La experiencia pascual descubre a los discípulos que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Si Dios ha resucitado a Jesús, significa que Dios no quiere la muerte, sino la vida del hombre. Al resucitar a Jesús, Dios se revela como Aquél que no está de acuerdo con nuestra existencia actual, llena de sufrimientos e injusticias y destinada fatalmente a una muerte que rompe todos nuestros logros y proyectos. En Cristo resucitado, Dios se nos manifiesta como Alguien que no está conforme con un mundo injusto en el que los seres humanos son capaces de crucificar al mejor hombre que ha pisado la tierra.
El Dios que resucita a Jesús es un Dios que pone vida donde los hombres ponen muerte: "Vosotros lo matasteis, ... pero Dios lo resucitó" (Hch 2, 23-24). Los hombres (humanidad) destruyen la vida, pero Dios la resucita.
Por eso quien vive la experiencia pascual, empieza a "entender" a Dios como un Padre apasionado por la vida de una manera diferente. Entrar en la dinámica de la Resurrección es entrar en una dinámica de lucha por la vida y combate contra la muerte.
Esta lucha por la vida tiene que empezar en nuestro propio corazón, campo de batalla donde dos fuerzas se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte. Esa "necrofilia" que es tendencia en la sociedad actual es un "grave síndrome de decadencia" (E. Fromm).
Cuando la vida carece de sentido, puede crecer la atracción por lo inanimado: fascinan más las máquinas que las personas. Se busca el ruido y la agitación, no tanto la creatividad y el crecimiento interior.
Vivir la dinámica pascual es amar la vida, vivirla hasta su última hondura y verdad, construirla día a día en el horizonte de esa Vida definitiva que se nos muestra en el Resucitado. En lo profundo de esta dinámica pascual, y como principio permanente de vida y resurrección, está siempre el amor, que es el signo más sólido de que vivimos "resucitando". "Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte". (1 Jn 3, 14). La experiencia pascual se nota cuando orientamos nuestra vida por el camino de un amor creador, una entrega generosa a los demás y una solidaridad generadora de vida.
La Resurrección de Jesús ha sido la reacción de Dios ante la injusticia criminal de los que lo han crucificado. El gesto de Dios resucitando a Jesús revela no sólo el triunfo de la omnipotencia de Dios, capaz de superar el poder destructor de la muerte, sino también la victoria de su justicia por encima de las injusticias de los hombres.
Si Cristo ha resucitado, entonces el sufrimiento, la injusticia o la muerte no tienen ya la última palabra. El mal ha quedado despojado de su fuerza absoluta. Las injusticias y la muerte siguen ahí, pero el creyente se enfrenta al mal desde una esperanza definitiva. A una existencia vivida con el Espíritu de Jesús sólo le espera resurrección: "En el mundo tendréis tribulación; pero, ánimo: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).
"Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos regeneró para una esperanza viva por la resurrección de Cristo de entre los muertos" (1 Pe 1, 3).
El creyente vive la realidad como algo inacabado que está camino de realizarse, algo que todavía es expectación. En toda experiencia pascual se escuchan de alguna manera las palabras del Resucitado: "Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar" (Ap 3, 8).
Los que vivimos la experiencia pascual no podemos tolerar la situación actual llena de odios, injusticia, mentira, corrupción, inmoralidad y muerte. Esa misma esperanza nos obliga a transformar el mundo. El conformismo ante el mal instaurado en el mundo es uno de los signos más claros de que no estamos viviendo una esperanza pascual. Quien no hace nada por cambiar la tierra, es que no cree en el cielo, pues acepta el presente como algo definitivo. Pablo nos exhorta en Ef 5, 8-11): "Vivid como hijos de la luz, pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad.. No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas; antes bien, denunciadlas".
Esta esperanza pascual no es la actitud eufórica propia de los momentos fáciles. Al contrario, es una esperanza que se purifica, crece y se desarrolla precisamente ante el mal y contra el mal. Los creyentes conocemos el mal, la prueba y el sufrimiento como todos los demás. Lo que nos debería diferenciar y caracterizar es que desde nuestra fe en el Resucitado, sepamos "relativizar" el mal, es decir, sepamos "ponerlo en relación" con la realidad última. Esta es la postura de Pablo cuando dice: "Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros" (Rm 8, 18).
Roguemos al Señor acreciente en nosotros la fe y la esperanza porque si perdemos la esperanza, lo habremos perdido todo.
