martes, 17 de marzo de 2026

Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE ...

Primeramente, vamos a adentrarnos en el misterio de la paternidad de Dios.

Cuando los textos bíblicos se refieren a Dios como Padre del Pueblo lo hacen en primer lugar con la convicción de que el pueblo ha recibido su existencia y su organización mediante una intervención especial de Dios en la historia. Mientras que en los otros pueblos de la antigüedad se describe una "historia de los dioses" en la que los dioses engendran a otros dioses o a los mismos pueblos, en Israel no existe dicha historia, sino una intervención especial de Yahveh en la historia del pueblo, a partir de la cual se le llama "Padre".

La idea que sustenta el título de Dios como Padre es el vínculo originado en la Alianza. Por este pacto, Dios se ha convertido en "pariente" de Israel, y recíprocamente, Israel se siente y se proclama "hijo de Dios". En razón de este parentesco, los israelitas experimentan la predilección de Dios, expresada en un constante cuidado y protección. Se considera a Dios como a un Padre cuando se quiere destacar el amor con que cuida a Israel.

Además, la tradición sapiencial ha enseñado que los fieles que viven de acuerdo a la voluntad de Dios, los justos, llevan también el nombre de "hijos de Dios". Quienes son hijos de Dios en esta tierra, tienen reservada una herencia: ellos podrán participar de la inmortalidad junto con los otros "hijos de Dios", los servidores que están ante su trono (ángeles).

Israel dio el título de Hijo de Dios al Rey, pues el soberano debía compartir, por lógica, la paternidad de Dios con todo el pueblo. Es así que la concesión de este título otorgado al Rey en el momento de su coronación, es la delegación de algunas tareas que le competen a Yahveh por ser el Padre de todo el pueblo. Es decir que el  Rey es Hijo de Dios porque ha recibido una participación especial en la paternidad de Dios: el cuidado por el pueblo de Dios, la providencia sobre todos y el cuidado especial sobre los débiles y los pobres. Al decir que Dios es Padre del Rey de Jerusalén, se deja entrever que Dios también es Padre del Rey esperado, el Mesías que debe llevar a pleno cumplimiento todas las promesas de Dios a su pueblo.

Pero por más sorprendentes que sean las revelaciones que aportan los libros del Antiguo Testamento, muy poco podríamos conocer acerca de Dios si Jesucristo no nos hubiera revelado al Padre. Él es el único que conoce al Padre y es el único que lo puede revelar. Jesús tenía una particular conciencia de una relación filial con Dios y desde esa experiencia, nos ha hablado del Padre bondadoso, providente y dispuesto a perdonar más que a castigar; de allí se ha derivado su enseñanza sobre la forma en que nosotros debemos vivir como hijos de este único Padre y hermanos entre nosotros.

La invocación con la que Jesús se dirigía a su Padre en la oración expresaba una experiencia personal única, ya que no tiene paralelo con la piedad judía de su tiempo.  Él llamaba a Dios "Abbá" (Papito). En ese ambiente religioso la forma de orar de Jesús habría sido considerada inapropiada por ser excesivamente familiar. Todos los que se acercan a a Jesús y escuchan su palabra forman con él una sola familia en la que el único Padre es Dios y todos los demás son hermanos. Siguiendo las enseñanzas de Jesús, todos sus discípulos se dirigen al Padre llamándolo también "Abbá". No es una simple cuestión de nomenclatura. Dios, al mismo tiempo, el Señor del cielo y de la tierra, es alguien tan cercano que los hombres pueden dirigirse a él como los hijos a su padre en el ámbito hogareño. Esta concepción de Dios es el punto de partida de la relación con Dios que Jesús anuncia a sus discípulos. No es una relación que tiene sufundamento en los méritos personales que cada uno debe acumular mediante el cumplimiento de una Ley, sino en el encuentro personal con un Dios que se adelanta mostrando su misericordia.

El trato que Jesús ha dispensado a los más pequeños, a los pobres y a los enfermos, a los marginados y a los pecadores, revela ante nuestros ojos la actitud que Dios, como Padre, tiene con todos nosotros, sus hijos. 

... En el próximo post veremos cómo cada uno de los evangelistas nos hablan de la Paternidad de Dios revelada en Jesucristo...

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lunes, 9 de febrero de 2026

SUBIO A LOS CIELOS

 

Veamos qué nos dice La Palabra acerca de este acontecimiento: 

  • Lucas 24:50-53

Cuando los condujo a las cercanías de Betania, alzó las manos y los bendijo. Mientras los bendecía, los dejó y fue llevado al cielo. Entonces lo adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y permanecieron continuamente en el templo, alabando a Dios.

  • Marcos 16:19

Después que el Señor Jesús les habló, fue recibido en el cielo y se sentó a la diestra de Dios.

  • Hechos 1:6-12

Entonces se reunieron alrededor de él y le preguntaron: «Señor, ¿en este momento vas a restaurar el reino a Israel?». Él les respondió: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las fechas que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Después de decir esto, fue llevado ante sus propios ojos, y una nube lo ocultó de su vista. Estaban mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando de repente dos hombres vestidos de blanco se presentaron junto a ellos. «Hombres de Galilea», dijeron, «¿por qué están aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, regresará de la misma manera que lo han visto ir al cielo». Entonces los apóstoles regresaron a Jerusalén desde la colina llamada Monte de los Olivos, a un día de camino de la ciudad."

La Ascensión no solo marca el fin del tiempo de Jesús en la Tierra. También es un punto de inflexión para la Iglesia y una señal de lo que viene después en la historia cristiana. Aquí hay tres mensajes clave tras la Ascensión:

1. Jesús completa su obra en la Tierra

La Ascensión marca la culminación de la misión de Jesús. Vino a enseñar, a sanar, a sufrir, a morir y a resucitar. Tras su resurrección, su último acto fue regresar al Padre. Esto indica que su obra salvadora estaba consumada.

2. Él nos abre el cielo

Al regresar al Cielo, Jesús abre el camino a todos los que lo siguen. La Ascensión es una señal de esperanza de que la vida eterna es posible. Él va a preparar un lugar para sus seguidores (Juan 14:2-3).

3. La misión continúa

Antes de ascender, Jesús encomendó a sus apóstoles una misión: ir y hacer discípulos de todas las naciones. La Iglesia comienza a tomar forma aquí. Promete el Espíritu Santo, quien guiará y capacitará a sus seguidores para llevar a cabo esta misión. Esta promesa se cumple en Pentecostés, diez días después.

Ahora bien, analicemos esto con una mirada más profunda:

Sólo un evangelista, Lucas, habla de la ascensión como una dimensión separada de la vida de Cristo. Sólo Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, la sitúa al cabo de los "cuarenta días". Para los demás evangelistas era evidente que la resurrección demostraba la identidad de Jesús con Dios, y relacionaron la ascensión con la Pascua. Pero Lucas tenía otra idea. Los discípulos judíos estudiaban con un rabino durante "cuarenta días", número simbólico que significaba el tiempo que necesitaban para aprender las enseñanzas del maestro hasta poder repetirlas. Para Lucas , es posible, pues, que el tiempo a partir del cual nosotros experimentamos la resurrección no tenga tanto que ver con Jesús sino con nosotros, con la tarea de centrar nuestra mente y nuestro corazón en el mundo y en el trabajo que tenemos entre manos. Es decir que, experimentar la resurrección, o sea ser transportado a una nueva comprensión de Jesús, requiere modelar la vida desde una conciencia contemplativa.

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Las últimas líneas del Evangelio de Lucas dicen: "Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios". Jesús se ha ido, pero no se ha ido. Jesús los ha dejado, pero no los ha dejado en absoluto. Ellos recuerdan al Jesús de la historia, sí, pero ahora viven inmersos en el Cristo de la Fe. Sus mentes y sus almas han accedido a una nueva conciencia, a una nueva capacidad de penetración, a una nueva percepción del poder de Dios en ellos. No sólo han aprendido las enseñanzas, sino que están dispuestos a vivirlas por sí mismos. Se hacen contemplativos aquellos que se sumergen en la búsqueda de Dios, del Dios que está en ellos mismos. Ya no debemos quedarnos "mirando al cielo", sino dentro de nosotros mismos. Así llegaremos a ser aquéllos que se esfuerzan por ver el mundo como Dios lo ve, aquéllos que miran y ven algo más que simplemente el mundo.

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En la actualidad, la vida contemplativa, el momento místico, está enterrada bajo siglos de  confusión, de malos entendidos, falsedades e invenciones. Un mundo dominado por el modelo mecanicista del universo, como se definió en el siglo XVIII, lo veía todo en términos de causa y efecto, de agente y acción, de partes  y sistemas. La formación intelectual estaba dividida entre las partes y los componentes más pequeños. La ciencia se convirtió en la búsqueda desesperada de la partícula atómica, como motivo fundamental para comprender la finalidad de la vida. Incluso la vida espiritual fue definida de acuerdo con fases que iban desde el "nivel purgativo" -el alejamiento de las cosas materiales de la vida-, en favor de una existencia más espiritual- hasta el unitivo, ese punto del desarrollo espiritual en el que se daba, una perfecta unión con Dios. La vida espiritual fue así representada como una escalera que había que subir escalón por escalón, desde el ascetismo purgativo hasta la perfecta unión con Dios. Como resultado de esto, la vida espiritual se convirtió en dominio de profesionales que se retiraban a los conventos, donde se entendía que sólo Dios podía entrar. Allí, totalmente centrada en la "vida espiritual", entendida como algo opuesto a la "vida del mundo", una persona se hacía "contemplativa". No había otra posibilidad.

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La espiritualidad presenta entonces un problema grave. En primer lugar excluye a la mayor parte del mundo y, después, excluye totalmente al propio Jesús. La verdad es que el Jesús que elevó personalmente al cielo nuestros corazones y nuestras mentes, que nos dijo que él era el era el camino, que aseguró que "los que me ven a mí ven al Padre", llevó una vida plenamente implicada en el mundo que le rodeaba, en total armonía con el corazón de Dios, completamente absorbida por la voluntad de Dios en el mundo. Es cierto que este Jesús, el Jesús contemplativo cuya vida oculta le llevó a recorrer, yendo de un lado para el otro, los caminos de Galilea,  eleva al cielo los corazones de  los discípulos. Pero después, según el Evangelio de Lucas, mientras permanecen inmóviles y llenos de temor mirando fijamente a Jesús-con-ellos, al Jesús ascendido, el ángel, en el interior de cada uno de ellos, los envía de regreso a Jerusalén. Así se establece un vínculo entre las dos dimensiones inseparables de la vida: la física y la espiritual. Los apóstoles rebosan de la fuerza de lo que han visto con sus ojos vueltos al cielo y sus cabezas están colmadas de las enseñanzas de Jesús, suficientes para llenar toda una vida, la vida de cualquier persona.

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La realidad es que los contemplativos no son fakires,  gurúes o personas profesionalmente religiosas. "Vida contemplativa" y "vida conventual" no son sinónimos. La vida conventual es, en el mejor de los casos, una de las muchas maneras de cultivar la contemplación, una manera (no la única) que a unos puede parecer necesaria, pero que carece de interés para quienes descubren el rostro de Jesús en  los enfermos, los derrotados y allí lo aman profundamente. Hablar de la "vida contemplativa" y referirse únicamente a una de sus modalidades es pasar por alto la dimensión contemplativa de la vida en su conjunto: la vida de la madre que siente la presencia de Dios cuando baña a su bebé:

 

La vida del hombre que siente que el corazón de Dios se rompe en su interior cuando ve pasar a jóvenes soldados:

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Las vidas de las personas mayores que han pasado haciendo el bien para que por fin llegue el Reino de Dios; las vidas de los jóvenes que se ofrecen a sí mismos en sacrificio por amor a los demás.

 
La contemplación tiene que ver con la vida como es, no con escapar de una para encontrar otra. Los contemplativos son personas normales sumamente conscientes de la vida de Dios como fuerza impulsora que actúa dentro de ellos y a su alrededor. Viven bajo el impulso que los creó y saben escuchar atentamente a la pequeña y profunda voz que llevan dentro de su corazón que los guía y eleva. El contemplativo ve el sentido de la eternidad en cada momento que vive.

La vida contemplativa es una vida de conciencia, de sacramentos y de divinización de lo cotidiano. El Jesús colgado de la cruz es también el Jesús elevado a los reinos de la gloria y la plenitud de Dios. Por eso el contemplativo sabe que no hay lugar donde no esté Dios, pues ha aprendido a ver a Dios en todas partes. Dios está en el sufrimiento y en la gloria. Dios está en lo cósmico y en los crucificados de la vida diaria. Para el contemplativo, lo mundano es la materia de la inmortalidad. Lo cotidiano es el lugar de lo divino.

La conciencia, primer signo distintivo del contemplativo, nos sitúa frente a la santidad de la vida. El dualismo, con su distinción tajante entre espíritu y materia, cielo y tierra, razón y sentimiento, luz y oscuridad, nos engaña acerca de la naturaleza de la creación. La vida no está formada por dos sustancias -el espíritu y la materia: lo bueno y lo malo- unidas en el soporte de una frágil existencia humana. Como nos enseña el Credo, en el Jesús que vivió, murió y fue visto de nuevo, la vida abarca las dos dimensiones de una creación, dos dimensiones que se integran y en las que lo divino rebosa y pasa de una a otra. "Ved estas manos, mirad estos pies, palpad estas llagas", dice el Jesús resucitado, que sigue manifestándose a todos sus discípulos en una nueva dimensión cuya magnitud "ni ojo vio, ni oído oyó". Y, no obstante algunos sí la han visto y oído.

Para el contemplativo, el mundo en su conjunto es sacramental. Todas las cosas hablan de Dios. Todas las cosas nos revelan a Dios. El verdadero contemplativo es un naturalista, un amante de la vida, un ser respetuoso de las personas, alguien capaz de penetrar en lo  tangible y ver al Creador más allá de la superficie de lo creado.

La cotidianeidad es el objeto de la contemplación. El contemplativo no busca mundos remotos en los que descubrir a Dios. El contemplativo sabe ver a Dios en el quehacer de cada día: en las peleas matrimoniales y en el desempleo, en el disenso y los celos, en el rechazo y la confianza destrozada, el contemplativo ve al Jesús que mostró el camino que va desde la crucifixión hasta la ascensión, desde el sufrimiento hasta la gloria eterna.

Jesús vino para estar entre nosotros, proclama el credo.

Jesús caminó por la tierra y la bendijo.

Jesús vivió la vida de un ser vivo y creció en "sabiduría, edad y gracia". Pero Jesús elevó nuestros ojos por encima y más allá de los estrechos límites de nuestras pequeñas e insignificantes vidas, nos mostró otros horizontes, nos regaló un mundo situado más allá de nosotros. En definitiva, desde lo peor que el mundo puede ofrecernos, el credo eleva nuestros ojos y nuestras almas a la visión que trasciende lo prosaico. El credo nos coloca frente a lo místico y nos recuerda que debemos permanecer vigilantes mientras recorremos los caminos del mundo. Amén.


viernes, 30 de enero de 2026

... AL TERCER DÍA ...

La resurrección de Jesús nos habla de la transformación de ese Jesús de la historia en el Cristo de la fe. Se trata de  esa transformación de Jesús que resucita de entre los muertos en Jerusalén, en el Jesús que resucita, si se lo permitimos, también en nosotros. La resurrección de Jesús tiene que ver con que yo acepte esa presencia transformada y transformadora del Cristo de ayer, hoy y siempre. Y una vez que ha ocurrido esto, la vida ya nunca vuelve a ser igual: empieza de nuevo.

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Decir "creo en Jesucristo que resucitó de entre los muertos", es decir "creo que esa resurrección continúa para siempre". Pero eso no es todo. La prueba real de la resurrección de Jesús no radica únicamente en la transformación de Jesús, sino también en la transformación que nos espera a quienes la aceptamos. Y ello se da ya en nuestra vida terrenal. Si Jesús es transformado y yo soy transformado, también se transforma todo cuanto me rodea.

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La Escritura lo dice con toda claridad: la resurrección sucedió "al tercer día". Para la mentalidad judía esta indicación temporal designaba una transformación de mucha importancia. En la cultura judía esos momentos decisivos, esos momentos de cambios trascendentales, se indicaban con la expresión "al tercer día". En los textos bíblicos podemos encontrar treinta hechos determinantes como ocurridos "al tercer día": acontecimientos a raíz de los cuales ni la comunidad judía, ni la historia judía, ni la comprensión judía de los caminos de Dios sobre la tierra, volvieron a ser los mismos. Por ejemplo, Dios sella la alianza con Moisés "al tercer día". También "al tercer día" Ester se dirige al Rey para mediar por la seguridad de los judíos. "Al tercer día" Abraham se dispone a sacrificar a Isaac. 

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Decir que algo ocurrió "al tercer día", quiere indicar que fue en un momento crucial, un punto a partir del cual todo lo ocurrido antes y después se ve bajo una nueva luz. El Evangelio nos dice que la resurrección ocurrió "al tercer día". El mensaje es claro: nadie ni nada es igual después de la resurrección. A nosotros la resurrección de Jesús nos cambió tanto como a Él.

 El Poder de una Vida Transformada - Estudio

Resurrección es transfiguración. Mientras no nos veamos a nosotros mismos con un nuevo corazón: menos necesitados de lo efímero, con mayor conciencia del ritmo espiritual de la vida, no habrá tenido lugar realmente la resurrección para nosotros. La vida, como en otro tiempo la conocimos y entendimos - si de verdad creemos en Cristo resucitado-, también resucita, pero totalmente transformada. Y nuestro cambio, cambia el mundo: las relaciones se modifican pues las raíces de nuestra alma han cambiado. Marca una manera completamente nueva de ser en la vida. Empezamos a vernos como nunca antes nos habíamos visto.

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Cuando Jesús murió, con él murió la esperanza. Los apóstoles lloraron la muerte de Jesús. La gente se escandalizó. La sinagoga respiró aliviada al verse libre del agitador. Toda la empresa se vino abajo. Pero al final, al margen de la derrota aparente, surgió una vida nueva y con más fuerza que la anterior. Y esto también vale para nosotros.

Cuando termina una fase de la vida, empieza otra nueva: siempre y cuando no perdamos demasiado tiempo llorando la anterior.  Si permitimos que la nueva gracia fluya en nosotros, si aceptamos el hecho de que "al tercer día" -el momento crucial- será nuestro Kairós, es decir, el momento del tiempo  que se hizo cristiano, salvífico, nuevo.

El Abrazo de las Generaciones: Amar a Nuestros Mayores es Amar Nuestra  Propia Alma. - Opus Dei

La resurrección vence definitivamente sobre el fracaso.  

Por qué los discípulos no siempre reconocían a Jesús después de su  resurrección?