lunes, 21 de octubre de 2024

El “temor” a Dios, comienzo de la Sabiduría

Muchas veces la religión provocó miedo, por no decir terror, a sus fieles. Se predicaba el temor frente al Dios castigador y juez y por lo tanto, fue una forma de someter a las personas y ejercer poder sobre ellas mediante el temor. Nada más lejos del Evangelio de Jesucristo. 

Ahora bien, debemos entender qué quiso decir la Sagrada Escritura con la frase “temor de Dios”. Encontramos en el Salmo 111,10; Prov 1,7; 9,10. es decir en los libros sapienciales, por ejemplo, “El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría”. En este caso la palabra temor significa tomar en serio a Dios, sentirse afectado por su exigencia, reverenciar la distancia entre su Grandeza y nuestra pequeñez.

  Grandeza Y Pequeñez Del Hombre | Palabra de Poder Radio

En la experiencia mística se vive un AMOR IMPONENTE DE DIOS, pero no está ausente el temor reverente pues se despierta en nosotros un impulso de adrenalina a causa de nuestra condición primitiva que nos coloca en estado de alarma. Si Dios irrumpe en nuestra vida reaccionamos con temor y temblor. Debemos también tener en cuenta que la experiencia divina siempre son dos cosas: algo fascinante y algo tremendo; algo que me atrae y entusiasma, pero que con su poder también me asusta y me provoca una especie de temor por su imponente diversidad. Pero es un miedo que no quita la paz, es un temor que tiene que ver con la admiración y el asombro, la sorpresa. Pero todos ellos son aspectos que forman parte de la auténtica experiencia del Dios Totalmente Otro. Esa especie de temor sin embargo, nos sensibiliza para la experiencia divina: aumenta nuestra capacidad de atención y de observación. Podríamos decir entonces que ese temor se convierte así en un requisito esencial para la experiencia directa de Dios. Es necesario sin embargo aclarar que DIOS NO ES UN PRODUCTO DE NUESTRO MIEDO, todo lo contrario, me "desencapsula" de mi egocentrismo y de esa forma se hace posible una experiencia a la que de lo contrario los sentidos no tienen acceso. Podríamos agregar, sin temor a equivocarnos, que el miedo abre a las personas a Dios. Es la puerta por la que irrumpe en el espíritu humano, la experiencia religiosa. No estamos hablando de terror ni de pánico ni de temor paralizante. Repito, es algo reverencial. Ese es el sentido bíblico del “temor a Dios”. Es un reconocimiento a Dios. Temer y reconocer van de la mano. Así podemos entonces entender la frase bíblica arriba citada de los libros sapienciales: “El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría”. Aprendemos a ver con una luz más intensa las cosas de Dios y por lo tanto también se aclara nuestra vida.

En la experiencia mística de ser UNO CON DIOS queda totalmente superada la distancia entre el Creador y su Criatura. Asimismo, no olvidemos que existe una tensión constante entre el temor que nos distancia reverentemente y el que también nos empuja hacia Dios. En este volvernos a Dios, sentirnos empujados a Él, experimentamos un amor que nos transforma y nos hace felices. La meta de este amor en el que el ser humano vivencia la unión con Dios es su elevación a Él, su divinización. Es decir que bien podemos afirmar que ese temor que remarca la distancia entre Dios y nosotros, nos conduce finalmente a la experiencia mística y a nuestra salvación. El temor a la separación o a la distancia queda totalmente superado.

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Cuando Juan nos dice “En el amor no existe el miedo” pareciera contradecir lo que hemos dicho. No obstante ambos conceptos son ciertos. Por un lado, el amor supera al temor. Por el otro, el temor profundiza al amor. Nunca podremos disolver por completo la tensión entre uno y otro. Alguien dijo el temor acompaña al amor como una sombra. Esta tensión otorga al amor su verdadera fuerza. Pero se trata, repetimos, de un amor que no está determinado por el miedo sino que se trata de un momento interior que es superado.  Si entendemos el temor del Señor de este modo, en verdad será el comienzo de la sabiduría: nos conducirá a una fe que despertará en nosotros el anhelo de su amor infinito. Este tipo de temor de Dios nos libera del temor a nuestros hermanos, a los demás. Ya lo dice el escritor del libro del A.T. “Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá 34,16)”, en Hebreo Ben Sirá de donde deriva el nombre de EL SIRÁCIDA que también se le suele dar a este libro: “El que teme al Señor no se intimida por nada y no se acobarda porque Dios es su esperanza”. (NOTA: Este libro sapiencial, escrito alrededor del año 180 a.C., luego tomará el nombre de Eclesiástico que significa Libro de la Asamblea porque era leído mucho en las reuniones de los fieles de la Iglesia latina). 

Ahora bien, hablando del miedo común el que hemos venido tratando en todos estos encuentros a lo largo de todo el año, recordemos que tiene su costado positivo: a veces el miedo nos puede animar a rendir al máximo. También el miedo tiene la función de mostrarnos nuestros límites. También el miedo que angustia ha llevado a muchos artistas a escribir sus mejores páginas.

Por último voy a concluir haciendo una breve síntesis: El miedo es parte esencial de nosotros, los seres humanos. La calidad de nuestro ser humano va a depender del modo en que nos relacionemos con el miedo. Reprimirlo lleva a la rigidez y consume mucha energía. El que mantiene su miedo bajo llave sentirá falta de energía para la vida. Se sentirá frecuentemente agotado. Por esta razón, el temor debe ser transformado. Entonces se convertirá en una fuente de vida, de verdad, de claridad y de atención. El camino hacia esa transformación pasa por el diálogo con el miedo y por su apertura en dirección hacia Dios. Es decir que también esta emoción negativa puede conducirnos a LA ORACION. 

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Cuando hablemos con nuestro miedo, chocaremos contra actitudes importantes y posturas erróneas. Y al dialogar con él, nos remitirá una y otra vez a lo auténtico de nuestra vida. Básicamente – tal es la convicción de la Biblia – sólo Dios puede calmar el temor. Pero la fe no debe pasar por alto las condiciones naturales de la mente. También existen miedos que la fe en Dios no puede sanar. Entonces, es necesaria la humildad para dirigirnos a los abismos y tratar de descubrir, no pocas veces con ayuda profesional, cuál es la causa del miedo y enfrentar lo que allí está delante de nosotros y tal vez no nos atrevemos a ver. El valor para observarlo y hablar de él lo obtenemos a menudo de una persona que nos guía, de un terapeuta o de un acompañante espiritual. Necesitamos personas que no tengan miedo de nuestro miedo. Delante de ellas y con ellas, podremos hablar sobre nuestros temores. El acompañante que enfrenta nuestro miedo sin miedo podrá ayudarnos a que nos relacionemos de otro modo con éste. Pero en última instancia, ninguna persona podrá quitarnos el miedo. Recién cuando lleguemos al fundamento más interno de nuestra alma, al núcleo divino, entonces se calmará, ya que allí, donde Dios vive en nosotros, el temor ya no tiene acceso. 

Debemos tener siempre presente que si nos atrevemos a hablar de nuestros miedos, perderán su fuerza. Observemos nuestros miedos y hablemos con otros acerca de ellos. El que observa sus miedos ya no estará determinado por ellos. Quien sólo lucha o confronta contra esta emoción “negativa”, provocará una fuerza antagónica tan intensa que girará continuamente en torno a él y será perseguido por él. Sin embargo, quien lo observe con cariño y entable amistad con el miedo será conducido por él hacia una vitalidad y libertad mayores, hacia una nueva profundidad de la confianza y del amor. Y, finalmente, el temor lo conducirá al fundamento último de su vida y de su amor. 

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Como hemos visto la Palabra de Dios nos muestra caminos muy humanos, caminos colmados de sabiduría, para relacionarnos con el miedo. Jesús sabía acerca de los temores de las personas. Se dirigió de tal manera a esas personas, que perdieron su miedo cuando se supieron protegidos y sostenidos por la bondad y la misericordia de Dios. La relación de Jesús con el miedo nos invita a mirar del mismo modo bondadoso y misericordioso a nuestros temores. Así se convertirán en amigos que nos acompañen, que nos señalen lo esencial y que nos protejan de las sobre-exigencias. El miedo nos acompañará hasta la muerte en que caeremos indefectiblemente en los brazos de Dios. Pero si vivimos nuestras experiencias de temor en esta vida, de la mano de Dios, cuando las entregamos en la oración y cuando vivenciamos ese amor profundo al orar o meditar contemplativamente, el miedo YA NO NOS DOMINARA. En medio de nuestros temores podremos escuchar siempre la palabra consoladora, alentadora y liberadora de Jesús que nos dice: “NO TEMAS”. Según un exegeta esta palabra aparece en la Biblia 365 veces. Esto representa un “No Temas” que nos dice Jesús para cada día de nuestra vida. Podemos ver allí la promesa de Dios de quitarnos el miedo. Es un tema diario: mirar al miedo que nos produce el autoconocimiento, el ver nuestras verdades y al mismo tiempo transformarlo con la mirada en Jesucristo. En definitiva es El quien lo transforma si yo se lo permito. Si yo le doy mi sí cuando me siento a meditar, a estar con El para que obre en mí. ¿Me decidiré a hacerlo? El me estará esperando siempre.    

 

Bibliografía: Administra tus miedos de Anselm Grün

 

martes, 6 de agosto de 2024

EL MIEDO AL MIEDO Y LOS PADRES DEL DESIERTO

Los antiguos Padres y Madres del Desierto (siglos 3 y 4 D.C.), nos han dejado un legado muy valioso, producto de su vida de introspección. 

Huyeron de las ciudades para encontrar una mejor conexión con lo Divino. Pero .. en el desierto, se encontraron con sus sombras: miedos (hoy emociones), pasiones (hoy complejos) y un sinfín de capas exteriores que debieron atravesar para llegar a la Esencia, a la unión con ella y vivir desde allí.

Evagrio Póntico, entre otros, nos ha dejado una enseñanza invalorable en sus escritos, los cuales nos pueden ayudar muchísimo, desde el punto de vista espiritual, en nuestro gran trabajo que implica el AUTOCONOCIMIENTO.

 

Para ello es necesario silenciarse; dedicar momentos del día o de la noche en los que podamos practicar la oración de silencio y quietud.  Para mí no hay mejor cosa que la ADORACIÓN EUCARÍSTICA. Estar tiempo a solas con el Señor.

 

Aquí hemos tratado los diferentes aspectos que puede tener una emoción: EL MIEDO. Nada pareciera ser suficiente, pues abordar este tema tan vasto y particular, en forma tan generalizada, a muchos les resultará precisamente insuficiente.

Estos posts no han pretendido ser un análisis psicológico exclusivamente, aunque no podemos escapar a ello pues cada ser humano es un UNIVERSO inacabable en el que convergen lo espiritual, lo mental, lo físico y lo psicológico.  Sin embargo, para toda persona de FÉ, servirá adentrarse a la experiencia monacal y tomar de allí algunos recursos valiosos para lidiar con esta emoción tan paralizante y muchas otras también.

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Como se dijo más arriba, sería imposible abarcar aquí el amplio campo de las emociones, aunque los Padres del Desierto descubrieron, entre otras cosas, que para enfrentarse con tales pensamientos, nada mejor que confrontarlos con las Sagradas Escrituras. 

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Por ejemplo, ante un pensamiento recurrente de miedo que provoca SUSTO, nada mejor que analizar su raíz. Puede estar basado en el miedo a no tener lo suficiente para mantenerse o mantener económicamente a la familia. Una frase que nos centrará será:

"El Señor es mi Pastor, NADA,  me puede faltar".

Ante una situación que no puedo manejar como los pensamientos obsesivos:

"Hágase Señor Tu Voluntad y no la mía".

Ante unos sentimientos de IRA, como consecuencia de no poder manejar los pensamientos desordenados:

"Tú Señor Jesucristo, calmas todas mis tempestades".

 

"En Tí Señor, descansa mi alma".

Y podríamos seguir ...

Se sugiere acompañar las frases con respiraciones profundas y lentas. 

Espero que el lector, utlizando sus propias experiencias, encuentre las frases que le sean más apropiadas acudiendo al tesoro de la experiencia monacal.

Nos encontramos en la próxima entrada del blog.

 

jueves, 30 de mayo de 2024

En el amor no existe el miedo

El filósofo Ulrico Hommes atribuye el crecimiento del miedo en nuestro tiempo a la circunstancia “de que las personas hoy padecen por lo general de una típica falta de relación. Es muy probable que precisamente la falta de relación tenga como consecuencia el miedo, así como la falta de relación también puede conducir a una mayor agresividad”. Pero a muchas personas les resulta difícil admitir esto. Y, entonces, prefieren buscar en circunstancias externas el motivo de sus miedos: en la inseguridad de la época, en los problemas políticos, económicos, sociales, en los seres humanos que nos amenazan, etc.

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El psicólogo norteamericano Irwin Yalom denomina a esta falta de relación “aislamiento existencial”. La persona ya no se siente protegida en el mundo. No se relaciona con el mundo que lo mantiene, pero tampoco con otras personas, ni siquiera consigo mismo. Para Erich Fromm, este aislamiento es la fuente de toda angustia. El que sabe que sólo depende de sí mismo tiene miedo de que el mundo se le venga encima y quede totalmente desamparado. Por ello, la experiencia del amor es una ayuda decisiva para superar la angustia que aparece en la soledad. 

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No se trata, entonces, sólo de tratar de manejar la angustia, sino de preguntarme por qué las amenazas externas me provocan tanto miedo. Y allí chocamos contra la propia falta de relación. Para poder vincularnos mejor con el temor, son necesarias las experiencias de protección y sostén, que en última instancia, se trata de la experiencia del amor, me permitirá no reaccionar con miedo frente a las amenazas exteriores, sino  con confianza y con la esperanza de que saldré airoso frente a los desafíos de la vida. Ulrico Hommes denomina al amor el auténtico baluarte contra el temor: “Lo que sirve contra el miedo cuando nada más sirve es el amor. El amor que me brindan y el amor que yo mismo doy”.

Esta es también la perspectiva de la Biblia. Ya en la Primera Carta de San Juan, se resume esta superación del miedo a través del amor con las siguientes palabras que vamos a analizar: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (2 Jn 4,18). Juan no habla aquí del amor a Dios ni tampoco al prójimo sino mucho más del amor que proviene de Dios y que ejerce su fuerza en el ser humano; se refiere a ese amor que nos transforma la vida. El amor es como un fuego que nos da calor y como una fuente que nos recorre. El que lo percibe se verá libre de miedo. El amor es benevolencia frente a todo, es aprobación de lo que sé y de lo que es. Y en él me sé totalmente aceptado por Dios. Cuando el amor fluye en mí, no existe nada que no pueda aceptar, ya que el amor toca todo en  mí. La superación del miedo consiste entonces, para Juan, en la experiencia del amor. Un camino para experimentar este amor en nosotros es la reflexión sobre Jesucristo, especialmente en el Evangelio según San Juan en el que se hace visible el amor de Dios que, por otra parte, fue perfeccionado en la cruz. Allí Jesús atravesó todos los opuestos en el ser humano. El amor perfecto que resplandeció para Jesús en la cruz expulsa todo temor. Ya no existe nada frente a lo cual debamos temer, dado que los opuestos que se dan en nosotros están ya colmados de amor. El amor llega hasta lo profundo de nuestro inconsciente y elimina el aislamiento intrapersonal, bajo el cual Yalom entiende la escisión de los sectores interiores. La mirada hacia el amor hecho visible en la cruz, que reconcilia todo entre sí, puede disolver el miedo frente a las partes escindidas que tenemos  los seres humanos y así evitar nuestra desintegración. Ya no existen abismos interiores en los que no viva el amor. 

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Ahora tomemos la frase “el temor lleva en sí castigo”. El término griego “kolasis” indica el juicio final. Aquí se aborda el miedo que en el pasado atormentó a innumerables cristianos: el miedo al juicio, a la condena, a estar perdido para siempre. Este miedo molestó a Martín Lucero y lo superó en su teoría de la justificación que desarrolló con la mirada puesta en la cruz de Jesús. Allí observó el amor de Dios que nos abraza frente a toda obra propia. Dado que nos mostró en la cruz de Jesucristo su amor incondicional, nos liberó por tanto, del miedo de no poder satisfacer a Dios. No debemos ni podemos hacernos justos a nosotros mismos. No debemos ni podemos demostrarle a Dios ni a nosotros mismos que somos perfectos o correctos. Es Él quien nos ha hecho justos en Jesucristo. Para Martín Lucero, la mirada al amor incondicional y pleno de Jesús revelado en la cruz es la liberación del miedo, de que pudiéramos ser juzgados y condenados. Lutero tomó así la experiencia de San Pablo, quien, en su época de fariseo, quería demostrar su valor frente a Dios mediante el cumplimiento de la Ley y luego aprendió en Cristo: “Nada puede separarnos del amor de Dios que está en Jesucristo nuestro Señor” (Rom 8,39).

 Romanos 8:38-39 Estoy convencido de que nada podrá ...

Pero no debemos entender el castigo únicamente como el juicio final, sino también como la imagen del autocastigo que se infligen a sí mismas las personas. En nosotros existe una tendencia a castigarnos, a condenarnos y a juzgarnos. Tenemos miedo frente a lo que hay en nosotros, lo que condenamos. El autocastigo es la causa principal de las fobias. Por ejemplo está el caso de una mujer que tenía miedo de cruzar la calle. En el análisis con su terapeuta recordó una circunstancia de su Primera Comunión: se había olvidado de mencionar un pecado en la confesión. Tenía miedo de que Dios la castigara por eso y cuando estaba en camino desde el banco hacia el altar, se desmayó. Cuando reaccionó, pensó que  Dios la había castigado por esa culpa. En las fobias a los animales, también se evidencia el miedo frente a la conducta animal en mí mismo que me prohíbo. A veces, “el animal representa la instancia castigadora o vengadora”. El miedo que es expresión del propio rechazo y autocastigo nos protege frente a aquello que consideramos peligroso para nosotros (cosas que a veces no son nada peligrosas, pero que nos han enseñado a temerles). Cierta persona no se animaba a andar por un determinado camino. Quedó demostrado que este camino era para él la imagen de su naturaleza, que él, como hombre profundamente religioso, se había prohibido. Contra tales miedos, sólo ayuda una terapia que observe el origen de lo reprimido y escindido, y que enseñe a las personas a observarse a sí mismas con amor. Lo que es pulsional, cuando se lo observa con amor, perderá su poder amenazante.

Si en mí ya no queda entonces nada para condenar, el amor habrá expulsado de mí al temor. Quien teme todavía no ha sido totalmente penetrado por el amor. Cuando éste toca todo en mí, soy íntegro y salvo, soy recién ahí “perfecto”. El temor siempre indica que todavía existe algo dentro nuestro que no fue penetrado por el amor. Por esta razón, la terapia contra el miedo según la Primera Carta de Juan consiste en permitir que el amor recorra todos los sectores de mi cuerpo y de mi alma, de mi consciente y de mi inconsciente.

 Yo conocí a Jesús; historia inspiradora y de amor

El amor que expulsa el temor se refiere tanto al amor como fuerza propia que me penetra, como así también al amor que experimento de Dios y de las personas, que percibo frente a Dios y a las personas. El que se sabe amado incondicionalmente por Dios y por su prójimo, no tendrá miedo al rechazo, al abandono, al fracaso. Ni siquiera la muerte le producirá temor si sabe que ella tampoco le robará este amor. El amor es más fuerte que la muerte. El que ama profundamente a alguien, en ese momento, no siente miedo. Se tiene miedo a perder a quien se ama. Se tiene miedo a la enfermedad y a la muerte. Pero en la sensación del amor, cuando lo experimento sobre todo en la Oración Contemplativa en la que me invade todo el Amor de Dios, no puedo sentir miedo aunque quiera. No entra allí el temor. No puede. Es natural que tengamos miedo, pero éste desaparece de nosotros en el mismo instante en que empiezo a reflexionar sobre el amor, en el mismo instante en que rezo o medito o adoro a Jesucristo o lo alabo. Al hacerlo, ya estoy en el amor. Ningún ser humano puede permanecer sin embargo, constantemente en el amor. Por lo menos, no acá abajo, la plenitud la experimentaremos sólo cuando estemos en Dios. De manera que no debemos desalentarnos porque podemos entrar en ese ámbito del amor cuando queramos. 

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Un sacerdote al que lo invadían  muchos miedos contó que tuvo la experiencia de libertad absoluta de todos sus miedos, lo cual describió como una experiencia divina, cuando experimentó a Dios y a su amor. En ese breve instante, el miedo quedó TOTALMENTE DISUELTO. Recién entonces entendió lo que Juan quiso decir con las palabras “en el amor no hay temor” (1 Jn, 4,18)

En el Amor no hay temor. 1 Juan 4:18 | Lámina fotográfica

miércoles, 24 de abril de 2024

...EL MIEDO EN EL MUNDO...

El filósofo danés Soren Kierkegaard distinguió el temor de la angustia. El temor, dice, siempre se refiere a algo determinado, a un peligro concreto: tengo miedo al lobo, a que el avión se caiga, al examen, etc. En cambio, la angustia no está referida a un objeto. En ella permanece incierto lo que se percibe como peligro. La definió como un estado de ánimo indeterminado. Es un sentimiento básico del ser humano postmoderno. Los filósofos existencialistas como Heidegger, Jaspers, Sartre y Camus, conciben al “ser en el mundo” del hombre como determinado por la angustia. Heidegger dirá “la angustia no se angustia frente a algo intramundano, sino frente al estar-en-el-mundo mismo”. Este sentimiento vuelca al ser humano sobre sí mismo y lo aísla. “En la angustia uno se siente desazonado” pues ésta le muestra al ser humano que está en el mundo, pero no en su casa. Este “no estar en su casa” lleva a la experiencia de desazón del ser, lo que hoy llamamos angustia existencial. Heidegger se refiere con esto a que el ser humano se siente extraño en este mundo, se siente alienado. La angustia lo obligará a tener que descubrir su esencia más interna, “la propiedad de su ser”. Lo obliga a la libertad de elegirse a sí mismo. En este estado de angustia es como si el ser estuviera inmerso en la nada. Muchos filósofos describen la vida del ser humano actual como “ser en la angustia”. Esto es típico de nuestro tiempo. Nuestra angustia está estrechamente ligada a nuestra relación con el mundo. Tenemos miedo de perder el mundo y todo lo que nos vincula a él: bienes materiales, éxito, fama, afecto, aprobación, compañía, salud, fuerza. Tenemos miedo de nuestra finitud. Sentimos como que nuestro anhelo de infinito no se puede satisfacer. El mundo no cumple lo que promete: nos ofrece seguridad y sostén, nos promete recompensa por nuestro servicio y reconocimiento por lo que hacemos, pero no cumple lo que promete. Todo lo que vinculamos con el mundo es frágil: nuestro cuerpo es vulnerable, la posesión es pasajera. No podemos llevarnos nada de esta vida.

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Ahora bien, en el Evangelio según San Juan, encontramos que Jesús también vincula la angustia con el ser en el mundo. Recordemos el pasaje de Jn 16,33 “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis que sufrir: pero no teman, yo he vencido al mundo”. Los gnósticos y muchos seguidores de Cristo se agarraron de este pasaje para huir del mundo, seguir un camino espiritual, llegar a ser uno con Dios en la mística pero para escapar de este mundo y de su poder

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El camino que indica el Evangelio para relacionarse con la angustia es otro: el sendero de la fe debe vincular ambos polos entre sí: La angustia ligada al ser en el mundo puede derrotarse cuando la persona aprende a dirigirse al mundo sin angustia por lo cual, al mismo tiempo, sentirá la libertad interior del mundo y de su poder. Es una cuestión interior que no depende de lo externo en absoluto.

Tenemos otro filósofo religioso llamado Eugen Drewermann que relacionó la angustia del ser de la filosofía existencialista con las cuatro formas básicas de angustia humana. El hombre vive en este mundo como un ser libre entre los polos de la necesidad y la posibilidad, de la finitud y la infinitud. El ser humano debe soportar en sí mismo esta bipolaridad y vincular ambos polos. La angustia se torna amenazante cuando, al no querer tolerar o atravesar esta tensión, el hombre coloca toda su energía en un polo y se aferra a él. Las cuatro angustias básicas tienen relación con estos puntos que marcan el ser en el mundo del ser humano. Se vinculan con nuestra actitud frente al mundo. Y, finalmente, SOLO PUEDEN SUPERARSE EN LA FE.

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La primera angustia básica es la de la PERSONA COMPULSIVA . Esta persona gira en torno al polo de la necesidad. Por miedo a todo lo posible, esta persona se encierra en un mundo de necesidades. En consecuencia, “todo el sentimiento de vida, todo el pensamiento, toda la actitud de la existencia están dominados por este axioma: Para estar autorizado, necesito tener derecho a existir”. La angustia del compulsivo es la angustia frente a la propia falta de valor. Me siento carente de valor en el mundo. Por esta razón, debo comprobar mi valor mediante el servicio y el trabajo. Pero cuanto más me esfuerzo por demostrarlo, tanto más se intensifica la angustia. Por último, esta angustia sólo puede superarse en la fe, de manera que, independientemente de todo servicio, experimente el ser aceptado incondicionalmente por Dios tal como soy. 

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La segunda angustia básica es la de la PERSONA HISTERICA que gira en torno al polo de la posibilidad infinita. Es la angustia frente a la inconsistencia del ser, frente a lo efímero, a la finitud. Por no tener un sostén firme, porque el mundo y todo lo que es valioso en él desaparece, debe buscar un sostén exterior. Este puede ser la posesión de cosas a las que se aferra firmemente o también a una persona. Pero si espera un apoyo absoluto y una seguridad absoluta de una persona, la sobre-exigirá y por lo tanto huirán de él y luego se quejará de estar solo y pondrá toda la responsabilidad en lo exterior, en los demás: el mundo es malo, la gente es egoísta, se victimiza. En consecuencia no podrá calmar su angustia profundamente arraigada. Esto sólo PUEDE HACERLO LA FE EN DIOS, que da sostén. Dios es el fundamento sobre el cual puedo construir mi casa de vida sin tener miedo a que se derrumbe. 

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La tercera angustia es la de la PERSONA CON TENDENCIA DEPRESIVA. Esta persona duda de la eternidad. Es la angustia frente a la culpa del ser. Por el mero hecho de ser en el mundo, ha cargado infinita culpa sobre sí mismo. Esta persona les quita a otros el tiempo y el espacio que necesitan para vivir. Los sofoca. Muchos, sin embargo, tratan de combatirla agotándose por los demás. Quieren saldar al mismo tiempo su deuda. Pero cuanto más se esfuerzan entregándose a los demás, tanto más se sobre-exigen a sí mismos y, en algún momento, explotan. Su angustia por la culpa los persigue hasta la sobre-exigencia. Los conduce a la desesperación, que Kierkegaard ha descripto como la forma primitiva de la angustia. 

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La cuarta angustia es la de la PERSONA ESQUIZOIDE. Esta persona siente angustia frente a la proximidad. No puede aceptar el polo de la finitud. No está en contacto con sus sentimientos y, por lo tanto, actúa en forma fría y distante. Es el típico personaje que no se involucra con nada ni con nadie en forma profunda o cercana. Describe lesiones o experiencias suyas dolorosas pero como si no estuviera involucrado. Por no estar emocionalmente vinculado consigo mismo, con los demás ni con el mundo, proyecta sus propias fantasías sobre los demás. Coloca su pensamiento en el lugar de la realidad. Por girar únicamente en torno a sí mismo, el mundo le resulta ajeno. No se integra, o se integra hasta ahí. Parece encerrado en un bunker que puede ser su familia, su limitado círculo de amistades selectas. Sólo la fe puede liberar de la angustia a esta persona esquizoide al brindarle un sentimiento de hogar y seguridad. “Recién sobre el fondo de una bondad absoluta detrás de todas las cosas y en ellas, la persona puede dejar de persistir en su angustia esquizoide frente al mundo” nos dirá el filósofo de la religión Drewermann. 

Personalidad depresiva ¿en qué consiste?

En el Evangelio según San Juan, se nos presenta un Jesús que no tiene miedo. Él descansa en Dios. En Dios ha superado toda la angustia humana. Jesús también atraviesa la Pasión como alguien que se encuentra por encima de cualquier amenaza humana. El ha encontrado su centro en Dios. Por esta razón, tampoco un Pilatos puede correrlo de su núcleo. E incluso los verdugos no pueden hacerle nada. Sólo matar su cuerpo. Pero él entenderá la muerte horrenda que le causan, como un ir hacia el Padre. Jesús ha superado en sí mismo la angustia. Y así nos invita a superarla en la fe. Al mirar a Jesús, puedo relacionarme de otro modo con ella: si estoy angustiado, siempre debo preguntarme si estoy dependiendo patológicamente del mundo,  y por lo tanto, así permito que éste y sus parámetros me determinen.

EL CAMINO PARA LIBERARSE DE LA ANGUSTIA CONSISTE EN SOLTARSE DE LA ATADURA DEL MUNDO, lo cual implica apagar el yo para que de esa forma la persona pueda liberarse de las cosas y de las influencias extrañas, ya no tendrá temor, ya no podrá decepcionarse, descansa en Dios, descansa en sí mismo (esto me remite al Budismo: “si el mundo no me importa, tampoco podrá angustiarme”.Pero esta forma de superación sólo es útil para las angustias que genera el mundo en mí pues al apagar el yo, se anula su origen. Pero ¿cómo hacer cuando un ser humano comienza a sufrir en sí mismo y cuando choca infaliblemente contra el tipo de angustia que lo hace ser cada vez más yoico porque desciende de su ser persona, es decir, cuando ya no se trata de la angustia que surge del reflejo del mund0 en el consciente, sino de la propia reflexión de la conciencia?”. Aquí Drewermann ve a la fe cristiana como la terapia eficaz pues se trata de la relación con una persona, la persona de Cristo, frente a la cual nosotros mismos podemos desarrollar nuestro ser persona. Y él cita las famosas palabras de Martin Buber: “Yo llego a ser yo en el tú”. ¿Vieron cómo superamos momentos de angustia cuando una persona viene afectuosa a nuestro encuentro y nos permite ser nosotros mismos? Pero no se trata de una persona humana a la cual únicamente volveríamos a aferrarnos, sino que se trata, en definitiva, de la PERSONA DIVINA, el Tú Divino frente al cual se calma totalmente nuestra angustia por el ser persona.  El único camino para liberarse de la angustia en general consiste en que el “yo aprenda frente al Yo Absoluto de Dios a acuñar su propio yo” (similitud con Jung cuando habla del “sí mismo” y del “Sí Mismo”). Ese encuentro que tengo con Dios que me acepta incondicionalmente, que no me evalúa ni juzga, sino que me deja valer tal como soy, es el lugar en el que vislumbro algo del Ser Persona Absoluto de Dios, que es el fundamento último de mi ser, que en lo profundo de mí toma esa angustia que tengo por mí mismo. En la persona de Jesucristo, resplandece para nosotros el Tú de Dios en forma única. Jesús nos transmite  una confianza absoluta en la bondad de Dios, que pudo calmar su angustia profundamente arraigada. Para ello, utilizó imágenes y símbolos arquetípicos (por ejemplo el Padre Misericordioso, el Buen Pastor que busca a la oveja perdida dejando a las otras 99) que llegan hasta la profundidad del inconsciente humano, y de esa forma se calma y se ilumina el origen de la angustia. 

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De acuerdo con el Evangelio de Juan, Jesús superó el mundo. El no se dejó dirigir por los parámetros de éste. Y confió en Dios, su Padre. Esto lo liberó del poder del mundo. El descubrió el mundo, desenmascaró sus vacías promesas y vio su existencia terrena en total relación con su Padre Divino. En la fe participamos de esta superación de la angustia de Jesús. Allí superamos el mundo. Si bien continuamos en él, ya no somos de él. Dado que nuestro fundamento más profundo está oculto en Dios, el mundo ya no tiene poder sobre nosotros. Ya no puede atemorizarnos. En la fe vemos el mundo con otros ojos. Miramos el fundamento, la esencia de las cosas. Y en todo vemos, finalmente, a Dios. Por esta razón, estamos en el mundo, pero no dominados por éste. Si todo está penetrado de Dios, el mundo pierde lo atemorizante. Entonces, encontramos a Dios en el mundo. La superación de la angustia de acuerdo con el Evangelio de Juan consiste, por un lado, en la libertad frente al mundo y, por el otro, en su transformación mediante la fe. En la fe vemos que el propio Dios ha venido a este mundo a través de Jesucristo. Y colmado de Dios, éste se convierte en nuestro hogar. Pero el hogar más profundo en medio del mundo es el sabernos fundados en Dios. Estar en El nos regala la verdadera libertad frente a nuestra angustia.