Veamos qué nos dice La Palabra acerca de este acontecimiento:
- Lucas 24:50-53
Cuando los condujo a las cercanías de Betania, alzó las manos y los bendijo. Mientras los bendecía, los dejó y fue llevado al cielo. Entonces lo adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y permanecieron continuamente en el templo, alabando a Dios.
- Marcos 16:19
Después que el Señor Jesús les habló, fue recibido en el cielo y se sentó a la diestra de Dios.
- Hechos 1:6-12
Entonces se reunieron alrededor de él y le preguntaron: «Señor, ¿en este momento vas a restaurar el reino a Israel?». Él les respondió: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las fechas que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Después de decir esto, fue llevado ante sus propios ojos, y una nube lo ocultó de su vista. Estaban mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando de repente dos hombres vestidos de blanco se presentaron junto a ellos. «Hombres de Galilea», dijeron, «¿por qué están aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, regresará de la misma manera que lo han visto ir al cielo». Entonces los apóstoles regresaron a Jerusalén desde la colina llamada Monte de los Olivos, a un día de camino de la ciudad."
La Ascensión no solo marca el fin del tiempo de Jesús en la Tierra. También es un punto de inflexión para la Iglesia y una señal de lo que viene después en la historia cristiana. Aquí hay tres mensajes clave tras la Ascensión:
1. Jesús completa su obra en la Tierra
La Ascensión marca la culminación de la misión de Jesús. Vino a enseñar, a sanar, a sufrir, a morir y a resucitar. Tras su resurrección, su último acto fue regresar al Padre. Esto indica que su obra salvadora estaba consumada.
2. Él nos abre el cielo
Al regresar al Cielo, Jesús abre el camino a todos los que lo siguen. La Ascensión es una señal de esperanza de que la vida eterna es posible. Él va a preparar un lugar para sus seguidores (Juan 14:2-3).
3. La misión continúa
Antes de ascender, Jesús encomendó a sus apóstoles una misión: ir y hacer discípulos de todas las naciones. La Iglesia comienza a tomar forma aquí. Promete el Espíritu Santo, quien guiará y capacitará a sus seguidores para llevar a cabo esta misión. Esta promesa se cumple en Pentecostés, diez días después.
Ahora bien, analicemos esto con una mirada más profunda:
Sólo un evangelista, Lucas, habla de la ascensión como una dimensión separada de la vida de Cristo. Sólo Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, la sitúa al cabo de los "cuarenta días". Para los demás evangelistas era evidente que la resurrección demostraba la identidad de Jesús con Dios, y relacionaron la ascensión con la Pascua. Pero Lucas tenía otra idea. Los discípulos judíos estudiaban con un rabino durante "cuarenta días", número simbólico que significaba el tiempo que necesitaban para aprender las enseñanzas del maestro hasta poder repetirlas. Para Lucas , es posible, pues, que el tiempo a partir del cual nosotros experimentamos la resurrección no tenga tanto que ver con Jesús sino con nosotros, con la tarea de centrar nuestra mente y nuestro corazón en el mundo y en el trabajo que tenemos entre manos. Es decir que, experimentar la resurrección, o sea ser transportado a una nueva comprensión de Jesús, requiere modelar la vida desde una conciencia contemplativa.
Las últimas líneas del Evangelio de Lucas dicen: "Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios". Jesús se ha ido, pero no se ha ido. Jesús los ha dejado, pero no los ha dejado en absoluto. Ellos recuerdan al Jesús de la historia, sí, pero ahora viven inmersos en el Cristo de la Fe. Sus mentes y sus almas han accedido a una nueva conciencia, a una nueva capacidad de penetración, a una nueva percepción del poder de Dios en ellos. No sólo han aprendido las enseñanzas, sino que están dispuestos a vivirlas por sí mismos. Se hacen contemplativos aquellos que se sumergen en la búsqueda de Dios, del Dios que está en ellos mismos. Ya no debemos quedarnos "mirando al cielo", sino dentro de nosotros mismos. Así llegaremos a ser aquéllos que se esfuerzan por ver el mundo como Dios lo ve, aquéllos que miran y ven algo más que simplemente el mundo.

En la actualidad, la vida contemplativa, el momento místico, está enterrada bajo siglos de confusión, de malos entendidos, falsedades e invenciones. Un mundo dominado por el modelo mecanicista del universo, como se definió en el siglo XVIII, lo veía todo en términos de causa y efecto, de agente y acción, de partes y sistemas. La formación intelectual estaba dividida entre las partes y los componentes más pequeños. La ciencia se convirtió en la búsqueda desesperada de la partícula atómica, como motivo fundamental para comprender la finalidad de la vida. Incluso la vida espiritual fue definida de acuerdo con fases que iban desde el "nivel purgativo" -el alejamiento de las cosas materiales de la vida-, en favor de una existencia más espiritual- hasta el unitivo, ese punto del desarrollo espiritual en el que se daba, una perfecta unión con Dios. La vida espiritual fue así representada como una escalera que había que subir escalón por escalón, desde el ascetismo purgativo hasta la perfecta unión con Dios. Como resultado de esto, la vida espiritual se convirtió en dominio de profesionales que se retiraban a los conventos, donde se entendía que sólo Dios podía entrar. Allí, totalmente centrada en la "vida espiritual", entendida como algo opuesto a la "vida del mundo", una persona se hacía "contemplativa". No había otra posibilidad.
La espiritualidad presenta entonces un problema grave. En primer lugar excluye a la mayor parte del mundo y, después, excluye totalmente al propio Jesús. La verdad es que el Jesús que elevó personalmente al cielo nuestros corazones y nuestras mentes, que nos dijo que él era el era el camino, que aseguró que "los que me ven a mí ven al Padre", llevó una vida plenamente implicada en el mundo que le rodeaba, en total armonía con el corazón de Dios, completamente absorbida por la voluntad de Dios en el mundo. Es cierto que este Jesús, el Jesús contemplativo cuya vida oculta le llevó a recorrer, yendo de un lado para el otro, los caminos de Galilea, eleva al cielo los corazones de los discípulos. Pero después, según el Evangelio de Lucas, mientras permanecen inmóviles y llenos de temor mirando fijamente a Jesús-con-ellos, al Jesús ascendido, el ángel, en el interior de cada uno de ellos, los envía de regreso a Jerusalén. Así se establece un vínculo entre las dos dimensiones inseparables de la vida: la física y la espiritual. Los apóstoles rebosan de la fuerza de lo que han visto con sus ojos vueltos al cielo y sus cabezas están colmadas de las enseñanzas de Jesús, suficientes para llenar toda una vida, la vida de cualquier persona.
La realidad es que los contemplativos no son fakires, gurúes o personas profesionalmente religiosas. "Vida contemplativa" y "vida conventual" no son sinónimos. La vida conventual es, en el mejor de los casos, una de las muchas maneras de cultivar la contemplación, una manera (no la única) que a unos puede parecer necesaria, pero que carece de interés para quienes descubren el rostro de Jesús en los enfermos, los derrotados y allí lo aman profundamente. Hablar de la "vida contemplativa" y referirse únicamente a una de sus modalidades es pasar por alto la dimensión contemplativa de la vida en su conjunto: la vida de la madre que siente la presencia de Dios cuando baña a su bebé:
La vida del hombre que siente que el corazón de Dios se rompe en su interior cuando ve pasar a jóvenes soldados:
Las vidas de las personas mayores que han pasado haciendo el bien para que por fin llegue el Reino de Dios; las vidas de los jóvenes que se ofrecen a sí mismos en sacrificio por amor a los demás.
La vida contemplativa es una vida de conciencia, de sacramentos y de divinización de lo cotidiano. El Jesús colgado de la cruz es también el Jesús elevado a los reinos de la gloria y la plenitud de Dios. Por eso el contemplativo sabe que no hay lugar donde no esté Dios, pues ha aprendido a ver a Dios en todas partes. Dios está en el sufrimiento y en la gloria. Dios está en lo cósmico y en los crucificados de la vida diaria. Para el contemplativo, lo mundano es la materia de la inmortalidad. Lo cotidiano es el lugar de lo divino.
La conciencia, primer signo distintivo del contemplativo, nos sitúa frente a la santidad de la vida. El dualismo, con su distinción tajante entre espíritu y materia, cielo y tierra, razón y sentimiento, luz y oscuridad, nos engaña acerca de la naturaleza de la creación. La vida no está formada por dos sustancias -el espíritu y la materia: lo bueno y lo malo- unidas en el soporte de una frágil existencia humana. Como nos enseña el Credo, en el Jesús que vivió, murió y fue visto de nuevo, la vida abarca las dos dimensiones de una creación, dos dimensiones que se integran y en las que lo divino rebosa y pasa de una a otra. "Ved estas manos, mirad estos pies, palpad estas llagas", dice el Jesús resucitado, que sigue manifestándose a todos sus discípulos en una nueva dimensión cuya magnitud "ni ojo vio, ni oído oyó". Y, no obstante algunos sí la han visto y oído.
Para el contemplativo, el mundo en su conjunto es sacramental. Todas las cosas hablan de Dios. Todas las cosas nos revelan a Dios. El verdadero contemplativo es un naturalista, un amante de la vida, un ser respetuoso de las personas, alguien capaz de penetrar en lo tangible y ver al Creador más allá de la superficie de lo creado.
La cotidianeidad es el objeto de la contemplación. El contemplativo no busca mundos remotos en los que descubrir a Dios. El contemplativo sabe ver a Dios en el quehacer de cada día: en las peleas matrimoniales y en el desempleo, en el disenso y los celos, en el rechazo y la confianza destrozada, el contemplativo ve al Jesús que mostró el camino que va desde la crucifixión hasta la ascensión, desde el sufrimiento hasta la gloria eterna.
Jesús vino para estar entre nosotros, proclama el credo.
Jesús caminó por la tierra y la bendijo.
Jesús vivió la vida de un ser vivo y creció en "sabiduría, edad y gracia". Pero Jesús elevó nuestros ojos por encima y más allá de los estrechos límites de nuestras pequeñas e insignificantes vidas, nos mostró otros horizontes, nos regaló un mundo situado más allá de nosotros. En definitiva, desde lo peor que el mundo puede ofrecernos, el credo eleva nuestros ojos y nuestras almas a la visión que trasciende lo prosaico. El credo nos coloca frente a lo místico y nos recuerda que debemos permanecer vigilantes mientras recorremos los caminos del mundo. Amén.



