martes, 2 de marzo de 2021
QUIEN SE CONOCE A SÍ MISMO, CONOCE A SU SEÑOR - Fernando Mora
sábado, 13 de febrero de 2021
El silencio como pureza
sábado, 2 de enero de 2021
El error del Mr. Wonderfulismo

Parece que está de moda ser positivos y fuertes, ante cualquier circunstancia de la vida, por muy destructiva que esta sea. Es más, hasta los periódicos se atrevieron a decirnos, hace meses, que #salimosmásfuertes de la primera ola de la pandemia que vamos atravesando. Parecían invitarnos a olvidar rápidamente lo vivido, sugestionados por esas palabras, sin tener en cuenta nuestro estado real, recién salidos de una gran catástrofe colectiva. Se declaraba que ya estábamos más fuertes.
Se nos vende frecuentemente que la fortaleza, la sonrisa y la alegría tienen que estar siempre en nuestros rostros, pase lo que pase. Y, para colmo, afirmaciones como el #salimosmásfuertes lo que han puesto de manifiesto ha sido una tremenda falta de empatía hacia todos los que aún estaban sufriendo o que estaban debilitados por lo acontecido. Quizás interesaba decirlo así, para que molestáramos lo menos posible desde nuestras limitaciones o fragilidades. Quién sabe… Quizás ha sido un intento fallido de subirnos el ánimo, a modo de afirmación fácil de libro de autoayuda barata.
La cuestión que parece preciso poner delante, ante las circunstancias planteadas, es: ¿realmente tenemos que ser siempre positivos? ¿También ante la situación de pandemia mundial que estamos viviendo? ¿Es preciso tener siempre una actitud positiva, pase lo que pase? ¿Es obligatorio mostrar siempre nuestra mejor versión? ¿Ante cualquier dificultad hemos de ser fuertes, o bien, hay que salir fortalecidos? ¿Realmente salimos más fuertes de la primera ola de COVID-19? Está claro que no y no, a todas las preguntas planteadas.
Pues, si encima de haber vivido una situación catastrófica y devastadora para tantos, ahora nos corresponde salir adelante con una amplia sonrisa en plan señores Mr. Wonderful (como diría el psicólogo Victor Amat), estaríamos sometiendo a quien no lo consiga a una gran injusticia. Sería como decirle que sonría y que sea fuerte a una persona que acaba de vivir la muerte de un familiar o que está gravemente enferma. ¿No sería más humano darle un espacio para desahogarse y llorar? No dar ese espacio sería tremendamente insensible y carente de empatía.
Me temo que esta presión por que no mostremos la vulnerabilidad es una forma de acallarnos para que seamos menos molestos. Si no nos quejamos, no «molestamos» a los que no quieren enfrentarse al lado difícil de la vida, o a su propia vulnerabilidad. Se inculca que debemos tener la mejor imagen, a toda costa, en mitad de las peores circunstancias, como los actores de esas películas que salen totalmente repeinados del agua después de sufrir un naufragio. Y no, ¡hay que negarse a esto! No nos dejemos chantajear por tanta imposición narcisista que trata de llevarnos a vender nuestra imagen estupenda siempre, pues esta es una manera de que vivamos sometidos a la voluntad de quienes nos quieren callados y alienados. Es una buena estrategia para no dejarnos evolucionar, madurar, aprender, crecer. Pues, paradójicamente, atravesar conscientemente nuestra propia vulnerabilidad es parte de lo que puede fortalecernos.
Quizás estemos en un momento en el que sea posible ir saliendo de la burbuja egocéntrica y narcisista en la que a veces vivimos. Una burbuja que nos dice cómo tenemos que ser: guapos, fuertes, invulnerables, exitosos, siempre sonrientes (incluso en mitad de una tempestad). Esa burbuja supone un tremendo engaño acerca de nuestra realidad, lo que, a su vez, nos maltrata profundamente. Es como si a un niño, cuando se acaba de caer por las escaleras, se le exigiera que se cayera sin herirse, mancharse, ni despeinarse y ¡obviamente, sin quejarse! ¡Qué barbaridad!
Algunos dolores demasiados profundos. | Ilustración de FromTheTree¿Para qué tenemos que mostrar una absoluta fortaleza, que ni tenemos, ni es necesaria? ¿Por qué hacer caso a los vendedores de felicidades postizas? ¿Por qué ceder ante un chantaje en el que se nos dice que seremos mejor valorados si siempre somos positivos, amables y sonrientes? ¿No nos damos cuenta de que más bien es un «otro», que afirma esto, quien no quiere molestarse en acogernos o escucharnos si sufrimos? Se nos quiere activos y productivos, que no enfermemos, que funcionemos sin perturbar la supuesta paz de los otros. Que no seamos molestos, ni cansinos… nos dirán. Pero, si esos otros que exigen tanta fortaleza realmente la tuvieran ellos mismos, y dispusieran de suficiente paz interior, no se verían alterados por la vulnerabilidad o el malestar ajenos. Lo afrontarían con normalidad y empatía. Sabrían que forma parte de cualquier proceso de maduración personal el afrontar las dificultades asumiendo lo que somos realmente, humanos.
Lo que muchas veces no se sabe es que el no permitirnos expresar nuestra fragilidad es algo que puede aumentarla. Si no tenemos un espacio para llorar las pérdidas, desahogarnos ante las desgracias, pedir la ayuda de alguien que nos acoja y sostenga ante las situaciones difíciles, lo que sí nos pasará es que acabaremos enfermando, física o mentalmente. La acumulación de tensiones, en el intento de mantener una máscara impoluta para que nos acepten, es más bien un factor que nos predispone a rompernos y a sufrir más, pues aumenta tremendamente el estrés que nos afecta. Un estrés que, cuando se acumula o es intenso, acaba dañando nuestros cuerpos y nuestras mentes. Por lo tanto, el permitirnos sentir el dolor y expresarlo es algo que termina aumentando nuestra fortaleza, pues nos da la opción de realmente aprender de él y de recuperarnos de lo que nos haya pasado. Querer ser fuertes, antes de atravesar y asimilar un proceso doloroso, es como pretender caminar con normalidad después de una fractura de fémur; acabaremos teniendo más problemas.
Realmente nos volvemos más fuertes cuando acogemos el dolor, lo comprendemos, lo compartimos y entendemos que forma parte de la realidad de toda vida humana. No es necesario sonreír siempre, si queremos realmente salir más fuertes. Necesitamos llorar, expresar el dolor, derrumbarnos ante las dificultades, para descansar, liberarnos de lo que duele y poder seguir caminando. Mantenernos al modo happy flower solamente nos convierte en estúpidos ingenuos o en narcisistas.
Un mundo sin lágrimas
Imaginemos, por un momento, un mundo en el que solo se admite la sonrisa, el optimismo, la buena inteligencia emocional, la simpatía y el buenrollismo. Imaginemos un mundo en el que llorar, despotricar o quejarse está mal visto. ¿Qué tal os sienta eso? ¿Qué pasaría si un día sois víctimas de una terrible injusticia, o simplemente hay un contratiempo cualquiera y no os podéis expresar? Al final os sentiríais mucho peor.
El extremo opuesto a ese estado happy flower es el de la negatividad extrema, que lleva a un bucle de autodestrucción y a un mayor sufrimiento. El de la negatividad que no busca salidas y que se recrea en un victimismo interminable. Sería otra ficción de protagonismo trágico, que no llevaría más que a aumentar el sufrimiento de quien así vive las cosas y de quienes lo rodean. No hay que confundir esta actitud con la expresión normal del sufrimiento. Las emociones que llamamos negativas son normales, e incluso son buenas para asimilar lo que nos duele. Pero, alimentarlas excesivamente, finalmente nos hace sufrir mucho más. Es como estar hurgando repetidamente en una herida, porque duele. Se trataría de escucharla, normalizarla, expresarla y, finalmente, buscar el aprendizaje y la salida, al ritmo que nos sea posible y hasta donde nos sea posible. Pidiendo ayuda, si ya no sabemos hacer más por superar lo que nos pasa.
A modo de conclusión, podríamos plantearnos que el equilibrio y la
salud estarían en aceptar la realidad, tal y como es, sin imposiciones
de imágenes fulgurantes y exitosas y sin derrotismos victimistas, para
simplemente ser como somos y seguir avanzando en la vida hacia la luz de lo que nos estimula y provoca, acompañados y ayudados por quienes realmente adopten posturas solidarias y humanas.
Además, si acogemos, comprendemos y superamos adecuadamente nuestras
dificultades, algún día podremos acompañar nosotros, con naturalidad, a
quienes sufren, sin culpabilizarlos de sus heridas y de sus
fragilidades, favoreciendo también que así lleguen a una auténtica
fortaleza, tras la recuperación de lo que les daña.
lunes, 7 de diciembre de 2020
Espiritualidad vs Ego
Es importante comprender que el propósito principal de cualquier práctica espiritual es escapar de la burocracia del ego; esto significa salir del deseo constante que tiene el ego de alcanzar versiones mas elevadas de conocimiento, religiosidad, virtud, buen juicio, comodidad o cualquier otro objetivo que se haya fijado el ego como meta de su búsqueda.
jueves, 26 de noviembre de 2020
¿Místicos en el siglo XXI? Una visión desde la psicología y la psiquiatría - Ponencia de la Dra. Maribel Rodríguez
Cuando hablamos de experiencias místicas, muchos piensan en gente excepcional, que ha tenido vivencias extraordinarias e incluso mágicas. Otros piensan que la mística solo les ocurre a personas muy religiosas, porque la acaban provocando ellas mismas con sus creencias. También hay quién llega a pensar que cualquier experiencia llamada mística es, en realidad, una experiencia de locura o el producto de consumir drogas alucinógenas. Al menos así ocurre con frecuencia en el ámbito científico, o incluso en algunos entornos religiosos, en los que hablar de mística puede suponer ser mirado con desconfianza. Sin embargo, queremos mostrar un planteamiento diferente, desde la consideración de que las experiencias místicas son experiencias que regeneran, estimulan y aportan luz y salud a la vida de quienes las experimentan. Experiencias que, curiosamente, también se dan hoy en día, fuera de entornos religiosos. En algunos casos, estas experiencias de la mística fuera de las religiones, lleva a las personas a procesos de conversión religiosa, o al menos a tener una mirada más profunda de la vida. Para tratar de poner orden y claridad en estas cuestiones se partirá de la descripción de diversos fenómenos actuales que podríamos considerar relacionados con la mística, estableciendo las diferencias entre ellos y la locura, la sugestión, la vanidad narcisista, o la neurosis, que pueden llevar a experiencias que podríamos llamar como “pseudomísticas”, cuyas consecuencias, contrariamente a las experiencias místicas, son oscuras, destructivas y dañinas.

viernes, 20 de noviembre de 2020
CUIDADO CON EL FALSO YOGA O YOGUISMO
Ramiro Calle: «El yoga no es culto al cuerpo ni al ego, eso se llama yoguismo»
El pionero en enseñanza del yoga en España hace en su último libro «El milagro del yoga» una crítica a los pseudo-yogas modernos.
Con una experiencia de más de sesenta años en la práctica y el estudio del yoga, Ramiro Calle sintetiza las distintas tradiciones del yoga para invitarnos a recuperar las enseñanzas espirituales más profundas de la India. Desde Patañjali o la filosofía Samkhya a los yogas tántricos o shivaístas, hasta el hatha, el kundalini o el mantra-yoga, pasando por «las dudosas técnicas deportivas que se venden hoy como yoga» en algunos centros o gimnasios, este pionero en la enseñanza del yoga invita en su últoma obra, «El milagro del yoga», a separar «el grano de la paja» en el conocimiento de este método de mejora y autoconocimiento llamado yoga.
¿Qué es lo que «no» es el yoga, aunque creamos que sí?
Yo contestaría con otra pregunta: «¿Por qué le llaman yoga a lo que no es yoga y a veces a lo que es yoga no le llaman yoga?»
El yoga no es deporte, no es una gimnasia exótica, no es calistenia, no es un culto, no es una religión, no es un dogma. Es algo muy diferente, pero lamentablemente como se mueven muchísimos millones de euros y de dólares en el mundo del yoga cada día hay más charlatanes y más embaucadores que prostituyen el yoga. Pero en realidad no es algo nuevo porque ya desde los años treinta se está mercantilizando.
Lo más curioso de esto y lo más paradójico también es que fueron los primeros mentores hindúes que llegaron a América los que empezaron a prostituir el yoga. Siempre digo que el llamado «ministerio del yoga» que dicen que hay en la India tenía que pedir perdón porque los primeros traidores al verdadero espíritu del yoga fueron algunos mentores hindúes que lo mercantilizaron y lo presentaron como una especie de pseudoyoga o yoga totalmente degenerado con objeto de conseguir beneficios. Pero eso no es yoga en absoluto.
Aún persisten creencias equivocadas en torno a esta práctica, ¿cuál sería la más preocupante?
Siempre hago una diferencia entre yoga y yoguismo. Llamo yoga al «yoga verdadero», que es un método de evolución, de autorrealización, que implica poner todos los medios para que una persona se humanice y se realice. Y llamo yoguismo a este culto al cuerpo, a ese «jactarse» que lleva a intentar mostrar a los demás quién es el más flexible y quién hace la mejor postura. Pero esto en realidad se ha convertido en acrobacia circense y en postureo. Podemos ver, por ejemplo, el postureo de muchas actrices que no saben nada de yoga o el postureo de practicantes de pseudoyoga.
Lo más peligroso es que se traiciona la verdadera esencia del yoga. Para distinguirlos puede servir el ejemplo de la joyería y la bisutería. Está muy bien que haya bisutería, pero lo que no podemos decir es que la bisutería sea joyería y tampoco podemos decir que el juego de damas sea el juego de ajedrez porque son dos cosas diferentes.
Por otro lado, estos yogas agresivos, gimnásticos y circenses producen una enorme cantidad de lesiones.
Además, ha surgido también un yoga pseudo místico basado en el «buenismo» y en la hipocresía pseudoreligiosa que también es peligroso.
Por tanto creo que hay que buscar la esencia y las raíces del verdadero yoga y es lo que he intentado hacer después de 60 años en el mundo del yoga con este libro, «El milagro del yoga».
¿Por qué existen ideas preconcebidas sobre lo que es y lo que no es el yoga y por qué nos creemos poco capaces de conectar con nuestro interior?
Si, sobre el yoga hay una idea preconcebida y, sobre todo, supersticiosa, pues en la India se le ha dado al gurú un papel diferente al que usamos en Occidente. Muchas veces se rinde pleitesía ciega y abyecta al gurú. Y el occidental debe aprender a discriminar y discernir porque si no, eso puede dar lugar a otro fenómeno triste que llamo «la farsa de los gurús». Me refiero a estos «gurús de masas» que llevan detrás una enorme estructura de marketing y parafernalia. Pero todo eso es palabrería porque no saben nada ni aportan nada, a diferencia del profesor honesto y serio cuyo deber es basar las técnicas y los métodos en enseñanzas. Por eso, como puede leerse en mi novela «El fakir», siempre digo que soy un aprendiz y el deber de todo aprendiz es seguir aprendiendo y nunca situarse en esa posición mayestática que dice «yo sé, tú no sabes», «yo te inicio»... porque todo eso forma parte de esa parafernalia de los «pseudo yogas» que no tiene nada que ver con el yoga.
El yoga se mueve por experiencias y nunca por creencias. Por eso digo que no es una religión, sino que es espiritual porque trata de que elevemos nuestro nivel de la consciencia. Pero no es religioso porque no observa ningún culto, ni ningún dogma.
Es importante que limpiemos el yoga de estos dogmas pseudo religiosos que en lugar de engrandecerlo lo está muchas veces falseando. Por eso el yoga no es hindú, no es budista, no es cristiano... El yoga es yoga.
¿Cuáles son las señales que indican que no estamos aprendiendo yoga con un buen profesional?
Lo primero que tenemos que hacer es informarnos, no hay que cerrar los ojos y meternos en una corriente pseudo mística o pseudo religiosa o pseudo yóguica. El ser humano tiene una preciosa función mental que es discernir. Hay que leer libros buenos de yoga, hay que informarse y hay que indagar quién es el profesor, igual que hacemos cuando vamos al médico, por ejemplo.
Las empresas de yoga y los monopolios de yoga quieren monopolizar la práctica y están moviendo mucho dinero, formando profesores constantemente (con cursos de 100 horas, de 200 horas, de 400 horas...). Es el caso, por ejemplo, de una empresa americana que se está extendiendo por todo el mundo. Pero eso hace un daño terrible porque «fabrica» profesores de yoga.
Por tanto, el discernimiento, la información, intención de aprender qué es el verdadero yoga y desconfiar y huir como si fuera de la peste de todas las organizaciones de yoga que se autodenominan «no lucrativas» pero no pagan a sus profesores y sí que cobran a los alumnos. Esto es realmente vergonzoso. En definitiva, tener un poco de visión de este tema para tener un juicio sobre lo más claro posible.
También es importante saber para qué queremos practicar yoga, porque si solamente lo quiero para tener un trasero prieto, para sudar y para ser el más elástico del cementerio... si solo lo quiero para eso, es mejor que se practique cualquier deporte. Y además el yoga no está reñido con la práctica de otros deportes porque se puede hacer yoga serio y compatibilizarlo con deporte perfectamente. Pero lo que no se puede hacer es tomar el yoga como un deporte agresivo porque eso no es el yoga, eso es lo que han vendido los primeros falsos gurús y es lo que ha generado esa corriente.
Estamos en un mundo hiperconectado y las redes sociales lo mueven todo, ¿cómo podemos acercarnos al conocimiento de la práctica real de yoga en este contexto?
Si una persona no sabe lo que es el yoga, pero siente esa llamada interior porque quiere perfeccionarse, mejorarse, completarse, equilibrarse y armonizarse, tendrá que empezar a indagar y ya el hecho de empezar a indagar es comenzar con el yoga.
También hay que tener en cuenta que hay numerosas modalidades tradicionales de yoga. El yoga físico o psicofísico, el yoga mental, el yoga emocional, el yoga espiritual, el yoga de la acción, el yoga de las energías... El yoga es un campo tan vasto que, como sucede con otras disciplinas artísticas o culturales, tenemos que estudiar, indagar y seleccionar. Y también saber lo que nos conviene y lo que nos permite profundizar y no quedarnos en la superficie, porque si lo hacemos incurriremos en el yoguismo, que es el culto al ego y al cuerpo.
¿Cuáles son los principales obstáculos que podemos encontrar en la práctica del yoga? En su libro «El milagro del yoga» cita cuestiones como la desidia, la pereza, la inercia o la indolencia...
En el yoga se valora mucho el esfuerzo consciente, la voluntad bien dirigida y, sobre todo, la motivación. La motivación es importante. Veamos por qué. Si uno está en un campo de concentración, su motivación será salir de allí. Pues en realidad lo que sucede es que estamos en un campo de concentración, que somos nosotros mismos, con nuestras emociones negativas, nuestros estados de ánimo, nuestra ignorancia, nuestros apegos, nuestra codicia, nuestro odio y... para ir desmantelando poco a poco todo eso necesitamos motivación y voluntad, y sobre todo, ese anhelo de mejorarse y querer evolucionar.. Lo que nos puede distinguir siempre del mundo animal es evolucionar, mejorar, y procurar ir consiguiendo otro nivel de entendimiento y de consciencia.
No conozco nada tan poderoso para vencer la pereza y la apatía como el esfuerzo bien encaminado.
Las personas que practican yoga buscan en unos casos obtener resultados físicos, energéticos, psicomentales o espirituales.. Pero, ¿hacia dónde se encaminan los yoguis que estén totalmente involucrados en la práctica?
Se puede compatibilizar perfectamente ser un «yogui» con la vida cotidiana. Siempre me he declarado un yogui urbanita, porque estoy en la ciudad y compatibilizo mi vida de hogar con la enseñanza y con mi búsqueda interior. Lo que necesitamos es tener un propósito firme y tener, indudablemente, voluntad para saber por dónde estamos caminando y a dónde vamos. Pero eso nadie nos lo tiene que decir porque si confiamos en que lo diga un gurú estamos perdidos porque nos volveremos copistas o imitadores de los gurús.
Cada uno tiene que ser él mismo, pero es cierto que en el yoga valoramos mucho, por un lado las enseñanzas y, por otro, los métodos. Es necesario que cada uno vaya consolidándose con sus conocimientos y sus prácticas. El yoga es una filosofía práctica, una psicología práctica de la vida y es una actitud. Y el yoga es tan inabordable y desmesurado que por eso digo que sigo siendo un aprendiz aunque lleve sesenta años practicándolo y estudiándolo. Y por eso es penoso que alguien diga que domina el yoga en tres días.
Ahora parece que hay más profesores de yoga que alumnos. Y esto da lugar también a que los profesores sean maltratados porque se les pagan cantidades ridículas, no se les asegura como empleado y es tremendo lo que pasa. En realidad hay un lado muy oscuro en el mundo del «tráfico del yoga».
¿Cómo debe ser un buen profesor de yoga?
El profesor de yoga tiene que ser humilde, tiene que ser empático y tiene que saber que él depende de los discípulos como los discípulos dependen de él. Pero hay un síndrome que mi mujer Luisa, que también es profesora de yoga desde hace 25 años, siempre denuncia y que es el llamado «síndrome de la tarima» que implica que en cuanto una persona se sube a dar clase en una tarima se cree superior y entonces, en lugar de superar o controlar su ego (que eso es realmente el yoga), el ego se le desmesura. Y además, como decía el estudioso de temas orientales Agustín Pániker, el hecho de que ahora se mueva más dinero que nunca en torno al yoga ha hecho que hayan surgido cada vez más advenedizos y charlatanes.
¿Es entonces el yoga una forma de vida? ¿Se puede practicar yoga en más momentos de lo que creemos?
Es importante hacer ver que el yoga es una técnica de vida, es un modo de vivir
y es una manera de ser. Es una actitud vital. Hay que llevar el yoga y
sus frutos a la vida cotidiana, al mercado, a la oficina, al ocio, al
trabajo, en soledad, en compañía... porque el yoga es un modo de vivir
desde la ecuanimidad, desde el contento interior, desde la compasión,
desde la atención, desde el esfuerzo bien encaminado y desde la calma
profunda que, además, se ha de transmitir a los demás.
domingo, 15 de noviembre de 2020






