martes, 19 de marzo de 2019
Quietud y silencio: Cuaresma: sanar el sistema del "falso yo"
Quietud y silencio: Cuaresma: sanar el sistema del "falso yo": Cuaresma: sanar el sistema del “falso yo” “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en...
domingo, 10 de marzo de 2019
ACERCA DE LA CONTEMPLACION
Caminar hacia ese “centro del hombre y del mundo” donde reside la
llamada salvadora de Dios, es caminar hacia la soledad en la
solidaridad, hacia el desierto que contiene aguas que saltan hasta la
vida eterna. Es también caminar hacia la libertad.
La
contemplación no llega a la realidad después de un proceso de deducción,
sino por un despertar intuitivo en el que nuestra realidad libre y
personal se hace plenamente consciente de su profundidad existencial, que se abre al misterio de Dios.
Solo quien sabe, o puede, librarse de las ilusiones es capas de
encontrar la contemplación (y no solo aquel que huye de la sociedad y
del ruido).
Hay muchas ilusiones de las que debemos librarnos: ilusiones sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre la gente, sobre las realidades creadas. Pero especialmente es necesario librarse de la ilusión de poder llevar una existencia separada de Dios, de la trascendencia y de la realidad espiritual que envuelve el mundo.
Publicado por Gabriel de Santa Maria
Hay muchas ilusiones de las que debemos librarnos: ilusiones sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre la gente, sobre las realidades creadas. Pero especialmente es necesario librarse de la ilusión de poder llevar una existencia separada de Dios, de la trascendencia y de la realidad espiritual que envuelve el mundo.
Publicado por Gabriel de Santa Maria
MEDITAR
DIOS ES EL SILENCIO DEL CUAL PROCEDEN TODOS LOS SONIDOS
Pablo d’Ors
Para fortalecer mi convicción y apuntalar mi voluntad, me centré en lo que estimé que era más determinante: el silencio. Me refiero tanto a lo que hay en el silencio como al silencio mismo, que es una auténtica revelación. Debo advertir desde ahora, sin embargo, que el silencio, al menos tal y como yo lo he vivido, no tiene nada de particular.
El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo «nada», pero muy bien podría también decir «todo».
Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse. La clave de casi todo está en la magnanimidad del desprendimiento. El amor, el arte y la meditación, al menos esas tres cosas, funcionan así. Cuando digo que conviene estar sueltos o desprendidos me refiero a la importancia de confiar.
Cuanta más confianza tenga un ser humano en otro, mejor podrá amarle; cuanto más se entregue el creador a su obra, está más le corresponderá. El amor –como el arte o la meditación– es pura y llanamente confianza. Y práctica, claro, porque también la confianza se ejercita.
La meditación es una disciplina para acrecentar la confianza. Uno se sienta y ¿qué hace? Confía. La meditación es una práctica de la espera. Pero ¿qué se espera realmente? Nada y todo. Si se esperara algo concreto, esa espera no tendría valor, pues estaría alentada por el deseo de algo de lo que se carece. Por ser no utilitaria o gratuita, esa espera o confianza se convierte en algo neta y genuinamente espiritual.
Todos tenemos la experiencia de lo aburridas e incómodas que suelen ser las esperas. Como arte de la espera que es, la meditación suele ser bastante aburrida. ¡Pues qué fe tan grande hay que tener entonces para sentarse en silencio y quietud! Exacto: todo es cuestión de fe. Si tienes fe en sentarte a meditar, tanta más fe tendrás cuanto más te sientes con este fin. De modo que podría decir que yo medito para tener fe en la meditación. Al estar aparentemente inactivo, cuando estoy sentado comprendo mejor que el mundo no depende de mí, y que las cosas son como son con independencia de mi intervención. Ver esto es muy sano: coloca al ser humano en una posición más humilde, le descentra, le ofrece un espejo a su medida....
Hoy sé que conviene dejar de tener experiencias, sean del género que sean, y limitarse a vivir: dejar que la vida se exprese tal cual es, y no llenarla con los artificios de nuestros viajes o lecturas, relaciones o pasiones, espectáculos, entretenimientos, búsquedas…
Todas nuestras experiencias suelen competir con la vida y logran, casi siempre, desplazarla e incluso anularla. La verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar…: todo eso es casi siempre mejor que su contrario para el descubrimiento de la luz y de la paz...
Para convertirme en alguien que medita, aparte de sentarme a diario uno, dos o tres periodos de unos veinte o veinticinco minutos, no tuve que hacer nada en especial. Todo consistía en ser lo que había sido hasta entonces, pero conscientemente, atentamente. Todo mi esfuerzo debía limitarse a controlar las idas y venidas de la mente, poner la imaginación a mi servicio y dejar de estar yo –como un esclavo– al suyo. Porque si somos señores de nuestras potencias, ¿por qué hemos de comportarnos entonces como siervos?
La atención me fue conduciendo al asombro. En realidad, tanto más crecemos como personas cuanto más nos dejemos asombrar por lo que sucede, es decir, cuanto más niños somos. La meditación –y eso me gusta– ayuda a recuperar la niñez perdida.
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Pablo d’Ors
Para fortalecer mi convicción y apuntalar mi voluntad, me centré en lo que estimé que era más determinante: el silencio. Me refiero tanto a lo que hay en el silencio como al silencio mismo, que es una auténtica revelación. Debo advertir desde ahora, sin embargo, que el silencio, al menos tal y como yo lo he vivido, no tiene nada de particular.
El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo «nada», pero muy bien podría también decir «todo».
Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse. La clave de casi todo está en la magnanimidad del desprendimiento. El amor, el arte y la meditación, al menos esas tres cosas, funcionan así. Cuando digo que conviene estar sueltos o desprendidos me refiero a la importancia de confiar.
Cuanta más confianza tenga un ser humano en otro, mejor podrá amarle; cuanto más se entregue el creador a su obra, está más le corresponderá. El amor –como el arte o la meditación– es pura y llanamente confianza. Y práctica, claro, porque también la confianza se ejercita.
La meditación es una disciplina para acrecentar la confianza. Uno se sienta y ¿qué hace? Confía. La meditación es una práctica de la espera. Pero ¿qué se espera realmente? Nada y todo. Si se esperara algo concreto, esa espera no tendría valor, pues estaría alentada por el deseo de algo de lo que se carece. Por ser no utilitaria o gratuita, esa espera o confianza se convierte en algo neta y genuinamente espiritual.
Todos tenemos la experiencia de lo aburridas e incómodas que suelen ser las esperas. Como arte de la espera que es, la meditación suele ser bastante aburrida. ¡Pues qué fe tan grande hay que tener entonces para sentarse en silencio y quietud! Exacto: todo es cuestión de fe. Si tienes fe en sentarte a meditar, tanta más fe tendrás cuanto más te sientes con este fin. De modo que podría decir que yo medito para tener fe en la meditación. Al estar aparentemente inactivo, cuando estoy sentado comprendo mejor que el mundo no depende de mí, y que las cosas son como son con independencia de mi intervención. Ver esto es muy sano: coloca al ser humano en una posición más humilde, le descentra, le ofrece un espejo a su medida....
Hoy sé que conviene dejar de tener experiencias, sean del género que sean, y limitarse a vivir: dejar que la vida se exprese tal cual es, y no llenarla con los artificios de nuestros viajes o lecturas, relaciones o pasiones, espectáculos, entretenimientos, búsquedas…
Todas nuestras experiencias suelen competir con la vida y logran, casi siempre, desplazarla e incluso anularla. La verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar…: todo eso es casi siempre mejor que su contrario para el descubrimiento de la luz y de la paz...
Para convertirme en alguien que medita, aparte de sentarme a diario uno, dos o tres periodos de unos veinte o veinticinco minutos, no tuve que hacer nada en especial. Todo consistía en ser lo que había sido hasta entonces, pero conscientemente, atentamente. Todo mi esfuerzo debía limitarse a controlar las idas y venidas de la mente, poner la imaginación a mi servicio y dejar de estar yo –como un esclavo– al suyo. Porque si somos señores de nuestras potencias, ¿por qué hemos de comportarnos entonces como siervos?
La atención me fue conduciendo al asombro. En realidad, tanto más crecemos como personas cuanto más nos dejemos asombrar por lo que sucede, es decir, cuanto más niños somos. La meditación –y eso me gusta– ayuda a recuperar la niñez perdida.
miércoles, 27 de febrero de 2019
sábado, 16 de febrero de 2019
LA MEJOR ORACION
Si tu corazón se deja llenar con la verdad del Espíritu Santo, si tu
oración une tu alma y corazón, entonces no es necesario que repitas más
oraciones, solamente, “¡Señor, no me
dejes!” o “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!”,
que es la oración más poderosa. El nombre de Jesús es dulce al ser
pronunciado, alejando demonios y atrayendo ángeles, mientras que brinda
mansedumbre al corazón y a la mente. Si no has llegado a ello, sigue la
regla que aparece en tu libro de oraciones, porque llamando el Nombre de
Dios, estás llamando a Cristo, a la Madre del Señor, al Espíritu Santo,
a la Santísima Trinidad, a Dios Padre, a los Santos, a todos los
Mártires, mientras en tu corazón entra en una suerte de armonía interior
con todos esos santos.
Algunas veces entro a la iglesia, cuando ésta se halla vacía. Todo allí
es silencio, sosiego. Pero una vez atravieso el portal, tengo la
impresión que todos los Santos están frente a mí, viéndome. No me siento
solo. Me siento rodeado de muchísimas fuerzas espirituales.
sábado, 2 de febrero de 2019
EXPERIENCIA CRISTIANA
Dios es trascendente pero también personal, estableciendo la posibilidad
de una profunda relación de amor entre él y la criatura humana. Los
místicos de las religiones expresan con un lenguaje atrevido su
experiencia de la unión con Dios. Así lo proclaman, aun cuando viven en
tensión la infinita distancia que existe entre Dios y su creación, pues
comparten el amor divino. Trascendencia e inmanencia son los dos
extremos de la experiencia cristiana.
Si el ser humano está hecho a imagen de Dios será natural, pues, desear a
Dios como su verdadero fin. Así, cuando la voluntad del ser humano
coincide con la de Dios, este comparte el propio amor de la Divinidad,
desea lo que Dios desea y le devuelve el amor que Dios le ha dado para
que habite dentro de él. No hay diferencia de clase entre el amor que la
persona siente por Dios y el de Dios por la persona porque las
voluntades se unen en el amor compartido del Espíritu Santo. Por tanto,
el amor experimentado por la persona debe ser el Amor más pleno y
perfecto, el verdadero amor de Dios.
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