¡Qué osadía pretender hablar del Espíritu Santo en un espacio tan limitado como éste!
Se pueden decir tantas cosas. Acudir a tantos libros. Y aún así, nos quedaríamos cortos.
Creo que, lamentablemente, las distintas confesiones religiosas han cargado sobre Él demasiados atributos que muy pocos han llegado a experimentar.
Ser cristiano no es un ejercicio de catequesis, es un proceso de aprendizaje que nos llevará toda la vida: es el encuentro de las circunstancias por las que atravesamos, con el Espíritu Santo que vive dentro de nosotros.
Las preguntas no dejan de surgir: ¿Qué se exige exactamente del individuo en situaciones en que la voz interior es clara, pero el mundo a nuestro alrededor no está preparado aún para oírla, o lo que es peor, cuando ni siquiera la Iglesia está preparada para escuchar?
El Espíritu Santo, presencia vigorizadora de Dios en medio de nosotros, fuerza vital que nos lleva más allá de nosotros mismos, que nos susurra que busquemos dentro, que vivifica la vida y clama insistentemente, incluso en medio del caos, incluso al borde de la desesperación, llamándonos a SER MÁS DE LO QUE SOMOS.
La vida no empieza y termina con nosotros . Hay más de lo que sabemos; hay una "carga eléctrica" que anima el mundo en todos los niveles y sobre todo interiormente. El Espíritu Santo lo llena todo de vida, nos introduce en el misterio que es Dios, nos recuerda el modelo que es Jesús, NOS LLEVA A LA PLENITUD DE NOSOTROS MISMOS. El Espíritu Santo es la gran fuerza que eleva y nos llama desde cualquier lugar a todos los lugares. Es esa fuerza que nos mantiene en movimiento a través de los agujeros negros de la vida, en la certeza de que al otro lado de esos agujeros, hay luz, esa luz que nos espera y desea. El Espíritu de Dios no nos abandona. No puede abandonarnos.
Lo que yo creo realmente es que el Espíritu Santo, que la Escritura define como energía divina, fuerza vital, sigue agitando las aguas alrededor nuestro de la misma manera que se cernía sobre las aguas en el acto de la creación. A veces nos cuesta creer que alguien realmente crea en el Espíritu Santo. Lo que yo creo realmente es que el Espíritu Santo es la presencia de Dios más activa pero menos venerada en la Iglesia.
Del Espíritu Santo se habla mucho, pero en realidad se le respeta poco. El Espíritu Santo de Dios impregna el mundo y vive en cada uno de nosotros como una llamada constante a la cristianización del universo. Cada uno de nosotros es dotado e instruido en beneficio de la creación del mundo, que está en marcha. Por consiguiente, lo que es difícil de creer no es que Dios impregna el mundo con una presencia que nos faculta a todos, sino que lo difícil es creer que la Iglesia cree de verdad que el Espíritu de Dios realmente infunde, dota y está encarnado en el corazón humano, en cada uno de nosotros.
Cuando cambió la comprensión humana del cosmos y empezó a verse la creación como una evolución, aún tuvieron que pasar años, incluso siglos, para que la Iglesia aceptara el hecho de que el Espíritu Santo hablaba en lenguajes no teológicos.
Los documentos decían que Jesús nació de una mujer por obra del Espíritu Santo, y entonces procedieron a ignorar totalmente a las mujeres en los planes de la Iglesia. Cuando finalmente, después de siglos de negativas, el mundo empezó a comprender que el cerebro femenino presentaba la misma composición que el cerebro masculino, que en ellas también estaba la otra mitad de la fuerza de la vida, que una niña podía correr tan rápido como un niño, que las mujeres podían dirigir, insistió, no obstante, en que las mujeres tenían una "naturaleza especial" y una función más biológica que espiritual.
La Iglesia enseñaba que el Espíritu Santo de Dios se cernía sobre las aguas en el proceso de la creación dando carismas, dones A TODA LA COMUNIDAD - hijos e hijas - como anunció el profeta Joel y predicó el apóstol Pablo. Evidentemente, el Espíritu Santo hablaba tanto a través de mujeres como a través de los hombres; pero ¿con qué fin? A pesar del Espíritu, el carisma y la creación, la comunidad cristiana se transformó a tal punto en un sistema clerical que los dones de los laicos fueron excluidos para siempre de los sínodos y de las aulas conciliares, de los dicasterios y de los estudios sagrados. El Espíritu Santo habla la lengua laica y la lengua clerical, pero nadie quiere escuchar el lenguaje de los laicos. Como resultado de ello, Pentecostés es la solemnidad que nunca llega de veras, y la Confirmación es el sacramento que no cuenta en la práctica.
Se nos dice que el Espíritu Santo es el espíritu de la Sabiduría, de la femenina Sophia, en la Iglesia. Razonamos teológicamente y decimos que cada uno de nosotros tiene una porción de esta Sabiduría, que el Espíritu trabaja en nosotros para construir el Pueblo de Dios, el Reino de Dios, la Asamblea de Dios en la tierra. En todas partes, en todas las naciones, en todos los pueblos hay signos de la nueva manera de entender y vivir la relación humana con Dios. El Espíritu Santo habló a través de parejas casadas y profesionales acerca de temas como el control de la natalidad. También habló a través de mujeres - y otros eminentes teólogos, sociedades teológicas y varones estudiosos de las Escrituras - sobre el papel de la mujer en la Iglesia... pero nadie escucha. El Espíritu Santo en personas de buena voluntad es una voz que clama en el desierto, una voz rechazada, ignorada y vilipendiada.
Hace cuatrocientos años el Espíritu Santo habló a través de Martín Lutero y todos los reformadores, sobre el tráfico de reliquias/indulgencias y el clericalismo. Pero se tuvieron que convocar tres concilios, cientos de años después, para que la Iglesia reconociera la legitimidad de sus objeciones. El Espíritu Santo está teniendo un grave problema.
Dios el Creador y Jesús el Camino, mueven a la humanidad mediante los dictados y la presencia del Espíritu Santo de Dios que nos creó y vive entre nosotros y está todavía en nosotros. Ese Espíritu Santo encarna la fuerza vital del universo, el poder de Dios, la energía que anima y está presente en todas las cosas. La fuerza de la vida que hay alrededor nuestro demuestra que, gracias al Espíritu, Jesús no se fue y Dios no está distante. El Espíritu es el impulso constante a la vida en nosotros, impulso que conduce la vida a su fin ultimo.
El Espíritu Santo nos lleva a nuevos niveles de comprensión, a nuevos tipos de testimonio, a nuevas dimensiones de la vida que se necesitan aquí y ahora. Lo estático muere bajo el impulso de un Dios creador. No vivimos en el pasado. No somos mendigos ciegos que seguimos, cada uno por su cuenta, nuestros caminos para llegar a Dios. En cada uno de nosotros hay un imán, un don para Dios, que repele lo falso y nos impulsa a lo bueno. Los dones que se nos han concedido se adaptan unos a otros y otorgan fortaleza y seguridad.
Estamos todos juntos, por así decirlo, en el camino más esperanzador y conocido, más claramente asombroso; y todos somos por igual adultos, miembros de pleno derecho y responsables de la Iglesia. POR CONSIGUIENTE NINGUNA DIMENSIÓN DE LA IGLESIA TIENE EL MONOPOLIO DE LA ILUMINACIÓN, DE LA GRACIA, DE LOS DICTADOS DE DIOS EN ESTE LUGAR Y EN ESTE TIEMPO. EL ESPÍRITU DE DIOS ES IMPREDECIBLE, PUES ALIENTA DONDE QUIERE, SE MUEVE COMO LE PLACE Y SE POSA POR IGUAL EN MUJERES Y EN HOMBRES.
(Yo viví en carne propia la discriminación y la exclusión en la Iglesia. Siendo yo coordinadora de un grupo hermoso de oración contemplativa en la Catedral de Quilmes, Provincia de Buenos Aires, Argentina, caminábamos desde hacía 4 años y bajo la anuencia del Párroco, a la luz del Espíritu Santo y de las enseñanzas de la Iglesia. Para no aburrir con esta historia , sucedió que cuando fue designado un nuevo párroco comenzaron las persecuciones y trabajos de "espionaje" para con nuestra gente y mi persona. El cura "infiltró" personas que le llevaban chismes de todo tipo y color, movidos por la envidia hacia un grupo numeroso y entusiasta de gente que se reunía a meditar. La sola palabra meditación les generaba urticaria. En lugar de profundizar en las enseñanzas de los Padres y Madres del Desierto, se dedicaron a hacernos la vida imposible. Yo denuncié en Facebook lo que estaba pasando y por consiguiente ardió Troya. El grupo fue desarticulado. Yo fui defenestrada en mi reputación y todo el trabajo de 4 años fue tirado a la basura. Sin embargo, el Espíritu Santo, y esto es lo que me consuela, seguirá haciendo su obra en cada uno de nosotros, incluso en los verdugos. Pero, lo que me afectó muchísimo fue el grado de ignorancia y cerrazón de ciertos clérigos de nuestra amada y bendita Iglesia.)
Continuemos ...
La tradición dice que el Espíritu Santo está con la Iglesia para guiarla. Pero, en ese caso, nosotros como institución y como personas tenemos que estar abiertos a esa guía, VENGA DE QUIEN VENGA. INCLUSO CUANDO VIENE DE LA CIENCIA, DE LOS LAICOS O DE LAS MUJERES. A menos, claro está, que queramos afirmar que la Iglesia pertenece exclusivamente a los clérigos, en cuyo caso de debilita y se extingue la teología del Espíritu Santo, del que dependen la autenticidad y la inspiración actual de la Iglesia. Sólo de pensarlo se nos encoge el alma.
Al Espíritu se le llama Sophia, o sea, "Santa Sabiduría", y por eso se alude a ella en femenino. En las Escrituras el Espíritu se llama Ruah, palabra igualmente de género femenino que describe el aspecto femenino de la divinidad, el aliento de Dios, el poderoso soplo que se cernía sobre las aguas vacías cuando, dentro del proceso de la creación, surgió la vida. Todas ellas son imágenes femeninas de un Dios Padre y Madre que da a luz y cría, que espera el parto, rompe aguas y alumbra la vida. Pero cuando la sabiduría se define a sí misma y se manifiesta, lo hace siempre mediante un mensaje masculino en el que no aparece ninguna mujer. Y así la Sabiduría renguea.
Este Espíritu, esta Sabiduría viva que es Dios, nos eleva por encima de nosotros mismos, nos permite oír la voz del Creador a nuestro alrededor y, en nuestro interior, aparece con suave fuerza o con terrible toma de conciencia. El Espíritu nos aguijonea, nos prueba, hace que la vida que hay en nosotros alcance la plenitud creativa. El Espíritu es Dios con nosotros, en nosotros, alrededor de nosotros, el que nos infunde el soplo de vida. Sin embargo al Dios sin género se le asigna un género y en la Iglesia se niega la plenitud de Dios, la plenitud de la vida. La Iglesia queda en la mitad de lo que es y el Espíritu deja de alentar en más de la mitad de ella.
Es verdad que hemos nacido cristianos pero nos pasamos la vida aprendiendo lo que esto significa. Recibimos el sacramento de la Confirmación y nos comprometemos a defender la fe, pero tardamos en aprender que la fe implica un proceso de crecimiento. Cada paso requiere valor, apertura al Espíritu. No tenemos ningún problema en creer que Dios nos creó y que Jesús nos guía; pero cuando realmente creemos que el Espíritu está en cada uno de nosotros mostrándonos, como Iglesia, el camino, ahí se necesita CORAJE y se requiere fe. EL ESPÍRITU ES MÁS GRANDE QUE LA INSTITUCIÓN. EL ESPÍRITU VIVE EN NOSOTROS, NOS GUÍA Y PIDE UNA RESPUESTA DE TODOS Y CADA UNO DE NOSOTROS EN ARAS DE LA CREACIÓN, EN ARAS DE LA IGLESIA.
Cuando decimos "Creo en el Espíritu Santo" decimos una oración que aún falta completar. La Confirmación es un sacramento que todavía se encuentra en proceso de realización y aún corre el peligro de verse malogrado al menos para la mitad de la humanidad y para la mayoría de los laicos. Para ello es preciso PONER EN PRÁCTICA LAS ENSEÑANZAS DE ESA MISMA IGLESIA A LA QUE AÚN LE CUESTA ENTENDER: LA VOLUNTAD SALVÍFICA UNIVERSAL DE DIOS (1 Tim 2, 4).
Los invito a leer los documentos conciliares LUMEN GENTIUM y GAUDIUM ET SPES a los que se debería prestar más atención .
Roguemos al Señor que todo lo puede, envíe su Espíritu al Clero, pero sobre todo roguemos que el noventa por ciento del Clero le abra las puertas. Amén.
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