miércoles, 5 de mayo de 2021

PARA TENER MUY EN CUENTA

 Christophe Clavé

"El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, ha ido disminuyendo en las dos últimas décadas....

Esto es una inversión del efecto Flynn. Parece que el nivel de inteligencia medido por pruebas está disminuyendo en los países más desarrollados. Puede haber muchas causas de este fenómeno. Uno de ellos podría ser el empobrecimiento del lenguaje. De hecho, diversos estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento del idioma: no sólo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo. La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio del pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre en tiempo presente, limitado al momento: incapaz de proyecciones en el tiempo. La simplificación de los tutoriales, la desaparición de las mayúsculas y la puntuación son ejemplos de "golpes fatales" a la precisión y variedad de la expresión.

Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad de expresar emociones y menos capacidad de procesar el pensamiento. Los estudios han demostrado cómo parte de la violencia en las esferas públicas y privadas proviene directamente de la incapacidad de describir las propias emociones a través de palabras. Sin palabras para construir el razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento. La historia está llena de ejemplos y muchos libros (Georges Orwell - 1984; Ray Bradbury - Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios siempre han obstaculizado el pensamiento, a través de la reducción del número y el significado de las palabras. Si no hay pensamientos, no hay pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin el condicional? ¿Cómo es posible considerar el futuro sin una conjugación de tiempo futuro? ¿Cómo es posible capturar una temporalidad, una sucesión de elementos en el tiempo, ya sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin un lenguaje que distinga entre lo que podría haber sido, lo que ha sido, lo que es, lo que podría ser, y lo que será después de que lo que podría haber sucedido, haya sucedido realmente? 

Enseñemos y practiquemos el lenguaje en sus más diversas formas. Aunque parezca complicado. Especialmente si es complicado. Porque en este esfuerzo reside la libertad. Aquellos que afirman la necesidad de simplificar la ortografía, descontando el lenguaje de sus "defectos", aboliendo géneros, tiempos, matices, todo lo que crea complejidad, son los verdaderos arquitectos del empobrecimiento de la mente humana.

No hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza".

jueves, 8 de abril de 2021

LA VIDA DEL DESIERTO

"Con el salmista, el amante de la soledad puede exclamar: «Huiré a lo lejos, me albergaré en el desierto» (Sal. 54,8). Dejar su morada a la manera de Abraham sin saber lo que se va a descubrir, partir fuera, a la aventura, hollando tierras desnudas, o también partir hacia adentro, al lugar secreto donde "verdea" lo divino. La soledad en tanto que acercamiento a una "terra incognita" se manifiesta siempre reveladora."

"Desde el fondo del abismo, he gritado hacia ti" (Sal. 130, 1). Y el abismo del fondo del hombre clama hacia el abismo divino: abyssus abyssum invocat (Sal. 42,8). Ciertos traductores harán alusión a chorros, a cataratas. Para que el Eterno devenga una "roca", un pasaje por lo torrentoso se comprueba como necesario. La vuelta a la fuente no puede efectuarse sin paso por el tumulto de los remolinos.

Osar descender al desierto interior, o también tener la audacia de iniciar la ascensión de la montaña de adentro. Estos movimientos que podrían parecer opuestos son idénticos”.
"El desierto es un lugar privado de caminos en el cual todo deviene vía de acceso. Tal es el misterio del desierto y de la oración brotante. En la privación de los caminos, en el seno de un perpetuo desenraizamiento exigiendo el rechazo de todo equipaje, es decir de toda posesión, de todo saber, de toda rutina, la existencia deviene novedad de vida. Y esta novedad comporta otro lenguaje en el diálogo de la oración, en el monólogo de las llamadas sucesivas y también en la vibración del silencio provocando el paso del tiempo a la eternidad".

“En el desierto interiorizado, la oración deviene una escucha y una visión, la oreja y el ojo se acompañan. El oído se hace mirada contemplativa, él intelige hacia adentro. En ese instante, la oración suscita el asombro.

Un asombro tal nace del esplendor que se descubre: este escapa al decir y a la escritura. La oración deviene silenciosa. El miedo se disuelve. Ningún temor por el porvenir podría subsistir. El Eterno nutre el nómada del desierto, en el interior Él lo protege, lo toma a su cargo y lo conduce”.

“El silencio deviene un "si" de confiante ternura. Todo ocurre en el instante. El pasado se desvanece. El porvenir no conlleva ningún terror porque la oración se adhiere a aquello que ha venido, viene y vendrá. Por su despliegue el "si", perpetua plegaria, toma una dimensión privada de toda frontera. El "si" destruye las barreras, desmantela las fortificaciones. Esta plegaria se instala como un río, fluye...

Silencio de una plegaria que no tiene ya más nada que expresar. Situada en el hecho de un amor cognoscente y de un conocimiento amoroso, el "si" de la oración se esboza como una sonrisa.

Así la oración se presenta como una sonrisa maravillada. En el desierto de sí mismo, el orante se sitúa más allá del sufrimiento y de la alegría, más allá de la soledad, más allá de lo creado, más allá de la luz y de la noche, más allá del desierto y del valle. Nada más que un despliegue del misterio de la Presencia”.
Marie Madelaine Davy. La vía del desierto.

martes, 2 de marzo de 2021

QUIEN SE CONOCE A SÍ MISMO, CONOCE A SU SEÑOR - Fernando Mora

Muchos son los que critican a Dios sin saber de qué hablan, pero también son muchos los que le alaban sin conocer qué están defendiendo o adorando. Tanto en uno como otro caso, Dios siempre está más allá de nuestras posibilidades de conocimiento. Si las críticas hacia Dios son superficiales, no lo son menos los argumentos que suelen esgrimirse en su defensa. También hay muchos a quienes repugna intelectualmente la mera mención de la palabra «Dios». Sin embargo, Dios no es una cuestión terminológica, ni una realidad que abarque el lenguaje. Bien, podríamos prescindir de la palabra Dios, puesto que Él también dijo que no se le nombrase en vano.

Dios puede estar detrás de la negación sistemática de unos y de la aceptación ciega de otros. Muchos pueden opinar que Él existe o que no existe, pero pocos parecen saber que Dios —en tanto que Fuente del ser— está más allá de existencia y de no-existencia. También suelen aplicársele nociones espaciales harto extrañas, como que Dios está dentro, fuera o arriba, en el reino de los cielos.

Pero Él no es un ente, ni siquiera un «Ens Supremum», un fenómeno extraordinario ubicado en la cúspide de la existencia, sino que es la esencia de todos los entes y de todos los fenómenos o, dicho de otro modo, si los entes parecemos disfrutar de una mínima apariencia de existencia, es debido al ser de Dios. Dios no existe como un objeto material, emocional, mental y ni siquiera espiritual, es decir, como un trozo de madera, un libro, una estructura filosófica sofisticada o un blanco ideal donde proyectar nuestros deseos y temores más profundos. Por eso, es posible afirmar que no existe porque sólo los objetos pueden existir y Dios no es un objeto. De hecho, ni siquiera puede ser convertido en un objeto de culto. Todo lo que podemos adorar son sus intermediarios, sus nombres, sus cualidades, pero nunca su mismo ser inefable e incognoscible. El ser de Dios está más allá de la adoración y la relación. Es absolutamente trascendente. 

Sólo Dios tiene derecho a ser llamado de ese modo. La divinidad es única. La divinidad está más allá de unidad y dualidad. El monoteísmo dice tan sólo que Dios existe, mientras que el teomonismo declara que sólo Dios existe. 

Entonces, no sólo afirmamos que Dios está más allá de existencia y de inexistencia, sino que es el único ser. Sin embargo, paradójicamente, el ser único de Dios no anula a la pluralidad de los existentes. Dios dona su ser a todo cuanto existe. Por eso, sostienen sabios como Ibn ʿArabī que, para que podamos existir, nuestra nada tiene que pasar a través de Dios. En ese sentido, también señala que nosotros somos «la nada de la nada».

Sólo la lejanía relativa de Dios hace posible nuestra existencia aparente porque, en su presencia, cualquier otra presencia se desvanece. La proximidad de Dios aniquila, mientras que su separación permite la existencia de nuestros pequeños yoes separados. 

Gloria, pues, a la separación que hace posible el retorno infinito de la unión sin principio ni fin. 

Por un lado, trata de mostrársenos pero, por el otro, debe ocultarse de nosotros eternamente. Si Dios se mostrase tal cual es, todos los universos se desintegrarían en un instante. Inevitablemente y a la postre todos los universos se desintegrarán y sólo quedará Su Faz tal cual es.

Cuando Dios está presente, el yo está necesariamente ausente.  Él —que carece absolutamente de yo— es el único que merece llevar por derecho propio ese pronombre.

Dios no puede ser probado por nadie salvo por Él mismo. Él no necesita que le defiendan. Sólo Dios puede dar testimonio de sí mismo, cualquier otro testimonio sólo es testimonio de nuestra propia existencia. El testimonio que Dios da de sí mismo es inequívoco, concluyente, arrebatador. 

Dios puede mostrarse como quiera, asumiendo cualquier forma o ninguna. Por eso, apegarse a una sola manifestación divina conduce a una peligrosa e insana idolatría. Cada ente, cada cosa, es un signo exclusivo de Dios, pero Dios no está en ningún lugar ni en cosa alguna. Él está, más bien, en el no-dónde, en la no-cosa, en el no-estar... Y ni siquiera eso...

Los signos de Dios son ilimitados. Dado que no puede mostrarse directamente, se muestra a través de sus teofanías. Entre los signos más poderosos, el amor en cualquiera de sus manifestaciones es el paradigma. No tiene comparación, pero lo que más se le parece es el Amor, que no conoce contrario. 

La religión de Dios es la misma y distinta de todas las demás religiones. Esa religión es el estado natural —la Alianza Eterna, la Chispa de Divinidad, la Perla Inmarcesible— que Dios pone en cada ser humano y que, posteriormente, es reprimido y limitado por las diversas confesiones particulares. Sin embargo, ninguna práctica religiosa puede alterar esa disposición natural, ese vínculo indestructible. Cualquier práctica espiritual —si se permite esa contradicción en los términos— que implique esfuerzo sólo consigue aumentar la musculatura de nuestro ego, al igual que todo ejercicio deliberado de la virtud.

Procedemos del Absoluto a través de Dios. Nos movemos en Él, nos dirigimos a Él. Venimos de Dios, volvemos a Dios, somos de Dios: «Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor».
 

sábado, 13 de febrero de 2021

El silencio como pureza

El silencio no es virtud, pero de él se siguen todas las virtudes. El ruido no es pecado, pero de él se siguen todos los males.
El ojo limpio es ojo silencioso. Es ojo trasparente. Y el silencio es eso: pura trasparencia. El silencio es lo traslúcido, lo límpido, lo nítido. La ausencia de todo empañamiento, de todo estorbo. El silencio es impoluto.
Pero insistamos: entendido este silencio en su positividad tiene por nombre: pureza.
De allí que, cuando el Señor habla de la recepción de su Palabra, gusta expresarlo bajo la analogía de la tierra y el cultivo. Su Palabra es la semilla, que para ser fecunda, para germinar, precisa de una tierra libre de maleza, libre de piedras; una tierra roturada, abierta, franca… una tierra silenciosa.
Es notable cómo el niño (que es paradigma de lo puro) es naturalmente silencioso. Sólo si se lo exacerba, si se lo sobre estimula, si se le grita, se lo vuelve ruidoso. Si no, el niño juega y contempla en su mágico murmullo, en su paraíso de sosiego.
Nacer de nuevo, de lo Alto, volver a hacerse como niños, tiene más que ver con el silenciamiento de lo que pensamos. Y hay una secreta nostalgia que nos imanta a ese silencio (al silencio embrionario, envolvente), que es nostalgia del Origen, que es nostalgia de la pureza perdida, del paraíso perdido. Hay que dejarse llevar por esa nostalgia, que es lazarillo fiel…
Quien allí retorna, vive ese clima diáfano como una sobreabundancia de silencio. Las palabras estorban, ensucian, hollinan la impoluta trasparencia de un Rostro inmediato, el del Señor adorado sin ruidos ni mediaciones.
Hacer silencio cuesta. Pero en el silencio ya nada cuesta. Es como el ámbito, el ethos y pathos, de toda virtud adquirida.
El silencio es el limpio espejo del alma pura, que sólo refleja lo divino que recibe, sin aditamentos, sin manchas, sin glosa, como la silente luna refleja al sol.
Y así como para los puros todo es puro, para el alma silente, todo es silente: todo expresa silencio.
Ese es el silencio como pureza.

sábado, 2 de enero de 2021

El error del Mr. Wonderfulismo

lunes, 7 de diciembre de 2020

Espiritualidad vs Ego

Es importante comprender que el propósito principal de cualquier práctica espiritual es escapar de la burocracia del ego; esto significa salir del deseo constante que tiene el ego de alcanzar versiones mas elevadas de conocimiento, religiosidad, virtud, buen juicio, comodidad o cualquier otro objetivo que se haya fijado el ego como meta de su búsqueda.

Hay que salir, pues, del materialismo espiritual. Si no nos colocamos fuera de él, si nos  dedicamos a practicarlo, entonces a la larga nos veremos esclavizados por una colección inmensa de vías espirituales. Creeremos que esta colección espiritual es valiosísima. Nos deleitaremos entonces con todo lo que hayamos estudiado.
 
El problema es que tendemos a buscar una respuesta fácil que no nos duela. Pero este tipo de solución no se aplica al sendero espiritual, en el cual muchos de nosotros nunca debimos de habernos iniciado.
 
Una vez que nos comprometemos con el sendero, se nos hace muy doloroso y sabemos que nos esperan cosas desagradables.

Nos hemos comprometido con el dolor de exponernos, de desnudarnos, de despojarnos de nuestra piel, de nuestros nervios, de nuestro corazón y de nuestro cerebro hasta quedar completamente expuestos al universo. No nos quedará nada.”

Tchogyang Trumgpa
"De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto". (Juan 12:24) ...

jueves, 26 de noviembre de 2020

¿Místicos en el siglo XXI? Una visión desde la psicología y la psiquiatría - Ponencia de la Dra. Maribel Rodríguez

Cuando hablamos de experiencias místicas, muchos piensan en gente excepcional, que ha tenido vivencias extraordinarias e incluso mágicas. Otros piensan que la mística solo les ocurre a personas muy religiosas, porque la acaban provocando ellas mismas con sus creencias. También hay quién llega a pensar que cualquier experiencia llamada mística es, en realidad, una experiencia de locura o el producto de consumir drogas alucinógenas. Al menos así ocurre con frecuencia en el ámbito científico, o incluso en algunos entornos religiosos, en los que hablar de mística puede suponer ser mirado con desconfianza. Sin embargo, queremos mostrar un planteamiento diferente, desde la consideración de que las experiencias místicas son experiencias que regeneran, estimulan y aportan luz y salud a la vida de quienes las experimentan. Experiencias que, curiosamente, también se dan hoy en día, fuera de entornos religiosos. En algunos casos, estas experiencias de la mística fuera de las religiones, lleva a las personas a procesos de conversión religiosa, o al menos a tener una mirada más profunda de la vida. Para tratar de poner orden y claridad en estas cuestiones se partirá de la descripción de diversos fenómenos actuales que podríamos considerar relacionados con la mística, estableciendo las diferencias entre ellos y la locura, la sugestión, la vanidad narcisista, o la neurosis, que pueden llevar a experiencias que podríamos llamar como “pseudomísticas”, cuyas consecuencias, contrariamente a las experiencias místicas, son oscuras, destructivas y dañinas.

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