lunes, 21 de octubre de 2024

El “temor” a Dios, comienzo de la Sabiduría

Muchas veces la religión provocó miedo, por no decir terror, a sus fieles. Se predicaba el temor frente al Dios castigador y juez y por lo tanto, fue una forma de someter a las personas y ejercer poder sobre ellas mediante el temor. Nada más lejos del Evangelio de Jesucristo. 

Ahora bien, debemos entender qué quiso decir la Sagrada Escritura con la frase “temor de Dios”. Encontramos en el Salmo 111,10; Prov 1,7; 9,10. es decir en los libros sapienciales, por ejemplo, “El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría”. En este caso la palabra temor significa tomar en serio a Dios, sentirse afectado por su exigencia, reverenciar la distancia entre su Grandeza y nuestra pequeñez.

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En la experiencia mística se vive un AMOR IMPONENTE DE DIOS, pero no está ausente el temor reverente pues se despierta en nosotros un impulso de adrenalina a causa de nuestra condición primitiva que nos coloca en estado de alarma. Si Dios irrumpe en nuestra vida reaccionamos con temor y temblor. Debemos también tener en cuenta que la experiencia divina siempre son dos cosas: algo fascinante y algo tremendo; algo que me atrae y entusiasma, pero que con su poder también me asusta y me provoca una especie de temor por su imponente diversidad. Pero es un miedo que no quita la paz, es un temor que tiene que ver con la admiración y el asombro, la sorpresa. Pero todos ellos son aspectos que forman parte de la auténtica experiencia del Dios Totalmente Otro. Esa especie de temor sin embargo, nos sensibiliza para la experiencia divina: aumenta nuestra capacidad de atención y de observación. Podríamos decir entonces que ese temor se convierte así en un requisito esencial para la experiencia directa de Dios. Es necesario sin embargo aclarar que DIOS NO ES UN PRODUCTO DE NUESTRO MIEDO, todo lo contrario, me "desencapsula" de mi egocentrismo y de esa forma se hace posible una experiencia a la que de lo contrario los sentidos no tienen acceso. Podríamos agregar, sin temor a equivocarnos, que el miedo abre a las personas a Dios. Es la puerta por la que irrumpe en el espíritu humano, la experiencia religiosa. No estamos hablando de terror ni de pánico ni de temor paralizante. Repito, es algo reverencial. Ese es el sentido bíblico del “temor a Dios”. Es un reconocimiento a Dios. Temer y reconocer van de la mano. Así podemos entonces entender la frase bíblica arriba citada de los libros sapienciales: “El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría”. Aprendemos a ver con una luz más intensa las cosas de Dios y por lo tanto también se aclara nuestra vida.

En la experiencia mística de ser UNO CON DIOS queda totalmente superada la distancia entre el Creador y su Criatura. Asimismo, no olvidemos que existe una tensión constante entre el temor que nos distancia reverentemente y el que también nos empuja hacia Dios. En este volvernos a Dios, sentirnos empujados a Él, experimentamos un amor que nos transforma y nos hace felices. La meta de este amor en el que el ser humano vivencia la unión con Dios es su elevación a Él, su divinización. Es decir que bien podemos afirmar que ese temor que remarca la distancia entre Dios y nosotros, nos conduce finalmente a la experiencia mística y a nuestra salvación. El temor a la separación o a la distancia queda totalmente superado.

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Cuando Juan nos dice “En el amor no existe el miedo” pareciera contradecir lo que hemos dicho. No obstante ambos conceptos son ciertos. Por un lado, el amor supera al temor. Por el otro, el temor profundiza al amor. Nunca podremos disolver por completo la tensión entre uno y otro. Alguien dijo el temor acompaña al amor como una sombra. Esta tensión otorga al amor su verdadera fuerza. Pero se trata, repetimos, de un amor que no está determinado por el miedo sino que se trata de un momento interior que es superado.  Si entendemos el temor del Señor de este modo, en verdad será el comienzo de la sabiduría: nos conducirá a una fe que despertará en nosotros el anhelo de su amor infinito. Este tipo de temor de Dios nos libera del temor a nuestros hermanos, a los demás. Ya lo dice el escritor del libro del A.T. “Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá 34,16)”, en Hebreo Ben Sirá de donde deriva el nombre de EL SIRÁCIDA que también se le suele dar a este libro: “El que teme al Señor no se intimida por nada y no se acobarda porque Dios es su esperanza”. (NOTA: Este libro sapiencial, escrito alrededor del año 180 a.C., luego tomará el nombre de Eclesiástico que significa Libro de la Asamblea porque era leído mucho en las reuniones de los fieles de la Iglesia latina). 

Ahora bien, hablando del miedo común el que hemos venido tratando en todos estos encuentros a lo largo de todo el año, recordemos que tiene su costado positivo: a veces el miedo nos puede animar a rendir al máximo. También el miedo tiene la función de mostrarnos nuestros límites. También el miedo que angustia ha llevado a muchos artistas a escribir sus mejores páginas.

Por último voy a concluir haciendo una breve síntesis: El miedo es parte esencial de nosotros, los seres humanos. La calidad de nuestro ser humano va a depender del modo en que nos relacionemos con el miedo. Reprimirlo lleva a la rigidez y consume mucha energía. El que mantiene su miedo bajo llave sentirá falta de energía para la vida. Se sentirá frecuentemente agotado. Por esta razón, el temor debe ser transformado. Entonces se convertirá en una fuente de vida, de verdad, de claridad y de atención. El camino hacia esa transformación pasa por el diálogo con el miedo y por su apertura en dirección hacia Dios. Es decir que también esta emoción negativa puede conducirnos a LA ORACION. 

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Cuando hablemos con nuestro miedo, chocaremos contra actitudes importantes y posturas erróneas. Y al dialogar con él, nos remitirá una y otra vez a lo auténtico de nuestra vida. Básicamente – tal es la convicción de la Biblia – sólo Dios puede calmar el temor. Pero la fe no debe pasar por alto las condiciones naturales de la mente. También existen miedos que la fe en Dios no puede sanar. Entonces, es necesaria la humildad para dirigirnos a los abismos y tratar de descubrir, no pocas veces con ayuda profesional, cuál es la causa del miedo y enfrentar lo que allí está delante de nosotros y tal vez no nos atrevemos a ver. El valor para observarlo y hablar de él lo obtenemos a menudo de una persona que nos guía, de un terapeuta o de un acompañante espiritual. Necesitamos personas que no tengan miedo de nuestro miedo. Delante de ellas y con ellas, podremos hablar sobre nuestros temores. El acompañante que enfrenta nuestro miedo sin miedo podrá ayudarnos a que nos relacionemos de otro modo con éste. Pero en última instancia, ninguna persona podrá quitarnos el miedo. Recién cuando lleguemos al fundamento más interno de nuestra alma, al núcleo divino, entonces se calmará, ya que allí, donde Dios vive en nosotros, el temor ya no tiene acceso. 

Debemos tener siempre presente que si nos atrevemos a hablar de nuestros miedos, perderán su fuerza. Observemos nuestros miedos y hablemos con otros acerca de ellos. El que observa sus miedos ya no estará determinado por ellos. Quien sólo lucha o confronta contra esta emoción “negativa”, provocará una fuerza antagónica tan intensa que girará continuamente en torno a él y será perseguido por él. Sin embargo, quien lo observe con cariño y entable amistad con el miedo será conducido por él hacia una vitalidad y libertad mayores, hacia una nueva profundidad de la confianza y del amor. Y, finalmente, el temor lo conducirá al fundamento último de su vida y de su amor. 

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Como hemos visto la Palabra de Dios nos muestra caminos muy humanos, caminos colmados de sabiduría, para relacionarnos con el miedo. Jesús sabía acerca de los temores de las personas. Se dirigió de tal manera a esas personas, que perdieron su miedo cuando se supieron protegidos y sostenidos por la bondad y la misericordia de Dios. La relación de Jesús con el miedo nos invita a mirar del mismo modo bondadoso y misericordioso a nuestros temores. Así se convertirán en amigos que nos acompañen, que nos señalen lo esencial y que nos protejan de las sobre-exigencias. El miedo nos acompañará hasta la muerte en que caeremos indefectiblemente en los brazos de Dios. Pero si vivimos nuestras experiencias de temor en esta vida, de la mano de Dios, cuando las entregamos en la oración y cuando vivenciamos ese amor profundo al orar o meditar contemplativamente, el miedo YA NO NOS DOMINARA. En medio de nuestros temores podremos escuchar siempre la palabra consoladora, alentadora y liberadora de Jesús que nos dice: “NO TEMAS”. Según un exegeta esta palabra aparece en la Biblia 365 veces. Esto representa un “No Temas” que nos dice Jesús para cada día de nuestra vida. Podemos ver allí la promesa de Dios de quitarnos el miedo. Es un tema diario: mirar al miedo que nos produce el autoconocimiento, el ver nuestras verdades y al mismo tiempo transformarlo con la mirada en Jesucristo. En definitiva es El quien lo transforma si yo se lo permito. Si yo le doy mi sí cuando me siento a meditar, a estar con El para que obre en mí. ¿Me decidiré a hacerlo? El me estará esperando siempre.    

 

Bibliografía: Administra tus miedos de Anselm Grün

 

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