La resurrección de Jesús nos habla de la transformación de ese Jesús de la historia en el Cristo de la fe. Se trata de esa transformación de Jesús que resucita de entre los muertos en Jerusalén, en el Jesús que resucita, si se lo permitimos, también en nosotros. La resurrección de Jesús tiene que ver con que yo acepte esa presencia transformada y transformadora del Cristo de ayer, hoy y siempre. Y una vez que ha ocurrido esto, la vida ya nunca vuelve a ser igual: empieza de nuevo.
Decir "creo en Jesucristo que resucitó de entre los muertos", es decir "creo que esa resurrección continúa para siempre". Pero eso no es todo. La prueba real de la resurrección de Jesús no radica únicamente en la transformación de Jesús, sino también en la transformación que nos espera a quienes la aceptamos. Y ello se da ya en nuestra vida terrenal. Si Jesús es transformado y yo soy transformado, también se transforma todo cuanto me rodea.
La Escritura lo dice con toda claridad: la resurrección sucedió "al tercer día". Para la mentalidad judía esta indicación temporal designaba una transformación de mucha importancia. En la cultura judía esos momentos decisivos, esos momentos de cambios trascendentales, se indicaban con la expresión "al tercer día". En los textos bíblicos podemos encontrar treinta hechos determinantes como ocurridos "al tercer día": acontecimientos a raíz de los cuales ni la comunidad judía, ni la historia judía, ni la comprensión judía de los caminos de Dios sobre la tierra, volvieron a ser los mismos. Por ejemplo, Dios sella la alianza con Moisés "al tercer día". También "al tercer día" Ester se dirige al Rey para mediar por la seguridad de los judíos. "Al tercer día" Abraham se dispone a sacrificar a Isaac.
Decir que algo ocurrió "al tercer día", quiere indicar que fue en un momento crucial, un punto a partir del cual todo lo ocurrido antes y después se ve bajo una nueva luz. El Evangelio nos dice que la resurrección ocurrió "al tercer día". El mensaje es claro: nadie ni nada es igual después de la resurrección. A nosotros la resurrección de Jesús nos cambió tanto como a Él.
Resurrección es transfiguración. Mientras no nos veamos a nosotros mismos con un nuevo corazón: menos necesitados de lo efímero, con mayor conciencia del ritmo espiritual de la vida, no habrá tenido lugar realmente la resurrección para nosotros. La vida, como en otro tiempo la conocimos y entendimos - si de verdad creemos en Cristo resucitado-, también resucita, pero totalmente transformada. Y nuestro cambio, cambia el mundo: las relaciones se modifican pues las raíces de nuestra alma han cambiado. Marca una manera completamente nueva de ser en la vida. Empezamos a vernos como nunca antes nos habíamos visto.
Cuando Jesús murió, con él murió la esperanza. Los apóstoles lloraron la muerte de Jesús. La gente se escandalizó. La sinagoga respiró aliviada al verse libre del agitador. Toda la empresa se vino abajo. Pero al final, al margen de la derrota aparente, surgió una vida nueva y con más fuerza que la anterior. Y esto también vale para nosotros.
Cuando termina una fase de la vida, empieza otra nueva: siempre y cuando no perdamos demasiado tiempo llorando la anterior. Si permitimos que la nueva gracia fluya en nosotros, si aceptamos el hecho de que "al tercer día" -el momento crucial- será nuestro Kairós, es decir, el momento del tiempo que se hizo cristiano, salvífico, nuevo.
La resurrección vence definitivamente sobre el fracaso.
