Vamos a analizar este tema desde tres ópticas: La catequesis, la teología y la experiencia contemplativa.
-La catequesis nos dice:
- Significado: Derivado del griego parousia ("presencia", "llegada"), se refiere a la manifestación gloriosa de Cristo como Juez Supremo.
- Juicio Final: Acontece tras la resurrección de los muertos, donde se revelará la disposición de cada uno hacia Dios y el prójimo.
- Antes de la Parusía: La Iglesia atravesará una prueba final (impostura del anticristo) que sacudirá la fe de muchos.
- Doble Juicio: La doctrina católica distingue entre el [Juicio particular] (inmediatamente tras la muerte) y el [Juicio final/universal] (al final de los tiempos).
- Propósito: La venida de Cristo con poder y gloria busca consumar la redención y juzgar con justicia.
Como se explica arriba, el concepto de "los últimos tiempos" está asociado a la Segunda Venida del Señor (Parusía). Nuestra fe en el “retorno” del Señor no puede ser relativizada, reduciendo los pasajes bíblicos a relatos de carácter meramente simbólico. Desde la Iglesia primitiva, las oraciones, y después las representaciones artísticas, dan testimonio de la firme creencia en el “retorno del Señor”. A esa Segunda Venida están también asociados otros eventos escatológicos: el juicio final, la resurrección de los muertos y la nueva creación.
¿Cómo entender la “Parusía”?
En primer lugar, hay que descartar una interpretación literal de los textos que nos hablan de esos eventos del final de la historia utilizando una serie de imágenes que pueden desorientar a quienes son neófitos en hermenéutica bíblica. La Parusía no es una especie de “drama o cataclismo cósmico” que acontecerá en una determinada fecha de nuestro calendario y que sería presenciado por la “última generación”. De ahí que sea totalmente inútil pretender descifrar cuándo será la fecha de la Segunda Venida del Señor y del “fin del mundo”. En los Evangelios Jesús mismo nos dice: “El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13, 32).
Los signos que nos hablan de la Parusía no tienen un sentido cronológico sino “kairológico”, nos hacen recordar que debemos estar siempre vigilantes al kairós (momento adecuado, oportuno, “tiempo de Dios”).
El “fin del mundo” no es la destrucción del mundo sino la llegada a su plenitud (nueva creación) con la intervención de Dios.
El apóstol Pablo nos dice que la creación entera gime con dolores de parto esperando ser ella también redimida (Cf., Rm 8, 18-23). La Iglesia nos enseña que “el universo visible también está destinado a ser transformado” (Catecismo de la Iglesia, 1047). Con su Encarnación el Hijo de Dios no sólo asumió la condición humana (se hizo hombre) sino también la materia. En consecuencia: los efectos de la Redención (obrada por Jesús en la Cruz) no sólo alcanzan al hombre (como unidad corpóreo /espiritual) sino también al cosmos entero; esto exige una “nueva creación” (“cielos nuevos y tierra nueva”).
La espera cristiana en la Segunda Venida del Señor (Parusía), está asociada, como hemos mencionado, al “juicio de Dios” al final de los tiempos (“Juicio final”).
¿Cómo entender ese “Juicio de Dios”?
La Iglesia nos enseña de la existencia de un “doble juicio”: un “Juicio particular” que acontece inmediatamente después de la muerte, donde el alma inmortal recibe la retribución eterna (Cf., Catecismo de la Iglesia, 1022) y un “Juicio final” universal que acontece después de la resurrección de los muertos al final de los tiempos: “El juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar, sólo Él decidirá su advenimiento” (Catecismo de la Iglesia, 1040).
El llamado “Juicio final” no debe entenderse como una especie de “proceso sumarísimo” al que seremos sometidos al final de la historia cuando Cristo vuelva. El juicio de Dios ya se está realizando en el “aquí y ahora” con la decisiones que tomamos cada día, de las cuales tenemos que “rendir cuentas” (por nuestros faltas de fe y amor). Es en esta vida, mientras que transcurre nuestra existencia terrenal, que se decide nuestro destino eterno. El “Juicio final” pondrá en evidencia la responsabilidad de los hombres. En consecuencia: lo decisivo para nosotros es asumir nuestra responsabilidad en el presente. Al final, sólo se ratificará lo que nosotros hemos decidido o merecido, en esta vida, como destino eterno.
El juicio, en cuanto decisión, acontece en el ahora de la responsabilidad. El hombre es un ser que toma decisiones y por esa razón, se le puede pedir cuentas de sus actos, pues, es “de suyo” una realidad moral. No puede concebirse la personalidad al margen de la responsabilidad; y sólo se da auténtica responsabilidad allí donde se impone la rendición de cuentas. Ser responsable es siempre tener que dar cuenta de nuestros actos, supone obligaciones para con alguien. La idea de juicio, pues, otorga a la idea de responsabilidad su total fundamento. Solo puede haber juicio, en este sentido, porque el hombre es un ser responsable, una realidad moral; la responsabilidad está estrechamente vinculada a la libertad.
El Evangelio de san Mateo (Cf., Mt 25, 31-46), nos presenta a Jesús como el ‘Hijo del Hombre’, Pastor y Rey que viene glorioso al final de los tiempos para establecer el juicio definitivo. El juicio de Dios es siempre para salvar, llevando al Reino a su plenitud; pero esto implica un ‘auto juicio’, es decir: no es una sentencia divina lo que constituye al hombre en salvado o condenado. Lo que determina la situación definitiva del hombre es su propia actitud en esta historia humana. La Palabra de Dios constata o desvela esa situación que cada cual elige para sí con sus propios actos en esta vida. Dicho de otro modo: la salvación es siempre una obra de Dios, la condenación es obra humana. Dios no condena a nadie, cada uno se auto condena (Cf., Jn 3, 17-19); el juicio se realiza en la no acogida de su Palabra (Cf., Jn 12, 47ss).
Tenemos dos versiones del juicio de Dios: la del evangelista Juan y la de san Mateo. En el Evangelio de Juan el juicio está centrado en la fe o incredulidad; en el Evangelio de san Mateo el criterio de la discriminación se establece por la falta de amor al otro: “tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron” (Mt 25, 35ss). Hay, pues, una identificación de Cristo con el pobre, el enfermo, el desvalido, los sin techo, etc., en definitiva: con todos los excluidos de la sociedad.
Las dos versiones sobre el juicio coinciden en considerarlo como auto juicio; pero, difieren en su aspecto formal: para Juan lo decisivo es la fe o la incredulidad; para Mateo todo se concentra en el amor o desamor. La discrepancia es más aparente que real; en ambos casos el juicio es el desvelamiento de la postura asumida en la historia frente a Cristo (fe-incredulidad), y frente al prójimo, sacramento de Cristo (amor-desamor). Fe y amor se complementan; la prueba irrefutable de la autenticidad de la fe es la práctica del amor. En última instancia, el hombre debe responder ante Cristo, pero la parábola de Mt 25, 31ss nos pone de manifiesto que la causa de Cristo es la causa del hombre: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25, 45). Somos responsables ante el otro. El rechazo al otro es un rechazo a Cristo.
-La oración de quietud y silencio nos hace reflexionar en:
¿Qué Cristo va a venir? ¿El Cristo vengador que reclama perfección o el Cristo de las mujeres adúlteras, y los hombres poseídos, de la pobre hemorroísa y de los apóstoles desleales, o sea, ese Jesús históricamente auténtico que iba de un extremo a otro de Israel perdonando y sanando?
Para las personas que creemos en un Dios creador amoroso y en el Jesús que expulsa los demonios en Sábado, nos queda y cabe SIEMPRE LA ESPERANZA. SÓLO ESPERANZA. ÚNICAMENTE ESPERANZA. SANTA ESPERANZA.
La esperanza alumbra dentro de nosotros como un suave rayo de luz diurna, en la confianza de que obtendremos aquello en lo que creemos, en esa confianza en que Dios quiere lo mejor para nosotros.
Decir "creo que Jesús de nuevo vendrá con gloria" es decir que la esperanza está viva y nutre la fe en la presencia y el amor de Dios. Con esa misma esperanza vemos al Juez, pero no tememos el juicio. Esperamos el juicio, pero confiamos en el Juez, que sabe lo que hay en nuestras almas.
El Cristo en el que esperamos es el mismo que hemos conocido entre nosotros. El Dios en el que confiamos tiene el corazón de Jesús, que perdonaba a los pecadores reincidentes, que alimentaba a los hambrientos hasta que quedaran satisfechos, que tocaba a los pecadores, abrazaba a los enemigos y escuchaba a las mujeres. Este es un Dios que ve el corazón y conoce sus tendencias.
Esperanza y fe están unidas: si creo en Dios creador, entonces tengo que tener fe en que este Dios ha actuado, actúa y actuará en todo el proceso de la creación. Nadie ha nacido completo. Nadie vive en plenitud. Nadie muere completamente. Tiene que haber algo más. ¿Cómo? Quien sabe. ¿Cuándo? A quién le preocupa. Todo lo que sabemos es que no conocemos el fin de la oscura inmensidad en la que giramos, y ya esto solo nos da esperanza.
Tener esperanza no es huir a un mundo de cuento de hadas y mitos ideados para librarme de tener que aceptar mi finitud y pequeñez. Pero no me desespero. Por el contrario la seguridad de mi vida está en la pequeñez humana. Yo deposito mi confianza en el hecho de que cualquier cosa es mayor que yo, que aún hay mucho por saber, que vivo en un mundo que hace 30 años era ciencia ficción y hoy es una realidad. ¿Qué hay ahí sobre Dios que no puedo creer con garantías y en lo que no puedo depositar mis esperanzas, cuando hasta hace muy poco ni siquiera sabía que existían los quarks, o que un día sería normal hablar de un punto a otro del mundo? Todo es posible, y en cuanto a mí: Jesús es la mejor de todas las posibilidades.
Naturalmente hoy por hoy sólo tenemos signos de interrogación. Somos átomos en un universo de gigantes. Pero al mismo tiempo, estamos llenos de vida que se niega a morir, que subsiste aunque sea patéticamente débil y se las arregla para ver la condición humana como algo hasta divertido. La conclusión es muy clara, a pesar de toda la maraña de datos: si merecimos nacer, tenemos que merecer ser llevados a la plenitud, en la forma que sea, donde sea, cuando sea. De lo contrario, toda la obra de Jesús habrá sido inútil y toda la creación no tendría razón de ser. Y todos nosotros existiríamos en vano. Pero no hay nadie en el mundo que realmente crea que la creación carece de finalidad. ¿Por qué? Pues porque todo lo que hacemos los seres humanos en los momentos infinitamente pequeños de la vida tiene una dirección. Nos habla de intención, late con sentido eterno. ¿Podemos esperar menos de Dios?
La esperanza tiene que ver con esa convicción de que no nos desintegraremos en la nada porque DIOS LO ES TODO. La vida es más que lo que vemos. Así no desesperamos ante la vista de la muerte, porque cuerpo y espíritu son uno. A quienes dicen que la carne es perversa, el Credo les dice: "creo que Jesús, que se disolvió en Dios, de nuevo vendrá con gloria" para celebrar nuestra propia unión en Dios. La esperanza humana se alza ante la derrota y dice: "Dios es; entonces yo soy".
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