jueves, 27 de septiembre de 2012

EL BALCON


Soy aire, canto de pájaro, reflejo en el manantial... 
Soy viento en el árbol, rocío en el pasto y niebla otoñal... 
Soy luz que deslumbra, soy sombra total... 
Soy...soy en Tí...Soy porque Eres...soy Tú ... Eres yo... 
Sómos...
 
Autor: Enrique Lavín
 
 

martes, 25 de septiembre de 2012

REPIRAR Y ORAR


El uso metodológico de la respiración en la oración en clima afectivo-contemplativo, nos lleva casi espontáneamente a una relación con el hesicasmo. El P. Ireneo  Hausherr  ha tratado con amplitud el tema del hesicasmo en relación con el tercer modo de orar[1], sin embargo no se muestra demasiado entusiasta en encontrar semejanzas entre los dos métodos, más bien subraya las desemejanzas, indicando que el único punto común entre el hesicasmo y la oración enseñada por San Ignacio está en la participación del cuerpo en la psicología de la oración. En la tradición ascética de la Compañía de Jesús no faltan, sin embargo, practicantes fervientes del tercer modo de orar, llevado a un nivel repetitivo casi inverosímil. Ya en el siglo XX el jesuita William Doyle “respiraba” cien mil veces al día su oración-jaculatoria. Más recientemente aún  Juan Bautista Reus, un jesuita muerto en 1947, recomendaba  “volar a Dios con frecuentes aspiraciones” y él mismo repetía diariamente doce mil veces la jaculatoria “Jesús, José y María”.

            Un moderno resurgir de la oración repetitiva “respirada” podemos también encontrarlo en los monjes que siguen la trayectoria iniciada por el autor anónimo inglés del siglo XIV en su obra La Nube del No-Saber. En esta perspectiva se sitúa el monje benedictino  John Main , el cisterciense Basil Pennington[3] y su sucesor el trapense Thomas Keating[4].

            La oración por anhélitos puede ser una importante ayuda para introducir a los ejercitantes en una sencilla vida contemplativa-afectiva[5]. Con la flexibilidad y creatividad sugerida por el mismo Directorio[6] y con el estímulo de los modernos métodos contemplativos de inspiración oriental y neo-hesicasta, los ejercitantes podrán encontrar en esta modalidad de oración un horizonte abierto hacia la comunión con Dios por medio del continuo deseo y afecto incesantemente repetido. El método de meditación zen, tan  atento al ritmo respiratorio de los meditantes,  ha sido también adaptado a los Ejercicios  por algunos jesuitas en  diálogo con la tradición budista japonesa. B. Senécal propone un retiro llamado “Zazen y Ejercicios Espirituales”[7], insistiendo sobre todo en la concentración del ejercitante en el ritmo respiratorio y en la disciplina corporal exigida por el método zen; Juan Catret[8], ofrece Ejercicios personalmente guiados por medio de koans o breves frases paradójicas tomadas de la Sagrada Escritura, para ser repetidas, respiradas y meditadas en cada meditación.

Mariano Ballester, SJ, 
 Diccionario de Espiritualidad Ignaciana.

[1] Les Exercices Spirituels de Saint Ignace et la méthode d’oraison hésychaste, en : Orientalia Christiana Periodica 20(1954), pp.7-26.
[2] Cf por ejemplo J. Main, Maranatha, Lumen, 1993
[3] Centering Prayer : Renewing an Ancient Christian Prayer Form, Doubleday, 2001.
[4] Foundations for Centering Prayer and the Christian Contemplative Life : Open Mind, Open Heart ; Invitation to Love ; The Mystery of Christ, Continuum, 2002.
[5] Así lo presenta también A. Tejerina: Tres modos de orar, en: Manresa 69(1997) pp. 63-66.
[6] D 741, 268.
[7] Une retraite “Zazen-Exercices Spirituels”, en : Cahiers de Spiritualité Ignatienne, 102 (2002), 75-86.
[8] ¿Dar Ejercicios Espirituales con “paradojas bíblicas”?, en: Manresa 65(1993), 63-77.

viernes, 21 de septiembre de 2012

SABIDURIA MAYOR

“La misma causa que eleva al espíritu es la que suscita la extrema humildad. Lo que eleva al alma hasta la altura infinita es también lo que más le abaja. La humildad es el inicio de la contemplación, y la contemplación es la perfección de la humildad.”
Calixto El Patriarca

“El espíritu no se puede purificar al margen de este dolor… (el arrepentimiento) no hay nada mejor que conocer la propia debilidad y la propia ignorancia.
Pedro Damasceno

“Feliz el hombre que conoce su propia debilidad, este conocimiento es el fundamento, la raíz, el inicio de toda bondad. En efecto, cuando se ha experimentado la propia debilidad, el alma queda protegida de toda posible vanidad, de esa vanidad que oscurece el conocimiento”.
Calixto e Ignacio Xantohopouloi

El hombre que se postra ante Dios de todo corazón, buscando que únicamente se haga la voluntad de Dios, empieza a ver que sus propias faltas son numerosas como las arenas del mar.
Tal es el origen de la iluminación del alma, y tal es el signo de que empieza a sanarse.
Pedro Damasceno

VERDADERA PAZ

¿Que hacer para poseer la paz del cuerpo y del alma?

Debemos amar a todos los hombres como a nosotros mismos y estar prontos a morir en todo momento.

En efecto, el que recuerda su muerte siempre se hace humilde, se abandona a la Voluntad de Dios y desea estar en paz con todos, amar a todos los hombres.

El alma del humilde es como un mar; si uno lanza una piedra al mar, la superficie del agua se agita un momento, luego la piedra se hunde en el abismo.

Así toda pena es sepultada en el corazón humilde porque en él esta la Fuerza de Dios.

La incredulidad proviene siempre del orgullo. El orgulloso quiere comprenderlo todo con su razón, pero Dios no se revela más que al alma humilde.

Un alma abandonada a la voluntad de Dios está siempre tranquila y llena de paz…

Escritos espirituales de Silouane
Vol. 36 de la colección “Espiritualidad monástica”

Monasterio de Las Huelgas (Burgos – España) Año 2000

 

MI TABLA DE SALVACION

“No se debe confiar en las propias fuerzas. Al contrario, cuando alguna turbación sobreviene en nuestro corazón, es preciso volverse enseguida hacia El Señor y no cesar de invocarle hasta que la inquietud se haya apaciguado.

Hay que sentirse como el hombre que se ahoga en la mar y se agarra a una tabla capaz de levantarle y llevarle por encima del abismo. Él siente constantemente que está a punto de zozobrar, pero al mismo tiempo, está tocando la tabla de salvación.


Esta es una imagen justa de toda alma que en el Señor camina por la senda de la salvación. Siente que por sí misma zozobraría, más al mismo tiempo, sabe que hay salvación en El.

Estad alerta. Dios os dará la fuerza. El sentimiento de la propia fragilidad es el primer grado para obtener la ayuda de Dios”.

Correspondencia del Obispo Teófano
(Vol. V, pag. 25, 89 y 109) Moscú 1898 

domingo, 16 de septiembre de 2012

¿DONDE NACE EL PERDON?


La pregunta surgió ayer en un coloquio.

Me pareció tan interesante que bien merece unas reflexiones.
Hay quienes no tienen dudas: "yo ni olvido ni perdono" -dicen- sin importarles que la televisión les esté delatando.
Estas personas sufren un doble daño: el que les han causado y el que ellas mismas se causan cultivando un odio mordedor.
A quien, consciente o inconscientemente, se empecina e intenta liberarse por la venganza, poco se le puede decir.
El propio odio le hunde y le encarcela.
Porque conlleva la carcoma de la falta de paz, porque es contrario a la "vida positiva" que fluye en la hondonada humana.
El odio es desear el mal del otro. El odio es muerte y genera muerte.
Hay quienes matizan: "yo perdono pero no olvido".
Algunos lo dicen porque perdonar está bien visto y les parece de mala educación decir lo contrario.
El "no b" significa muchas veces: "antes o después me las pagarás; mantendré la espada en alto hasta que se me presente la ocasión de devolver mal por mal". No han perdonado más que de boquilla, siguen deseando el mal a largo plazo, "la venganza se sirve fría".
Otros, sin embargo, perdonan sinceramente y el "no olvido" significa que toman nota de por dónde puede venirles el daño, para tratar de evitarlo en el futuro. Esta postura es legítima y prudente.
Perdonar no significa morrearse con el agresor.
La mayoría de nosotros -cristianos confesos- no hemos sufrido daños de noticiario y tenemos verdadero interés en perdonar las pequeñas o grandes afrentas de nuestra historia. Tenemos una idea, un deseo, un propósito, fruto de nuestro "yo cerebral" que se adhiere a los principios cristianos.
Ya es algo.

Pero perdonar no es lo mismo que querer perdonar.
Uno puede querer perdonar y comprobar cómo le ahoga el impulso de hacer daño a quien con daño le hirió. Eso sí, sin que se vea, sin que nadie lo note, sin que sufra mi imagen de civilizado y ecuánime.
Por mucho que yo estruje mis ideas o mis principios, si no desciendo al nivel del ser (a lo hondo de mí mismo), no brotará el perdón.
Si además "quiero" (solo desde la voluntad) cumplir con la máxima de "amar a los enemigos", entonces la situación cobra tintes dramáticos; la tensión y la culpabilidad pueden instalarse en la "conciencia cerebral" y hacerme caer en la desesperanza ante lo imposible.
Y es que el Evangelio -en contra de lo que muchas veces oímos o pensamos- no es un conjunto de normas, consejos o palabras buenas.
El Evangelio es ante todo vida  
(Jn. 1,4  y  3,36  y  5,24;  Jn. 5,40  y  6,35 - 63 - 68;  Jn. 10,10  y  11,25  y  14,6  y  17,2  y  20,31.) y sólo puede integrarse desde donde nace la vida: desde el ser, desde ese fondo positivo y profundo donde residen los dones que constituyen mi identidad.
No basta saber, ni tampoco querer.
El "nivel cerebral" es sólo el foco que nos permite adentrarnos en las profundidades, es el observador de las sensaciones que emite nuestro ser, ese diamante jaquelado que refleja nuestro parecido con Dios, ese "fondo preciosísimo" o "tu mejor tú" que diría Pedro Salinas ( La voz a ti debida, v. 1449.)
Ese "tesoro", del que habla el Evangelio, que tanto nos han ocultado nuestros clérigos bizcos con su parcial visión de pecados e infiernos.
Perdonar es conseguir que la aspiración a hacer el bien nos inunde.
Esa aspiración, asumida conscientemente por toda mi persona, disipa la venganza, diluye el deseo de castigar, incluso el deseo de justicia como desquite o revancha legal.
¡Cuántas veces llamamos justicia a la venganza!
Y hasta le pedimos a Dios que sea el ejecutor (doctrina judía del AT). Otras veces gritamos justicia, pero en realidad lo que pedimos es legítima protección y seguridad.
Conviene analizarse con sinceridad para saber lo que vivimos.
La frontera entre el bien y el mal es, a veces, sumamente delgada.
¿Yo, desde el fondo de mí, deseo el bien para quien me ha causado un mal de cualquier tipo o calibre?
Si -a pesar de todo mi dolor- puedo contestarme afirmativamente, es que he perdonado. Es que no me he dejado encerrar en la cárcel de la venganza, en la prisión del odio, en la pulsión animal del instinto de revancha. ¡
Soy libre! Estoy "venciendo el mal con abundancia de bien" (Rom 12,21), ese bien que mana siempre en mi interior, porque estoy hecho a semejanza del Bien infinito.
La dificultad está en que ese bien, residente en mis entrañas, no está suficientemente visitado, profundizado y canalizado para inundar los males con los que mi historia tropieza.
Aspirar al bien, cultivar el bien, practicar el bien, dejar que inunde lo propio y lo ajeno. ¡Eso es perdonar!

Otra cosa es que la sensibilidad sienta aversión, antipatía, asco, rechazo, crispación, etc.
En gran medida, esas sensaciones son la reacción lógica contra el mal en sí y no contra el malvado ("odiar el pecado y amar al pecador", decían los maestros espirituales).
Nadie puede querer que le claven un puñal por la espalda, le engañen, le amedrenten o le miren mal. Menos aún que le maten a un ser querido.
Conviene saber, además, que hay personas que nos despiertan aversión o miedo por su físico, su tono de voz, su carácter, su estilo u otras circunstancias.
Normalmente será porque esas características o circunstancias tienen algún parecido con algo o alguien que nos causó daño en el pasado; muchísimas veces ni lo recordamos.
Algunas personas, con finura humana y delicadeza de conciencia, se inquietan porque creen que no consiguen perdonar y que el rencor es la fuente de esas sensaciones negativas. No siempre es así.
El perdón, como el amor, nace del ser y no debemos confundirlo con lo que fluye a nivel sensible. A medida que crece una persona, las aspiraciones positivas inundarán mayor parte de su sensibilidad y las sensaciones negativas serán menos numerosas, menos intensas y menos duraderas.
Pero siempre habrá una parte subconsciente imposible de evitar. De ahí la necesidad de estar bien anclados en el ser, en nuestra raíz, en nuestro "fondo preciosísimo" para que las ventoleras de la sensibilidad no nos lleven a la deriva.

Finalmente, será útil observar que en nuestro caminar coincidimos con personas, libros, blogs, música, naturaleza, ambientes, que nos vitalizan, que despiertan lo mejor de nosotros mismos, que nos motivan a seguir nuestro camino de maduración y liberación personal.
Son relaciones vitalizantes porque estimulan nuestra vida profunda y nuestra vocación.
Hay otras, por el contrario, que entorpecen nuestro crecimiento, que nos apartan de nuestra misión.
Son relaciones nefastas porque perjudican nuestro desarrollo personal.
Me viene al pronto la relación de muchos con la telebasura y los éxtasis de moda.
Es normal que las personas vitalizantes despierten nuestra adhesión, nuestra simpatía y nuestro amor.
Es normal igualmente que por las personas desvitalizantes sintamos rechazo o antipatía, lo que no significa odio ni ausencia de perdón. Paradójicamente hay relaciones nefastas que suscitan una poderosa atracción superficial.
Es el caso, por ejemplo, de "los amiguetes", "los ligues" u otras relaciones epidérmicas.
Es de sabios potenciar las relaciones vitalizantes y apartarse de las relaciones nefastas. Perdonar y amar a todos, sí.
A todos desear el bien y, si es posible, hacérselo.
Pero privilegiar la relación con los "ambientes humanos y materiales" que nos iluminan, nos motivan y nos ayudan a caminar. En ello nos va la vida, la auténtica vida.
Donde mana la vida profunda fluye el perdón.

viernes, 7 de septiembre de 2012

“Nicodemo, el hagiorita” (1749–1809)


…El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada mas. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra.
Que vuestro espíritu entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí!»
Pero esto no basta. Debéis además poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor.
Mas claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras.
Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno.
Pues Dios está mas allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir de lo sensible y lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina.