domingo, 12 de abril de 2026

...Y DE NUEVO VENDRÁ CON GLORIA ... PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS .

Cómo sé yo que Jesucristo va a venir nuevamente? - 

Vamos a analizar este tema desde tres ópticas: La catequesis, la teología y la experiencia contemplativa. 

-La catequesis nos dice:

La Parusía es la segunda venida gloriosa de Jesucristo al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos, estableciendo el triunfo definitivo sobre el mal. Este evento, esperado con esperanza por los cristianos, implica la resurrección final y la instauración de un nuevo cielo y tierra.
Puntos clave de la Parusía y el Juicio:
  • Significado: Derivado del griego parousia ("presencia", "llegada"), se refiere a la manifestación gloriosa de Cristo como Juez Supremo.
  • Juicio Final: Acontece tras la resurrección de los muertos, donde se revelará la disposición de cada uno hacia Dios y el prójimo.
  • Antes de la Parusía: La Iglesia atravesará una prueba final (impostura del anticristo) que sacudirá la fe de muchos.
  • Doble Juicio: La doctrina católica distingue entre el [Juicio particular] (inmediatamente tras la muerte) y el [Juicio final/universal] (al final de los tiempos).
  • Propósito: La venida de Cristo con poder y gloria busca consumar la redención y juzgar con justicia.
Contexto bíblico: Se menciona en los evangelios y cartas paulinas (1 Tesalonicenses 4:16-17; 2 Tesalonicenses 2:8) como un evento público y glorioso.

PARUSÍA (LLEGADA) Y JUICIO DE DIOS

Como se explica arriba, el concepto de "los últimos tiempos" está asociado a la Segunda Venida del Señor (Parusía). Nuestra fe en el “retorno” del Señor no puede ser relativizada, reduciendo los pasajes bíblicos a relatos de carácter meramente simbólico. Desde la Iglesia primitiva, las oraciones, y después las representaciones artísticas, dan testimonio de la firme creencia en el “retorno del Señor”. A esa Segunda Venida están también asociados otros eventos escatológicos: el juicio final, la resurrección de los muertos y la nueva creación.

¿Cómo entender la “Parusía”? 

En primer lugar, hay que descartar una interpretación literal de los textos que nos hablan de esos eventos del final de la historia utilizando una serie de imágenes que pueden desorientar a quienes son neófitos en hermenéutica bíblica. La Parusía no es una especie de “drama o cataclismo cósmico” que acontecerá en una determinada fecha de nuestro calendario y que sería presenciado por la “última generación”. De ahí que sea totalmente inútil pretender descifrar cuándo será la fecha de la Segunda Venida del Señor y del “fin del mundo”. En los Evangelios Jesús mismo nos dice: “El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13, 32).

Los signos que nos hablan de la Parusía no tienen un sentido cronológico sino “kairológico”, nos hacen recordar que debemos estar siempre vigilantes al kairós (momento adecuado, oportuno, “tiempo de Dios”).

El “fin del mundo” no es la destrucción del mundo sino la llegada a su plenitud (nueva creación) con la intervención de Dios. 

El apóstol Pablo nos dice que la creación entera gime con dolores de parto esperando ser ella también redimida (Cf., Rm 8, 18-23). La Iglesia nos enseña que “el universo visible también está destinado a ser transformado” (Catecismo de la Iglesia, 1047). Con su Encarnación el Hijo de Dios no sólo asumió la condición humana (se hizo hombre) sino también la materia. En consecuencia: los efectos de la Redención (obrada por Jesús en la Cruz) no sólo alcanzan al hombre (como unidad corpóreo /espiritual) sino también al cosmos entero; esto exige una “nueva creación” (“cielos nuevos y tierra nueva”).

La espera cristiana en la Segunda Venida del Señor (Parusía), está asociada, como hemos mencionado, al “juicio de Dios” al final de los tiempos (“Juicio final”).

¿Cómo entender ese “Juicio de Dios”?

La Iglesia nos enseña de la existencia de un “doble juicio”: un “Juicio particular” que acontece inmediatamente después de la muerte, donde el alma inmortal recibe la retribución eterna (Cf., Catecismo de la Iglesia, 1022) y un “Juicio final” universal que acontece después de la resurrección de los muertos al final de los tiempos: “El juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar, sólo Él decidirá su advenimiento” (Catecismo de la Iglesia, 1040).

El llamado “Juicio final” no debe entenderse como una especie de “proceso sumarísimo” al que seremos sometidos al final de la historia cuando Cristo vuelva. El juicio de Dios ya se está realizando en el “aquí y ahora” con la decisiones que tomamos cada día, de las cuales tenemos que “rendir cuentas” (por nuestros faltas de fe y amor). Es en esta vida, mientras que transcurre nuestra existencia terrenal, que se decide nuestro destino eterno. El “Juicio final” pondrá en evidencia la responsabilidad de los hombres. En consecuencia: lo decisivo para nosotros es asumir nuestra responsabilidad en el presente. Al final, sólo se ratificará lo que nosotros hemos decidido o merecido, en esta vida, como destino eterno.

El juicio, en cuanto decisión, acontece en el ahora de la responsabilidad. El hombre es un ser que toma decisiones y por esa razón, se le puede pedir cuentas de sus actos, pues, es “de suyo” una realidad moral. No puede concebirse la personalidad al margen de la responsabilidad; y sólo se da auténtica responsabilidad allí donde se impone la rendición de cuentas. Ser responsable es siempre tener que dar cuenta de nuestros actos, supone obligaciones para con alguien. La idea de juicio, pues, otorga a la idea de responsabilidad su total fundamento. Solo puede haber juicio, en este sentido, porque el hombre es un ser responsable, una realidad moral; la responsabilidad está estrechamente vinculada a la libertad.

El Evangelio de san Mateo (Cf., Mt 25, 31-46), nos presenta a Jesús como el ‘Hijo del Hombre’, Pastor y Rey que viene glorioso al final de los tiempos para establecer el juicio definitivo. El juicio de Dios es siempre para salvar, llevando al Reino a su plenitud;  pero esto implica un ‘auto juicio’, es decir: no es una sentencia divina lo que constituye al hombre en salvado o condenado. Lo que determina la situación definitiva del hombre es su propia actitud en esta historia humana. La Palabra de Dios constata o desvela esa situación que cada cual elige para sí con sus propios actos en esta vida. Dicho de otro modo: la salvación es siempre una obra de Dios, la condenación es obra humana. Dios no condena a nadie, cada uno se auto condena (Cf., Jn 3, 17-19); el juicio se realiza en la no acogida de su Palabra (Cf., Jn 12, 47ss).

Tenemos dos versiones del juicio de Dios: la del evangelista Juan y la de san Mateo. En el Evangelio de Juan el juicio está centrado en la fe o incredulidad; en el Evangelio de san Mateo el criterio de la discriminación se establece por la falta de amor al otro: “tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron” (Mt 25, 35ss). Hay, pues, una identificación de Cristo con el pobre, el enfermo, el desvalido, los sin techo, etc., en definitiva: con todos los excluidos de la sociedad.

Las dos versiones sobre el juicio coinciden en considerarlo como auto juicio; pero, difieren en su aspecto formal: para Juan lo decisivo es la fe o la incredulidad; para Mateo todo se concentra en el amor o desamor. La discrepancia es más aparente que real; en ambos casos el juicio es el desvelamiento de la postura asumida en la historia frente a Cristo (fe-incredulidad), y frente al prójimo, sacramento de Cristo (amor-desamor). Fe y amor se complementan; la prueba irrefutable de la autenticidad de la fe es la práctica del amor. En última instancia, el hombre debe responder ante Cristo, pero la parábola de Mt 25, 31ss nos pone de manifiesto que la causa de Cristo es la causa del hombre: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25, 45). Somos responsables ante el otro. El rechazo al otro es un rechazo a Cristo.

-La oración de quietud y silencio nos hace reflexionar en: 

¿Qué Cristo va a venir? ¿El Cristo vengador que reclama perfección o el Cristo de las mujeres adúlteras, y los hombres poseídos, de la pobre hemorroísa y de los apóstoles desleales, o sea, ese Jesús históricamente auténtico que iba de un extremo a otro de Israel perdonando y sanando?

Para las personas que creemos en un Dios creador amoroso y en el Jesús que expulsa los demonios en Sábado, nos queda y cabe SIEMPRE LA ESPERANZA. SÓLO ESPERANZA. ÚNICAMENTE ESPERANZA. SANTA ESPERANZA.

La esperanza alumbra dentro de nosotros como un suave rayo de luz diurna, en la confianza de que obtendremos aquello en lo que creemos, en esa confianza en que Dios quiere lo mejor para nosotros.

Decir "creo que Jesús de nuevo vendrá con gloria" es decir que la esperanza está viva y nutre la fe en la presencia y el amor de Dios. Con esa misma esperanza vemos al Juez, pero no tememos el juicio. Esperamos el juicio, pero confiamos en el Juez, que sabe lo que hay en nuestras almas. 

El Cristo en el que esperamos es el mismo que hemos conocido entre nosotros. El Dios en el que confiamos tiene el corazón de Jesús, que perdonaba a los pecadores reincidentes, que alimentaba a los hambrientos hasta que quedaran satisfechos, que tocaba a los pecadores, abrazaba a los enemigos y escuchaba a las mujeres. Este es un Dios que ve el corazón y conoce sus tendencias.

Esperanza y fe están unidas: si creo en Dios creador, entonces tengo que tener fe en que este Dios ha actuado, actúa y actuará en todo el proceso de la creación. Nadie ha nacido completo. Nadie vive en plenitud. Nadie muere completamente. Tiene que haber algo más. ¿Cómo? Quien sabe. ¿Cuándo? A quién le preocupa. Todo lo que sabemos es que no conocemos el fin de la oscura inmensidad en la que giramos, y ya esto solo nos da esperanza.

Tener esperanza no es huir a un mundo de cuento de hadas y mitos ideados para librarme de tener que aceptar  mi finitud y pequeñez. Pero no me desespero. Por el contrario la seguridad de mi vida está en la pequeñez humana. Yo deposito mi confianza en el hecho de que cualquier cosa es mayor que yo, que aún hay mucho por saber, que vivo en un mundo que hace 30 años era ciencia ficción y hoy es una realidad. ¿Qué hay ahí sobre Dios que no puedo creer con garantías y en lo que no puedo depositar mis esperanzas, cuando hasta hace muy poco ni siquiera sabía que existían los quarks, o que un día sería normal hablar de un punto a otro del mundo? Todo es posible, y en cuanto a mí: Jesús es la mejor de todas las posibilidades.

Naturalmente hoy por hoy sólo tenemos signos de interrogación. Somos átomos en un universo de gigantes. Pero al mismo tiempo, estamos llenos de vida que se niega a morir, que subsiste aunque sea patéticamente débil y se las arregla para ver la condición humana como algo hasta divertido. La conclusión es muy clara, a pesar de toda la maraña de datos: si merecimos nacer, tenemos que merecer ser llevados a la plenitud, en la forma que sea, donde sea, cuando sea. De lo contrario, toda la obra de Jesús habrá sido inútil y toda la creación no tendría razón de ser. Y todos nosotros existiríamos en vano. Pero no hay nadie en el mundo que realmente crea que la creación carece de finalidad. ¿Por qué? Pues porque todo lo que hacemos los seres humanos en los momentos infinitamente pequeños de la vida tiene una dirección. Nos habla de intención, late con sentido eterno. ¿Podemos esperar menos de Dios?

La esperanza tiene que ver con esa convicción de que no nos desintegraremos en la nada porque DIOS LO ES TODO. La vida es más que lo que vemos. Así no desesperamos ante la vista de la muerte, porque cuerpo y espíritu son uno. A quienes dicen que la carne es perversa, el Credo les dice: "creo que Jesús, que se disolvió en Dios, de nuevo vendrá con gloria" para celebrar nuestra propia unión en Dios. La esperanza humana se alza ante la derrota y dice: "Dios es; entonces yo soy".

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martes, 17 de marzo de 2026

Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE ...

Primeramente, vamos a adentrarnos en el misterio de la paternidad de Dios.

Cuando los textos bíblicos se refieren a Dios como Padre del Pueblo lo hacen en primer lugar con la convicción de que el pueblo ha recibido su existencia y su organización mediante una intervención especial de Dios en la historia. Mientras que en los otros pueblos de la antigüedad se describe una "historia de los dioses" en la que los dioses engendran a otros dioses o a los mismos pueblos, en Israel no existe dicha historia, sino una intervención especial de Yahveh en la historia del pueblo, a partir de la cual se le llama "Padre".

La idea que sustenta el título de Dios como Padre es el vínculo originado en la Alianza. Por este pacto, Dios se ha convertido en "pariente" de Israel, y recíprocamente, Israel se siente y se proclama "hijo de Dios". En razón de este parentesco, los israelitas experimentan la predilección de Dios, expresada en un constante cuidado y protección. Se considera a Dios como a un Padre cuando se quiere destacar el amor con que cuida a Israel.

Además, la tradición sapiencial ha enseñado que los fieles que viven de acuerdo a la voluntad de Dios, los justos, llevan también el nombre de "hijos de Dios". Quienes son hijos de Dios en esta tierra, tienen reservada una herencia: ellos podrán participar de la inmortalidad junto con los otros "hijos de Dios", los servidores que están ante su trono (ángeles).

Israel dio el título de Hijo de Dios al Rey, pues el soberano debía compartir, por lógica, la paternidad de Dios con todo el pueblo. Es así que la concesión de este título otorgado al Rey en el momento de su coronación, es la delegación de algunas tareas que le competen a Yahveh por ser el Padre de todo el pueblo. Es decir que el  Rey es Hijo de Dios porque ha recibido una participación especial en la paternidad de Dios: el cuidado por el pueblo de Dios, la providencia sobre todos y el cuidado especial sobre los débiles y los pobres. Al decir que Dios es Padre del Rey de Jerusalén, se deja entrever que Dios también es Padre del Rey esperado, el Mesías que debe llevar a pleno cumplimiento todas las promesas de Dios a su pueblo.

Pero por más sorprendentes que sean las revelaciones que aportan los libros del Antiguo Testamento, muy poco podríamos conocer acerca de Dios si Jesucristo no nos hubiera revelado al Padre. Él es el único que conoce al Padre y es el único que lo puede revelar. Jesús tenía una particular conciencia de una relación filial con Dios y desde esa experiencia, nos ha hablado del Padre bondadoso, providente y dispuesto a perdonar más que a castigar; de allí se ha derivado su enseñanza sobre la forma en que nosotros debemos vivir como hijos de este único Padre y hermanos entre nosotros.

La invocación con la que Jesús se dirigía a su Padre en la oración expresaba una experiencia personal única, ya que no tiene paralelo con la piedad judía de su tiempo.  Él llamaba a Dios "Abbá" (Papito). En ese ambiente religioso la forma de orar de Jesús habría sido considerada inapropiada por ser excesivamente familiar. Todos los que se acercan a a Jesús y escuchan su palabra forman con él una sola familia en la que el único Padre es Dios y todos los demás son hermanos. Siguiendo las enseñanzas de Jesús, todos sus discípulos se dirigen al Padre llamándolo también "Abbá". No es una simple cuestión de nomenclatura. Dios, al mismo tiempo, el Señor del cielo y de la tierra, es alguien tan cercano que los hombres pueden dirigirse a él como los hijos a su padre en el ámbito hogareño. Esta concepción de Dios es el punto de partida de la relación con Dios que Jesús anuncia a sus discípulos. No es una relación que tiene sufundamento en los méritos personales que cada uno debe acumular mediante el cumplimiento de una Ley, sino en el encuentro personal con un Dios que se adelanta mostrando su misericordia.

El trato que Jesús ha dispensado a los más pequeños, a los pobres y a los enfermos, a los marginados y a los pecadores, revela ante nuestros ojos la actitud que Dios, como Padre, tiene con todos nosotros, sus hijos. 

... En el próximo post veremos cómo cada uno de los evangelistas nos hablan de la Paternidad de Dios revelada en Jesucristo...

 39 ideas de Dios Padre nos cuida | cristianos, dibujos de ...

lunes, 9 de febrero de 2026

SUBIO A LOS CIELOS

 

Veamos qué nos dice La Palabra acerca de este acontecimiento: 

  • Lucas 24:50-53

Cuando los condujo a las cercanías de Betania, alzó las manos y los bendijo. Mientras los bendecía, los dejó y fue llevado al cielo. Entonces lo adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y permanecieron continuamente en el templo, alabando a Dios.

  • Marcos 16:19

Después que el Señor Jesús les habló, fue recibido en el cielo y se sentó a la diestra de Dios.

  • Hechos 1:6-12

Entonces se reunieron alrededor de él y le preguntaron: «Señor, ¿en este momento vas a restaurar el reino a Israel?». Él les respondió: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las fechas que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Después de decir esto, fue llevado ante sus propios ojos, y una nube lo ocultó de su vista. Estaban mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando de repente dos hombres vestidos de blanco se presentaron junto a ellos. «Hombres de Galilea», dijeron, «¿por qué están aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, regresará de la misma manera que lo han visto ir al cielo». Entonces los apóstoles regresaron a Jerusalén desde la colina llamada Monte de los Olivos, a un día de camino de la ciudad."

La Ascensión no solo marca el fin del tiempo de Jesús en la Tierra. También es un punto de inflexión para la Iglesia y una señal de lo que viene después en la historia cristiana. Aquí hay tres mensajes clave tras la Ascensión:

1. Jesús completa su obra en la Tierra

La Ascensión marca la culminación de la misión de Jesús. Vino a enseñar, a sanar, a sufrir, a morir y a resucitar. Tras su resurrección, su último acto fue regresar al Padre. Esto indica que su obra salvadora estaba consumada.

2. Él nos abre el cielo

Al regresar al Cielo, Jesús abre el camino a todos los que lo siguen. La Ascensión es una señal de esperanza de que la vida eterna es posible. Él va a preparar un lugar para sus seguidores (Juan 14:2-3).

3. La misión continúa

Antes de ascender, Jesús encomendó a sus apóstoles una misión: ir y hacer discípulos de todas las naciones. La Iglesia comienza a tomar forma aquí. Promete el Espíritu Santo, quien guiará y capacitará a sus seguidores para llevar a cabo esta misión. Esta promesa se cumple en Pentecostés, diez días después.

Ahora bien, analicemos esto con una mirada más profunda:

Sólo un evangelista, Lucas, habla de la ascensión como una dimensión separada de la vida de Cristo. Sólo Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, la sitúa al cabo de los "cuarenta días". Para los demás evangelistas era evidente que la resurrección demostraba la identidad de Jesús con Dios, y relacionaron la ascensión con la Pascua. Pero Lucas tenía otra idea. Los discípulos judíos estudiaban con un rabino durante "cuarenta días", número simbólico que significaba el tiempo que necesitaban para aprender las enseñanzas del maestro hasta poder repetirlas. Para Lucas , es posible, pues, que el tiempo a partir del cual nosotros experimentamos la resurrección no tenga tanto que ver con Jesús sino con nosotros, con la tarea de centrar nuestra mente y nuestro corazón en el mundo y en el trabajo que tenemos entre manos. Es decir que, experimentar la resurrección, o sea ser transportado a una nueva comprensión de Jesús, requiere modelar la vida desde una conciencia contemplativa.

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Las últimas líneas del Evangelio de Lucas dicen: "Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios". Jesús se ha ido, pero no se ha ido. Jesús los ha dejado, pero no los ha dejado en absoluto. Ellos recuerdan al Jesús de la historia, sí, pero ahora viven inmersos en el Cristo de la Fe. Sus mentes y sus almas han accedido a una nueva conciencia, a una nueva capacidad de penetración, a una nueva percepción del poder de Dios en ellos. No sólo han aprendido las enseñanzas, sino que están dispuestos a vivirlas por sí mismos. Se hacen contemplativos aquellos que se sumergen en la búsqueda de Dios, del Dios que está en ellos mismos. Ya no debemos quedarnos "mirando al cielo", sino dentro de nosotros mismos. Así llegaremos a ser aquéllos que se esfuerzan por ver el mundo como Dios lo ve, aquéllos que miran y ven algo más que simplemente el mundo.

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En la actualidad, la vida contemplativa, el momento místico, está enterrada bajo siglos de  confusión, de malos entendidos, falsedades e invenciones. Un mundo dominado por el modelo mecanicista del universo, como se definió en el siglo XVIII, lo veía todo en términos de causa y efecto, de agente y acción, de partes  y sistemas. La formación intelectual estaba dividida entre las partes y los componentes más pequeños. La ciencia se convirtió en la búsqueda desesperada de la partícula atómica, como motivo fundamental para comprender la finalidad de la vida. Incluso la vida espiritual fue definida de acuerdo con fases que iban desde el "nivel purgativo" -el alejamiento de las cosas materiales de la vida-, en favor de una existencia más espiritual- hasta el unitivo, ese punto del desarrollo espiritual en el que se daba, una perfecta unión con Dios. La vida espiritual fue así representada como una escalera que había que subir escalón por escalón, desde el ascetismo purgativo hasta la perfecta unión con Dios. Como resultado de esto, la vida espiritual se convirtió en dominio de profesionales que se retiraban a los conventos, donde se entendía que sólo Dios podía entrar. Allí, totalmente centrada en la "vida espiritual", entendida como algo opuesto a la "vida del mundo", una persona se hacía "contemplativa". No había otra posibilidad.

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La espiritualidad presenta entonces un problema grave. En primer lugar excluye a la mayor parte del mundo y, después, excluye totalmente al propio Jesús. La verdad es que el Jesús que elevó personalmente al cielo nuestros corazones y nuestras mentes, que nos dijo que él era el era el camino, que aseguró que "los que me ven a mí ven al Padre", llevó una vida plenamente implicada en el mundo que le rodeaba, en total armonía con el corazón de Dios, completamente absorbida por la voluntad de Dios en el mundo. Es cierto que este Jesús, el Jesús contemplativo cuya vida oculta le llevó a recorrer, yendo de un lado para el otro, los caminos de Galilea,  eleva al cielo los corazones de  los discípulos. Pero después, según el Evangelio de Lucas, mientras permanecen inmóviles y llenos de temor mirando fijamente a Jesús-con-ellos, al Jesús ascendido, el ángel, en el interior de cada uno de ellos, los envía de regreso a Jerusalén. Así se establece un vínculo entre las dos dimensiones inseparables de la vida: la física y la espiritual. Los apóstoles rebosan de la fuerza de lo que han visto con sus ojos vueltos al cielo y sus cabezas están colmadas de las enseñanzas de Jesús, suficientes para llenar toda una vida, la vida de cualquier persona.

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La realidad es que los contemplativos no son fakires,  gurúes o personas profesionalmente religiosas. "Vida contemplativa" y "vida conventual" no son sinónimos. La vida conventual es, en el mejor de los casos, una de las muchas maneras de cultivar la contemplación, una manera (no la única) que a unos puede parecer necesaria, pero que carece de interés para quienes descubren el rostro de Jesús en  los enfermos, los derrotados y allí lo aman profundamente. Hablar de la "vida contemplativa" y referirse únicamente a una de sus modalidades es pasar por alto la dimensión contemplativa de la vida en su conjunto: la vida de la madre que siente la presencia de Dios cuando baña a su bebé:

 

La vida del hombre que siente que el corazón de Dios se rompe en su interior cuando ve pasar a jóvenes soldados:

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Las vidas de las personas mayores que han pasado haciendo el bien para que por fin llegue el Reino de Dios; las vidas de los jóvenes que se ofrecen a sí mismos en sacrificio por amor a los demás.

 
La contemplación tiene que ver con la vida como es, no con escapar de una para encontrar otra. Los contemplativos son personas normales sumamente conscientes de la vida de Dios como fuerza impulsora que actúa dentro de ellos y a su alrededor. Viven bajo el impulso que los creó y saben escuchar atentamente a la pequeña y profunda voz que llevan dentro de su corazón que los guía y eleva. El contemplativo ve el sentido de la eternidad en cada momento que vive.

La vida contemplativa es una vida de conciencia, de sacramentos y de divinización de lo cotidiano. El Jesús colgado de la cruz es también el Jesús elevado a los reinos de la gloria y la plenitud de Dios. Por eso el contemplativo sabe que no hay lugar donde no esté Dios, pues ha aprendido a ver a Dios en todas partes. Dios está en el sufrimiento y en la gloria. Dios está en lo cósmico y en los crucificados de la vida diaria. Para el contemplativo, lo mundano es la materia de la inmortalidad. Lo cotidiano es el lugar de lo divino.

La conciencia, primer signo distintivo del contemplativo, nos sitúa frente a la santidad de la vida. El dualismo, con su distinción tajante entre espíritu y materia, cielo y tierra, razón y sentimiento, luz y oscuridad, nos engaña acerca de la naturaleza de la creación. La vida no está formada por dos sustancias -el espíritu y la materia: lo bueno y lo malo- unidas en el soporte de una frágil existencia humana. Como nos enseña el Credo, en el Jesús que vivió, murió y fue visto de nuevo, la vida abarca las dos dimensiones de una creación, dos dimensiones que se integran y en las que lo divino rebosa y pasa de una a otra. "Ved estas manos, mirad estos pies, palpad estas llagas", dice el Jesús resucitado, que sigue manifestándose a todos sus discípulos en una nueva dimensión cuya magnitud "ni ojo vio, ni oído oyó". Y, no obstante algunos sí la han visto y oído.

Para el contemplativo, el mundo en su conjunto es sacramental. Todas las cosas hablan de Dios. Todas las cosas nos revelan a Dios. El verdadero contemplativo es un naturalista, un amante de la vida, un ser respetuoso de las personas, alguien capaz de penetrar en lo  tangible y ver al Creador más allá de la superficie de lo creado.

La cotidianeidad es el objeto de la contemplación. El contemplativo no busca mundos remotos en los que descubrir a Dios. El contemplativo sabe ver a Dios en el quehacer de cada día: en las peleas matrimoniales y en el desempleo, en el disenso y los celos, en el rechazo y la confianza destrozada, el contemplativo ve al Jesús que mostró el camino que va desde la crucifixión hasta la ascensión, desde el sufrimiento hasta la gloria eterna.

Jesús vino para estar entre nosotros, proclama el credo.

Jesús caminó por la tierra y la bendijo.

Jesús vivió la vida de un ser vivo y creció en "sabiduría, edad y gracia". Pero Jesús elevó nuestros ojos por encima y más allá de los estrechos límites de nuestras pequeñas e insignificantes vidas, nos mostró otros horizontes, nos regaló un mundo situado más allá de nosotros. En definitiva, desde lo peor que el mundo puede ofrecernos, el credo eleva nuestros ojos y nuestras almas a la visión que trasciende lo prosaico. El credo nos coloca frente a lo místico y nos recuerda que debemos permanecer vigilantes mientras recorremos los caminos del mundo. Amén.


viernes, 30 de enero de 2026

... AL TERCER DÍA ...

La resurrección de Jesús nos habla de la transformación de ese Jesús de la historia en el Cristo de la fe. Se trata de  esa transformación de Jesús que resucita de entre los muertos en Jerusalén, en el Jesús que resucita, si se lo permitimos, también en nosotros. La resurrección de Jesús tiene que ver con que yo acepte esa presencia transformada y transformadora del Cristo de ayer, hoy y siempre. Y una vez que ha ocurrido esto, la vida ya nunca vuelve a ser igual: empieza de nuevo.

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Decir "creo en Jesucristo que resucitó de entre los muertos", es decir "creo que esa resurrección continúa para siempre". Pero eso no es todo. La prueba real de la resurrección de Jesús no radica únicamente en la transformación de Jesús, sino también en la transformación que nos espera a quienes la aceptamos. Y ello se da ya en nuestra vida terrenal. Si Jesús es transformado y yo soy transformado, también se transforma todo cuanto me rodea.

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La Escritura lo dice con toda claridad: la resurrección sucedió "al tercer día". Para la mentalidad judía esta indicación temporal designaba una transformación de mucha importancia. En la cultura judía esos momentos decisivos, esos momentos de cambios trascendentales, se indicaban con la expresión "al tercer día". En los textos bíblicos podemos encontrar treinta hechos determinantes como ocurridos "al tercer día": acontecimientos a raíz de los cuales ni la comunidad judía, ni la historia judía, ni la comprensión judía de los caminos de Dios sobre la tierra, volvieron a ser los mismos. Por ejemplo, Dios sella la alianza con Moisés "al tercer día". También "al tercer día" Ester se dirige al Rey para mediar por la seguridad de los judíos. "Al tercer día" Abraham se dispone a sacrificar a Isaac. 

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Decir que algo ocurrió "al tercer día", quiere indicar que fue en un momento crucial, un punto a partir del cual todo lo ocurrido antes y después se ve bajo una nueva luz. El Evangelio nos dice que la resurrección ocurrió "al tercer día". El mensaje es claro: nadie ni nada es igual después de la resurrección. A nosotros la resurrección de Jesús nos cambió tanto como a Él.

 El Poder de una Vida Transformada - Estudio

Resurrección es transfiguración. Mientras no nos veamos a nosotros mismos con un nuevo corazón: menos necesitados de lo efímero, con mayor conciencia del ritmo espiritual de la vida, no habrá tenido lugar realmente la resurrección para nosotros. La vida, como en otro tiempo la conocimos y entendimos - si de verdad creemos en Cristo resucitado-, también resucita, pero totalmente transformada. Y nuestro cambio, cambia el mundo: las relaciones se modifican pues las raíces de nuestra alma han cambiado. Marca una manera completamente nueva de ser en la vida. Empezamos a vernos como nunca antes nos habíamos visto.

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Cuando Jesús murió, con él murió la esperanza. Los apóstoles lloraron la muerte de Jesús. La gente se escandalizó. La sinagoga respiró aliviada al verse libre del agitador. Toda la empresa se vino abajo. Pero al final, al margen de la derrota aparente, surgió una vida nueva y con más fuerza que la anterior. Y esto también vale para nosotros.

Cuando termina una fase de la vida, empieza otra nueva: siempre y cuando no perdamos demasiado tiempo llorando la anterior.  Si permitimos que la nueva gracia fluya en nosotros, si aceptamos el hecho de que "al tercer día" -el momento crucial- será nuestro Kairós, es decir, el momento del tiempo  que se hizo cristiano, salvífico, nuevo.

El Abrazo de las Generaciones: Amar a Nuestros Mayores es Amar Nuestra  Propia Alma. - Opus Dei

La resurrección vence definitivamente sobre el fracaso.  

Por qué los discípulos no siempre reconocían a Jesús después de su  resurrección?