar de deseos no satisfechos, de sueños no realizados.
Lo que pensamos del cielo tiene que ver con el conjunto de nuestro desarrollo psicológico, así como con nuestra madurez espiritual. Para algunos el cielo es un premio, para otros, un estado anímico.
Pero, como explica la tradición cristiana, el cielo es un estado de perfecta unión con Dios. El cielo es unión con la fuente de la vida. En la mística judía, lo mismo que en la tradición islámica, el cielo es una ascensión en siete fases a la presencia de Dios, desde el nivel de conciencia más bajo hasta el nivel más elevado. En el budismo, el cielo es la extinción de los deseos que nos atormentan y la unión final con el Dios-Creador, que es todo lo que necesitamos para ser felices.
Así en todas las grandes religiones el cielo es, en última instancia, la inmersión en la plenitud del ser. Estar en el cielo es estar lleno de la esencia de todo lo que es. Es el fin del principio, la culminación final de la vida por inmersión en el ser del que emana nuestro ser. El cielo consiste en acceder a la plenitud de la vida en el aliento de Dios, que nos creó y nos sustenta. Es alcanzar la cima del Ser. Es inmersión total en el Misterio. Es el verdadero momento de llegar a ser. Es la posesión gloriosa del Ser. Es conciencia plena de la vida que vive en nosotros. Es, en otras palabras, el fin de un largo proceso que conocemos ya aquí. El cielo consiste en devenir lo que soy y he sido siempre y estoy destinado a ser en plenitud.
El cielo no es algo que podamos obtener. sino que es algo que llegamos a ser. El cielo es algo que encontramos dentro de nosotros mismos. La vida es el viaje al interior y a lo más remoto sabiendo adonde vamos. El cielo es la morada de Dios el cual por no ser corpóreo o material, no es "lugar", sino SER.
El Talmud nos dice que un discípulo decepcionado al ver a unos rabinos estudiando la Torá en una sencilla antesala del cielo, le preguntó al ángel que le guía al Paraíso: "¿Están esos sabios en el cielo?". Y el ángel le contesta: "Oh no amigo, los sabios no están en el cielo. El cielo está en los sabios".
Cuando devenimos todo lo que somos capaces de ser, dondequiera que estemos, crecemos hasta convertirnos en cielo, sin que nos demos cuenta.
En consecuencia, el cielo se da tanto ahora como en el futuro; la única diferencia consiste en que aún tiene que alcanzar la plenitud. Cuanto más nos hundimos en Dios, tanto más nos sumergimos en la bondad; cuanto más nos convertimos en la belleza que hay a nuestro alrededor -cuanto más transformamos lo malo en bueno, cuando más amamos, cuanto menos odiamos-, tanto más tenemos del cielo que está aquí, tanto más cerca estamos del cielo para siempre. El cielo no es un lugar. El cielo es un proceso de crecimiento que conduce a la plenitud del Ser.
Lamentablemente, el concepto de cielo ha sido utilizado para presionar sobre el comportamiento de las personas sobre la idea del premio y del castigo impidiendo así que las personas se desarrollen espiritualmente. Ese concepto erróneo de cielo genera servilismo, esclavitud y escapismo frente a un dios sádico, prepotente y cruel. Ese Dios no es Dios.
Ciertamente creo que Dios hizo el cielo. Lo que no creo es que el cielo sea un lugar , sino que es el caudal de vida que fluye a través de mí y a través del universo. Es lo mejor de mí mismo pidiéndome que sea aún mejor. A eso estoy destinado a llegar, a medida que mi vida se acerque más a la vida de Dios.
¿Iré al cielo? No, ya estoy en él. Y cada día es más celestial. Amén.
No hay comentarios :
Publicar un comentario