JUSTICIA
Y MISERICORDIA DIVINAS

He
tratado de abordar un tema tan complejo, de la manera más completa posible.
EL
PERDÓN DE DIOS SE OTORGA CON EL ARREPENTIMIENTO. DIOS NO VULNERA LAS
LIBERTADES. DIOS LLAMA. EL SER HUMANO RESPONDE O NO, A SU LLAMADO DE
CONVERSIÓN.
EL
RUMBO DEL MUNDO NOS DEMUESTRA CUÁN POCOS OYEN Y ACUDEN AL LLAMADO DE DIOS A LA CONVERSIÓN.
EL
SER HUMANO SE AUTOCONDENA AL ELEGIR EL MAL Y SEGUIR ESE CAMINO DE PERDICIÓN.
DE
ALLÍ QUE EL SEÑOR DIJO “ID POR TODO EL MUNDO A ANUNCIAR LA BUENA NUEVA”.
LA
JUSTICIA DE DIOS NO ES PUNITIVA. SE TRATA DE LA JUSTIFICACIÓN POR LA REDENCIÓN
DE NUESTRO SEÑOR EN LA CRUZ. EL ASUME EL PECADO DEL MUNDO PARA SALVARNOS, PERO
ES NECESARIO SEGUIRLO, OBRAR EL BIEN, NO HACER EL MAL.
MUCHO
SE NOS DICE ACERCA DEL JUICIO DE DIOS. SÓLO UNA COSA ES IMPORTANTE: SEREMOS
JUZGADOS EN EL AMOR.
PERO
CUANDO EL HOMBRE OBRA EL MAL POR DISTINTAS CIRCUNSTANCIAS, SÓLO DIOS PUEDE
JUZGAR LAS CONDUCTAS PORQUE VE EN LO PROFUNDO DEL CORAZÓN. NO NOS CORRESPONDE A
NOSOTROS JUZGAR NI CONDENAR PUES NO SABEMOS QUÉ PUDO ESTAR OCURRIENDO EN EL
INTERIOR DE LA PERSONA PECADORA O POR QUÉ HA OBRADO ASÍ. SÓLO DIOS PUEDE
JUZGAR. EL TEMA ES COMPLEJO, PERO DEBEMOS ADORAR EN SILENCIO Y ORAR PARA
RECIBIR ILUMINACIÓN EN ESTOS TEMAS.
AHORA
UNOS DATOS TEOLÓGICOS:
En
el catolicismo, la misericordia y la justicia de Dios no se oponen ni compiten,
sino que forman una sola realidad donde la justicia divina es el acto mediante
el cual Dios restaura y salva al ser humano a través del amor.
La Visión
de Santo Tomás de Aquino
- La raíz de las obras: El teólogo Tomás de Aquino
enseñaba que toda obra de la justicia de Dios presupone y se fundamenta en
su misericordia, porque el amor es la base de todo lo que Dios hace.
El equilibrio humano: Santo Tomás dejó una frase célebre aplicable al ser humano: «La justicia sin
misericordia es crueldad; la misericordia sin justicia es la madre de la
disolución» (un desorden total).
El Centro
de todo: La Cruz de Cristo
- El pecado y el perdón: Dios no ignora ni excusa
el mal. La justicia exige una respuesta ante el pecado, pero en lugar de
condenar a la humanidad, Dios mismo asume el costo a través de Jesucristo
en la cruz.
La justificación: La muerte y resurrección de Jesús unen la verdad y la compasión,
convirtiendo la justicia de Dios en un camino de liberación para el pecador que
se arrepiente.
La misericordia es el nombre
mismo de Dios
La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es
el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la antigua
alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este
amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta
mediante los sacramentos, especialmente el de la reconciliación, y mediante
las obras de caridad, comunitarias e individuales.
En Dios, misericordia y justicia
se entrelazan
Justicia y misericordia, justicia y caridad son dos realidades
diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un
acto justo de un acto de amor. Justo, para nosotros, es «lo que se
debe al otro», mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y
una cosa parece excluir a la otra.
Pero para Dios no es así: en Él justicia y caridad
coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de
perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea
perfectamente justa.
Fragmentos
de: BENEDICTO XVI.
Discurso, 18/12/2011
¿El mismo Jesús que desborda
misericordia también “castiga”?
Está de moda en algunos medios
eliminar, primeramente, la divinidad de Jesucristo y, luego, no hablar más que de
su soberana mansedumbre, de su compasión por todas las miserias humanas, de sus
apremiantes exhortaciones al amor del prójimo y a la fraternidad. Ciertamente, Jesús
nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y
morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor,
animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres
vivan en la paz y en la felicidad.
Pero a la realización de esta felicidad temporal y
eterna ha puesto, con autoridad soberana, la condición de que se
forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su
virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores. Porque
si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado
sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a
todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. […]
Si su Corazón desbordaba mansedumbre para las almas
de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la
casa de Dios (cf. Mt 21, 13; Lc 19, 46), contra los miserables
que escandalizan a los pequeños (cf. Lc 17, 2), contra las
autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en
ellas ni un dedo para aliviarlas (cf. Mt 23, 4). Ha sido tan
enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y
enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría
(cf. Prov 1, 7; 9, 10) y que conviene a veces cortar un miembro
para salvar al cuerpo (cf. Mt 18, 8-9).
Fragmentos
de: SAN PÍO X.
Notre charge apostolique, 25/8/1910.
La palabra
de Dios es exigente y sacude las conciencias
Esta mansedumbre y humildad de corazón en modo
alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. ¿No
ha sido Él quien ha advertido: «El que no toma su cruz y me sigue detrás no es
digno de mí»? Y poco después: «El que encuentre su vida la perderá y el que
pierda su vida por mí la encontrará» (Mt 10, 38-39). Es una especie de
radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales
del seguimiento de Cristo. […]Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio
es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no
permitir que se recuesten en una falsa «paz», en la cual se hacen cada vez más
insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las
realidades espirituales, perdiendo toda resonancia. […]
Jesús es exigente. No duro o inexorablemente
severo, sino fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la
verdad.
Fragmentos
de: SAN JUAN PABLO II.
Audiencia general, 8/6/1988.
Por misericordia, la Iglesia
debe recordar la verdad
Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta
la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe
recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada
por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en
abundancia (cf. Jn 10, 10).
Fragmento
de: BENEDICTO XVI.
Regina Cæli, 30/3/2008.
La gracia no convierte la
injusticia en derecho
Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y
nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo
descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado.
Ambas —justicia y gracia— han de ser vistas en su justa relación
interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en
derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en
la tierra acabe por tener siempre igual valor.
Fragmento
de: BENEDICTO XVI.
Spe salvi, 30/11/2007.
La última palabra es el
perdón, para los corazones arrepentidos
Dios recurre al castigo como medio para llamar al
recto camino a los pecadores sordos a otras llamadas. Sin embargo, la última
palabra del Dios justo sigue siendo la del amor y el perdón; su deseo
profundo es poder abrazar de nuevo a los hijos rebeldes que vuelven a Él con
un corazón arrepentido.
Fragmento
de: SAN JUAN PABLO II.
Audiencia general, 13/8/2003.
Que nadie menosprecie la
benignidad de Dios
Pensadlo, queridísimos hermanos: la bondad
divina ha eliminado toda escapatoria a nuestro endurecimiento; el hombre ya no
puede encontrar excusa. Dios es despreciado, y espera; se ve desdeñado, y
lanza un nuevo llamamiento; soporta la injusticia de este desdén, sin embargo,
llega al extremo de prometer recompensar a quienes un día u otro regresen a Él.
Pero que nadie haga caso omiso a esta longanimidad,
pues durante el juicio impondrá una justicia aún más severa que el favor de una
paciencia mayor que hubiera manifestado antes del juicio. […] Es llamado pagador paciente
porque a la vez soporta los pecados de los hombres y les da su salario. A
quienes soporta durante mucho tiempo para que se conviertan, los condena más
severamente si no se convierten.
Fragmentos
de: SAN GREGORIO MAGNO.
Homilías sobre el Evangelio. Homilía XIII, n.º 5.
La justicia de Dios es la
rectitud perfecta de su carácter, por la cual Él siempre actúa con equidad,
verdad y santidad.
En la teología bíblica, este
concepto abarca dos aspectos principales:
Atributo y Carácter
- Rectitud
interna: Dios
actúa de manera consecuente con su propia naturaleza pura y santa; no
depende de reglas externas.
- Imparcialidad: Juzga las causas y las
acciones de los seres humanos con total equidad, sin favoritismos.
Justicia y Misericordia
- Oposición
al mal: Al
ser infinitamente santo, rechaza el pecado y la maldad, estableciendo
consecuencias para los actos humanos.
- Salvación: Desde una perspectiva
cristiana, la justicia de Dios no busca meramente el castigo destructivo,
sino restaurar y salvar al culpable mediante la gracia y la fe.
· La
justificación de los impíos, entonces, es la justificación o vindicación de
Dios, porque vindica Su santidad y justicia, mientras que al mismo tiempo
revela Su misericordia y amor. La justicia de Dios se manifiesta en el juicio,
pero el énfasis en Pablo está en la justicia salvadora de Dios cuando usa el
término «justicia de Dios». Incluso cuando el texto denota la justicia
salvadora de Dios, el don que Él da a los seres humanos, la justicia de Dios es
también un atributo de Dios. En otras palabras, es tanto un genitivo de fuente
(«justicia de Dios») como un genitivo de descripción («justicia [que es]
de Dios»). El don que Dios da a los seres humanos es Su propia justicia, Su
propio carácter. La justicia de Dios en Jesucristo es imputada a los creyentes.
En la cruz de Jesucristo, entonces, se revelan tanto la justicia salvadora como
la juzgadora de Dios.
· Definición
· La justicia
de Dios en la justificación es tanto un atributo divino de justicia —el
cual revela el carácter santo y perfecto de Dios— como un don que Dios da
a los pecadores a través de Su Hijo. Es decir, la justicia recibida por los
pecadores por medio de la fe es un regalo que los justifica ante el Dios santo.
El
concepto de justicia está estrechamente relacionado con el juicio y la
salvación en la Biblia. En ambos, Dios muestra la rectitud de Su carácter: en
el juicio, muestra Su carácter santo y justo al “castigar” a los impíos; en la
salvación, rescata por su misericordia a Su pueblo a quien prometió la
salvación. En la salvación, la justicia de Dios juega un papel doble, tanto lo
que se muestra al mundo como un atributo del Dios que salva a Su pueblo, como
el don de la salvación para Su pueblo, que recibe su justicia como propia a
través de la muerte y resurrección de Cristo. La justificación de los pecadores
impíos, entonces, es la justificación o vindicación de Dios, porque vindica Su
santidad y justicia, mientras que al mismo tiempo revela Su misericordia y
amor.
La
mayoría de las personas al definir la justicia piensan en términos de justicia
punitiva en lugar de salvación.
Por otro lado, no debemos cometer el error de concluir que «justicia» y
«salvación» son sinónimos en los versículos citados anteriormente.
Cuando
llegamos a Pablo, vemos que a menudo enfatiza que la justicia es por la fe.
Habla de «justicia por la fe» (Ro 3:22), «justicia por la fe» (Ro 4:13), «justicia que es por la fe» (Ro. 9:30; cp. Ro 4:11; 10:4, 6, 10; Gá 5:5; Fil 3:9). Pablo también excluye la ley o las obras
como la forma de obtener la justicia ( Ro 3:21; 4:6; 9:31; 10:5; Gá 2:21; 3:21; Fil 3:9).
Una de
las frases más significativas de la teología paulina es la «justicia de Dios».
La frase aparece en algunos de los pasajes soteriológicos más importantes de
los escritos de Pablo. Estos son los textos claves:
Porque
en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está
escrito: MAS EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ (Ro 1:17).
Pero si
nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Acaso es
injusto el Dios que expresa Su ira? Hablo en términos humanos (Ro 3:5).
Pero
ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, confirmada
por la ley y los profetas. Esta justicia de Dios por medio de la fe en
Jesucristo es para todos los que creen. Porque no hay distinción (Ro 3:21-22).
A quien
Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe,
como demostración de Su justicia, porque en Su tolerancia, Dios pasó por alto
los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo Su justicia,
a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús (Ro 3:25-26).
Pues
desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se
sometieron a la justicia de Dios (Ro 10:3).
Pero
por obra Suya están ustedes en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros
sabiduría de Dios, y justificación, santificación y redención (1 Co 1:30).
Al que
no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos
justicia de Dios en Él (2 Co 5:21).
Y ser
hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que
es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe
(Fil
3:9).
En
2
Corintios 5:21 que los
creyentes reciben la justicia de Dios a través de la muerte de Cristo en la
cruz.
La
justicia de Dios no se obtiene guardando la ley; se da a los que ponen su fe en
Dios.
Todos
estos textos enseñan que la justicia es un don de Dios dado a los creyentes.
La
frase «la justicia de Dios» también puede referirse a un atributo de Dios.
En Romanos 3:5 y 3:25-26, el
énfasis está en la justicia de Dios en el juicio. La justicia de Dios se revela
cuando juzga al mundo en el último día (Ro 3:5). Dios también muestra Su
rectitud (Su santidad y justicia) cuando Su ira fue aplacada mediante la muerte
de Jesús en la cruz (3:25-26). En la cruz de Jesucristo se encuentran la
justicia juzgadora y salvadora de Dios (Ro 3:21-26). Dios se revela como Salvador
y Juez, misericordioso y santo. La justicia de Dios se manifiesta en el
evangelio en que se revelan tanto el amor como la santidad de Dios. El hecho de
que la justicia de Dios incluye la idea del juicio está respaldado por Romanos 2:5, «Pero a causa de tu dureza y
de tu corazón no arrepentido, estás acumulando para ti mismo ira para el día de
la ira, cuando se manifieste el justo juicio de Dios (gr. dikaiokrisias)».
Que la rectitud de Dios incluye la idea de santidad o justicia se muestra por
la referencia a la «propiciación» o «propiciatorio» ( gr. hilasētrion, Ro 3:25), donde Dios tanto expió como
propició los pecados. Esto significa que nuestros pecados fueron borrados
(expiados) y satisfechos con la ira de Dios en la cruz (propiciados). Si la ira
de Dios se aplacó en la cruz, entonces se manifiesta Su justicia, Su santidad.
Los pecados del mundo no se esconden debajo de la alfombra. En cambio,
Jesucristo tomó sobre Sí mismo el castigo que merecíamos.
La justificación de los impíos, entonces, es la
justificación o vindicación de Dios, porque vindica Su santidad y justicia,
mientras que al mismo tiempo revela Su misericordia y amor. La justicia de Dios
se manifiesta en el juicio, pero el énfasis en Pablo está en la justicia
salvadora de Dios cuando usa el término «justicia de Dios». Incluso cuando el
texto denota la justicia salvadora de Dios, el don que Él da a los seres
humanos, la justicia de Dios es también un atributo de Dios. En otras palabras,
es tanto un genitivo de fuente («justicia de Dios») como un genitivo de
descripción («justicia [que es] de Dios»). El don que Dios da a los
seres humanos es Su propia justicia, Su propio carácter. La justicia de Dios en
Jesucristo es imputada a los creyentes. En la cruz de Jesucristo, entonces, se
revelan tanto la justicia salvadora como la juzgadora de Dios.
Cómo obran al mismo tiempo la
misericordia y la justicia de Dios en la salvación?
La justicia y la misericordia de Dios aparentemente
son incompatibles. Al fin y al cabo, la justicia conlleva la aplicación de un
castigo merecido por una mala acción, y la misericordia consiste en el perdón y
la compasión hacia el infractor. Sin embargo, estos dos atributos de Dios en
realidad forman una unidad en Su carácter.
La Biblia contiene muchas referencias a la misericordia de Dios. Más de 290
versículos en el Antiguo Testamento y 70 en el Nuevo Testamento contienen
declaraciones directas de la misericordia de Dios hacia Su pueblo.
Dios fue misericordioso con los ninivitas que se arrepintieron al oír la
predicación de Jonás, quien describió a Dios como "Dios clemente y
piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del
mal" (Jonás 4:2). David dijo: "Clemente y misericordioso es
el Señor, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es el Señor para
con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras"
(Salmo 145:8-9).
Pero la Biblia también habla de la justicia de Dios y de Su ira sobre el
pecado. De hecho, la justicia perfecta de Dios es una característica que lo define:
"Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de
mí" (Isaías 45:21). "Él es la Roca, cuya obra es perfecta,
porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad
en él; es justo y recto" (Deuteronomio 32:4).
En el Nuevo Testamento, Pablo explica detalladamente por qué viene el juicio de
Dios: "Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza,
pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las
cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia" (Colosenses 3:5-6).
Así que la Biblia muestra el hecho de que Dios es misericordioso, pero también revela que es justo y que un día
impartirá justicia sobre el pecado del mundo.
En todas las demás religiones del mundo que sostienen la idea de una deidad
suprema, la misericordia de esa deidad siempre se ejerce a expensas de la
justicia. Por ejemplo, en el islam, Alá puede conceder misericordia a un
individuo, pero lo hace anulando los castigos de cualquier ley que se haya
infringido. En otras palabras, el castigo que le correspondía al infractor
queda anulado para que se pueda aplicar la misericordia. El Alá del Islam y
todas las demás deidades de las religiones no cristianas dejan de lado los
requisitos de la ley moral para ser misericordiosos. Se considera que la
misericordia está en contradicción con la justicia. De alguna manera, en esas
religiones, el crimen sí puede pagarse.
Si cualquier juez humano actuara de esa manera, la mayoría de la gente
presentaría una queja importante. La responsabilidad de un juez es velar por el
cumplimiento de la ley y que se haga justicia. Un juez que ignora la ley está
traicionando su cargo.
El cristianismo es único en el sentido de que la misericordia de Dios se
manifiesta a través de Su justicia. La justicia no se deja de lado para dar
cabida a la misericordia. La doctrina cristiana de la sustitución de la pena
establece que el pecado y la injusticia fueron castigados en la cruz de Cristo y es sólo porque la pena del pecado fue satisfecha
mediante el sacrificio de Cristo que Dios extiende Su misericordia a los
pecadores que no lo merecen y que buscan Su salvación.
Así como Cristo murió por los pecadores, también demostró la justicia de Dios;
Su muerte en la cruz exhibió la justicia de Dios. Esto es exactamente lo que
dice el apóstol Pablo: "siendo justificados gratuitamente por su gracia,
mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a
causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la
mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y
el que justifica al que es de la fe de Jesús"
(Romanos 3:24-26, énfasis añadido).
En otras palabras, todo el pecado desde Adán hasta el tiempo de Cristo estuvo
bajo la paciencia y la misericordia de Dios. Dios, en Su misericordia, eligió
no castigar el pecado, lo cual requeriría una eternidad en el infierno para
todos los pecadores, aunque habría sido perfectamente justo al hacerlo. Adán y
Eva no fueron destruidos inmediatamente cuando comieron el fruto prohibido. Por
el contrario, Dios preparó un Redentor (Génesis 3:15). En Su amor, Dios envió a Su propio Hijo (Juan 3:16). Cristo pagó por cada uno de los pecados
cometidos; así, Dios fue justo al castigar el pecado, y también puede
justificar a los pecadores que reciben a Cristo por la fe (Romanos 3:26). La justicia y la misericordia
de Dios quedaron demostradas por la muerte de Cristo en la cruz. En la cruz, se
aplicó la justicia de Dios en su totalidad (sobre Cristo), y también se
extendió la misericordia de Dios por completo (a todos los que creen). Así, la
misericordia perfecta de Dios se aplicó a través de Su justicia perfecta.
El resultado final es que todo el que confía en el Señor Jesús se salva de la
ira de Dios y se beneficia de Su gracia y misericordia (Romanos 8:1). Como dice Pablo: "Pues mucho más, estando
ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira" (Romanos 5:9).
Explica
seguidamente que: «Decir de alguien que es misericordioso es como decir que
tiene el corazón lleno de miserias, o sea que ante la miseria de otro
experimenta la misma sensación de tristeza que experimentaría si fuese suya; de
donde proviene que se esfuerce en remediar la tristeza ajena como si de la
propia se tratase, y éste es el efecto de la misericordia».
La
bondad divina al socorrer y curar el mal del pecado del hombre es misericordia.
En
la correspondiente respuesta a la objeción, replica el Aquinate: «Cuando Dios
usa misericordia, no obra contra su justicia, sino que hace algo que está por
encima de la justicia, como el que diese de su peculio doscientos denarios a un
acreedor a quien no debe más que ciento tampoco obraría contra justicia; lo que
hace es portarse con liberalidad y misericordia. Otro tanto hace el que perdona
las ofensas recibidas, y por esto el Apóstol llama «donación» al perdón.
«Donáos unos a otros como Cristo os donó» (Ef 4, 32). Por donde se ve que la
misericordia no destruye la justicia, sino que, al contrario, es su plenitud, y
por esto dice el apóstol Santiago: «La misericordia aventaja al juicio» (San.
2, 13)»[31].
La misericordia no implica una disminución de la justicia. Por el contrario, no
sólo la asume, sino que la expresa en su integridad.
El
acto divino de castigar al pecador es justo, porque es lo que a éste le
corresponde estrictamente, o se le debe o merece ni más ni menos; y también es
justo porque tal acción divina pertenece a la justicia de su bondad. La bondad
divina hace asimismo que sea justa la acción divina de perdonar, porque el
pecador no es perdonado por mérito alguno y, por tanto, no merece el perdón por
una justicia sobre lo que es debido, sino por la justicia de la bondad de Dios.
Un
aparente inconveniente más difícil a la tesis de que en todas las obras de Dios
se encuentra la justicia y la misericordia es que: «muchos justos sufren
aflicciones en este mundo. Pero esto es injusto” La explicación es la
siguiente: «Incluso en el hecho de que los justos sufran castigos en este mundo
aparecen la justicia y la misericordia, por cuanto sus aflicciones les sirven
para satisfacer por los pecados leves y para que libres de afectos a lo terreno
se eleven mejor a Dios, conforme a lo que dice San Gregorio: «Los males que nos
oprimen en este mundo nos fuerzan a ir a Dios» (Moral, 23, 13)».
«Todos
tenemos que sufrir», sin embargo: «estamos a tiempo de escoger nuestra propia
cruz. No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra disposición
está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo».
Es
dogma de fe católica: Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere
con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado».
Sin
embargo, sabemos también que: «ha puesto en nuestras manos nuestra libertad (…)
No quiere nuestra salvación a empujones, no quiere llevarnos al cielo a la
fuerza. Está dispuesto a recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan
abiertos que los tiene clavados en la cruz para recibir y acoger a todos los
pecadores. Basta una sola palabra: «¡Perdóname, Señor!».
También
en el hecho que los justos sufran en este mundo aparece la justicia y la
misericordia. Pues por tales sufrimientos se les limpian pequeñas manchas, y el
corazón, dejando lo terreno, se orienta más a Dios. Dice Gregorio: "Los males
que en este mundo nos oprimen, nos empujan a ir a Dios".
POR
OTRO LADO, EN EL CRISTIANISMO, EL PERDÓN QUE YO OTORGO A MIS HERMANOS ES
CONSECUENCIA DE MI EXPERIENCIA DE HABER SIDO Y SER PERDONADO MUCHO POR DIOS. SI
DIOS ME HA PERDONADO TANTO Y TANTAS VECES ¿CÓMO ES QUE YO NO PUEDO PERDONAR A
MIS HERMANOS?
Ahora bien, Dios perdona, pero ES
NECESARIA LA REPARACIÓN Y PARA ELLO LA PENITENCIA.
El perdón de los pecados en el catolicismo se
obtiene principalmente a través del Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, donde Dios otorga su gracia mediante la
absolución del sacerdote. [1, 2]
Los pasos
del sacramento
El proceso consta de actos esenciales
realizados por el fiel y la intervención del ministro: [1]
- Contrición: Un arrepentimiento sincero
del corazón por haber ofendido a Dios.
- Confesión: La declaración oral y
clara de los pecados ante el sacerdote.
- Propósito de enmienda: La firme resolución de no
volver a pecar y evitar las ocasiones que llevan a él.
- Absolución: Las palabras del sacerdote
que, en nombre de Cristo, perdonan los pecados.
- Penitencia o reparación: Una obra concreta
(oración, sacrificio o acto de caridad) impuesta para reparar el daño
causado por la falta.
Una vez, un amigo que no era religioso me preguntó
por qué la Iglesia nos exigía "perdonar a todos". ¿Cómo era justo que
con solo pedir perdón todo se olvidara y se borrara?
Yo compartía el sentimiento que subyacía a sus
preguntas. Yo sabía que él había sufrido mucho y que había personas en su vida a
las que le costaría perdonar, con razón. También yo entendía que esta
concepción de la Iglesia era errónea, pero muy difícil de superar. Él veía este
concepto de perdón como una grave injusticia.
Pero el perdón es un principio fundamental
de nuestra fe. Cuando Jesús moría en la cruz, dijo de sus verdugos: «Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Entonces, ¿cómo
entendemos este perdón y cómo podemos responder a quienes les resulta difícil
perdonar?
Una frase común que se usa al hablar del perdón es "perdonar
y olvidar". Aplicada a los altibajos de las relaciones cotidianas,
esta frase nos recuerda la importancia de dejar de lado las pequeñas cosas, los
rencores del día a día. Es reconocer que nosotros también podemos molestar o
irritar a los demás, y que todos estamos llamados a ayudarnos mutuamente a
sobrellevar nuestras imperfecciones.
Pero esta frase también puede ser muy dañina. Debe
usarse con cuidado. No estás obligado a "olvidar" los abusos o las
malas acciones repetidas. Algunas relaciones son tóxicas y es necesario
superarlas. No se espera que te reconcilies o hables, ni siquiera que vuelvas a ver a
la persona que te ha hecho daño. Y, sin duda, cuando otros nos han herido
profundamente, es importante no "olvidar". Olvidar no nos ayudará a
acceder al apoyo que necesitamos para sanar ni a llevar a la otra persona ante
la justicia, si correspondiera.
Por lo tanto, perdonar no significa dejar que la otra
persona se salga con la suya. Dios se preocupa por nuestro sufrimiento y no
espera que superemos las cosas rápidamente. Él respeta nuestras emociones y
sabe que la sanación lleva tiempo. Él está con todos nosotros en nuestro
sufrimiento. «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a
los abatidos de espíritu» (Salmo 34:18).
Al mismo tiempo, Dios no quiere que suframos más de
lo necesario. Ahí es donde el perdón puede ayudarnos a sanar. Perdonar
significa que no tenemos que dejarnos consumir por el rencor, la sed de venganza, ni el
resentimiento. El perdón nos permite seguir adelante, lo cual no es lo
mismo que olvidar. El perdón nos permite llegar a un lugar donde no nos consume
lo sucedido, donde el pecado de la otra persona ya no nos controla. Perdonar a
alguien nos da libertad.
¿Acaso las personas quedan impunes cuando las
perdonamos? Quizás también deberíamos preguntarnos si quedan impunes si no
las perdonamos. A menudo, la venganza solo nos perjudica a nosotros mismos y no
castiga al culpable. No es fácil comprender esto cuando sufrimos por las
acciones de otra persona. Debemos confiar en que Dios, quien se compadece del
sufrimiento de su creación, también desea la conversión de los pecadores.
Podemos dejar con seguridad a quienes nos lastiman en manos de la justicia y
la misericordia de Dios. Mientras tanto, el perdón nos permite encontrar la paz
interior.
La segunda parte de la pregunta de mi amigo se
refería a la idea del perdón personal de los propios pecados, desde la
perspectiva de la Iglesia. El esta intentando comprender el Sacramento de la Confesión.
El Catecismo afirma que «solo Dios perdona el
pecado» ( 1441 ). Como católicos, creemos que
Dios lo hace a través de un sacerdote, en la persona de Cristo, en el
confesionario. En completa intimidad, confesamos nuestros pecados y recibimos
la absolución. El pecado es perdonado y nos liberamos de su carga (aunque no
necesariamente de sus consecuencias). Desde fuera, este proceso puede parecer
escandaloso. Sin embargo, esa es la profundidad de la misericordia de Dios: que
todos los pecados pueden ser perdonados. En la Iglesia siempre hay un lugar al
que acudir, que ofrece una salida a través de las conductas más oscuras de
nuestra vida. Pero para alguien que no cree en Dios ni en la religión, puede
parecer que la persona ha salido libre. Si nosotros también sufrimos
mucho por el pecado de esa persona, es comprensible que esto sea difícil,
quizás imposible, de aceptar.
Sin embargo, hay algunos puntos clave que destacar.
En primer lugar, cualquiera que haya ido a confesarse sabe que, si bien no es
una cámara de torturas y es un lugar de sanación y paz, también requiere gran
humildad, valentía y fortaleza para acudir a la confesión y confesar el pecado
en voz alta. Es fácil reflexionar sobre lo que uno ha hecho mal, pero mucho más
difícil verbalizarlo. Por lo tanto, cabe esperar que si alguien que nos ha
hecho mucho daño busca confesarse, lo haga con verdadero arrepentimiento.
En segundo lugar, cuando alguien experimenta el
perdón en el Sacramento de la Confesión, tras una verdadera contrición, la paz
y la sanación que este trae consigo suelen despertar en él el deseo de
reconciliarse con los demás. También puede provocar un cambio profundo en su
vida, un nuevo anhelo de hacer el bien en lugar del mal.
El Catecismo afirma que:
«La confesión (o revelación) de los pecados,
incluso desde un punto de vista puramente humano, nos libera y facilita nuestra
reconciliación con los demás. Mediante tal admisión, el hombre se enfrenta
directamente a los pecados de los que es culpable, asume la responsabilidad por
ellos y, de este modo, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia
para hacer posible un nuevo futuro.» ( 1455 )
Muchas historias de conversión impactantes
comienzan con un encuentro con el Sacramento de la Confesión. La sensación
tangible de perdón total es difícil de explicar a quien no la ha experimentado.
Es revitalizante y transformadora.
Existe otro aspecto de la Confesión (y del perdón
de los pecados en general) que proporciona la justicia sobre la que preguntaba
mi amigo; y ésa es la reparación . Esta se divide en dos partes:
justicia y penitencia. El Catecismo dice:
“Muchos pecados perjudican a nuestro prójimo. Hay
que hacer lo posible para reparar el daño (por ejemplo, devolver los bienes
robados, restaurar la reputación de quien ha sido difamado, indemnizar por los
perjuicios). La justicia simple exige eso.” ( 1459 )
Este es un requisito obvio para cualquiera que se
arrepienta de sus pecados, y es una clara señal de que la Iglesia espera y
fomenta que se haga justicia en reparación por el pecado.
El Catecismo continúa diciendo:
Pero el pecado también daña y debilita al pecador,
así como su relación con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado,
pero no remedia todos los trastornos que este ha causado. Una vez liberado del
pecado, el pecador aún debe recuperar su plena salud espiritual haciendo algo
más para reparar el daño causado: debe expiar sus pecados. Esta expiación
también se llama penitencia.
Al finalizar la confesión, el sacerdote le indicará
al penitente un acto de penitencia. Se trata de un pequeño acto que se le pide
al penitente que realice después de la confesión. El sacerdote lo elegirá según
su situación y se corresponderá, de alguna manera, con los pecados que ha
confesado. Su propósito no es humillar, sino contribuir a su bienestar
espiritual. Puede
consistir en una oración, un servicio práctico o un pequeño acto de
abnegación.
La penitencia no es un acto que signifique que
nosotros mismos estemos perdonando o exonerando nuestros propios pecados.
Nosotros, que no podemos hacer nada por nosotros mismos, podemos hacer todas las cosas con
la cooperación de "aquel que nos fortalece".
La penitencia es una cooperación con Dios; reconoce
que no solo no podemos perdonar nuestros propios pecados, sino que el
deseo de justicia es bueno y natural. Es una pequeña expiación, un
reconocimiento de que hemos lastimado a otros y a nosotros mismos con nuestros
pecados. Finalmente, nos transforma para ser más semejantes a Cristo, «quien nos justificó de una vez y para siempre», en el mayor acto de amor y misericordia: su muerte en la cruz.
Cuando alguien nos hiere profundamente, puede
resultar difícil reconocer que el perdón, la confesión y la conversión son, en
realidad, las mejores soluciones para ambas partes. Pero debemos entender que el perdón libera a la
persona agraviada de la agotadora carga de la venganza, mientras que para quien
cometió la ofensa, el mejor resultado es una vida transformada. El perdón ofrece
mucho más que la simple sensación de quedar impune. Dios es quien perdona, y no
se conforma con algo tan mediocre como dejarnos impunes. Nos da mucho más que
eso. Nos brinda sanación completa, restauración, libertad y paz.
Roguemos al Señor que nos ilumine en este sentido y nos dé la gracia que necesitamos para obrar en consecuencia. Amén.